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martes, 7 de julio de 2009

LA HUELLA IMBORRABLE DE QUIEN DESPARECIÓ POR UNOS OJOS AZULES

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Tengo un recuerdo que no se me va de la cabeza. Es una imagen. Un niño y yo, jugando, aupados en una única bici, a la búsqueda de un tesoro desaparecido. La escena me viene nítida, aunque no distingo del todo bien los colores. Todo empezó por el Tío Román, que siempre fantaseaba con la búsqueda de un arca perdida, pequeña y brillante, expoliada en tiempos remotos y de valor incalculable. Nos hacía pasar horas investigando por los exteriores de su casa, entretenidos en nuestra heroica hazaña contra matorrales y empapados por la lluvia molesta, aunque, quizás, pienso ahora que con la intención de que le dejáramos en paz y con dedicación plena a su botella de ron. La verdad es que nos divertíamos mucho. Nunca encontrábamos nada que no fuera unas llaves perdidas o un bolso vacío.
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De aquel niño tengo muchos recuerdos; se llamaba Jesús, era el primo de mi vecina, Merce. Me acuerdo de su voz de pito, de su hermano Pablo, de lo espartano que era subir los escalones de su casa, de que siempre iba en pantalones cortos y de que le chiflaban los polos de limón. Pero mi mejor recuerdo viene del día en que encontramos el tesoro, así lo denominó mi tío. En realidad, no sabíamos lo que era. Un maletín lleno de papeles que no valían para nada, eso era lo que pensamos. El Tío Román nos dijo que no era el arca perdida, pero que, sin duda, era un tesoro en toda regla. Por lo visto, le dio para comprarse una casa en la playa. Mi tío era muy listo. De un montón de papeles y papeles, hacía unas llamadas - conocía a mucha gente-, y convertía el maletín en pasta gansa, fresca y libre de impuestos, como decía mi hermano Jaime. Yo quería ser como él de mayor. Y nunca se me olvidará la cara que puso al comprobar el contenido de esos papeles.

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Pero hay una cosa que no recuerdo. Mi amigo, ¿cómo se apellidaba?, ¿dónde podría localizarle?. En realidad, creo que no le volví a ver jamás. Todo fue por unas fotos, de una niña que nos pareció guapísima. Aparecieron en el maletín. Sus ojos azules nos cautivaron y Jesús me quitó los retratos de la mano. Me dijo: "me tengo que casar con ella".

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Esa niña se llamaba Rebeca, Rebeca Simarro. Lo supe unos años después, cuando la vi ganar un concurso de belleza por la televisión. Se me ocurrió que si la buscaba a ella, quizás podía encontrarle a él. Desde aquellas fotos no sé nada de mi amigo, le imagino ahora muy atractivo y siempre supe que conseguía lo que se proponía. Me encantaría saber de ese niño que desapareció embelesado por unos ojos azules. En algún momento, pienso si yo era incompatible en su camino, pero desapareció con aquellas fotos dejando una importante huella en mi recuerdo. Vivía con la sensación de que encontró a aquella mujer. Cuando se marchaba, me dijo, mirándome fijamente a los ojos: "recuerda, no hables de esto a nadie, eres mi mejor amigo".

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Han pasado años de aquel suceso. La verdad es que logré encontrar a Rebeca Simarro en la red. Y conseguí que contestara a mi pregunta. No conocía a ningún Jesús. Me quedé con una importante duda sabiendo que mi amigo podría estar deambulando por el centro de Madrid sin que nos reconociéramos cuando nos viésemos. Alguna mujer le habrá perdido, creo que vivía con ese sino. Esté donde esté, sé que algún día le daré un abrazo, intenso y cargado de emociones. Con él cerraré el círculo de las dudas que todavía tengo. Si me lees, recoge ya ese abrazo y espera a que nos encontremos. Los amigos de la infancia dejan una huella imborrable.

lunes, 11 de mayo de 2009

DE CUANDO TOMÓ CONCIENCIA DE SÍ MISMA, FRENTE AL ATOMIUM


Una de mis mejores amigas me contó lo que le sucedió un lunes de enero, en Bruselas, el día en que tomó conciencia de sí misma. Se encontraba contemplando la maravillosa y enorme estructura del Atomium, cuando su cabeza se reorganizó suavemente y llegó a comprenderlo todo. Sucedió durante una mañana en la que nada de lo demás le importaba en absoluto. Sólo quería pensar en la noche del sábado, llena de altas pasiones, de lujuria, de descarnada irradiación de sentimientos, de juegos prohibidos. Entendió que el orden y la estabilidad del átomo no se reñían con la multiforme pasión, llena de tonalidades y descaradamente atractiva. Tomó conciencia de sí misma cuando aunó la estabilidad del átomo con las disparatadas formas que la pasión podía adquirir, y comprendió que había alcanzado un estadio superior.
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Se marchó de allí feliz, con un paso aún más firme. Sabía que había alcanzado un nuevo escalón en la pendiente de la vida. Las sensaciones extremas a las que había llegado le otorgaban credibilidad a todo. Todo tenía sentido ese lunes, cuando unos días antes todo carecía de ello. Por la noche, volvería a Madrid con la sensación de haber aprendido mucho con su viaje. Su compañero había vuelto un día antes. Cuando le encontró, se sintió más cerca de él. Comprendió que no había nada que esconderle, que vivirían juntamente las mismas emociones, que se habían unido en la incansable búsqueda de la felicidad. Ya no había nada que temer.

jueves, 19 de febrero de 2009

LA NOVELA QUE INTENTABA CERRAR EL CÍRCULO


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Por el ventanuco estrecho emergía una luz tenue y dorada, temblorosa, que invitaba a escribir sobre los folios inacabados y emborronados que no terminaban de contener la novela que describiría su vida. El último capítulo de la novela parecía resistirse. El último capítulo de su vida obstaculizaba el desarrollo de la misma y la impaciencia de terminar aceleraba y fortalecía el sentido que a la misma vida le otorgaba.
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Bebía un trago de vodka y la inspiración brotaba como un suspiro, tomando la pluma como quien coge un diamante, con la maestría de quien mira a su musa después del trabajo bien hecho, orquestándose acto seguido en la concatenación minuciosa de las palabras al ritmo y al sabor del ardiente elixir de sus recuerdos, en la empresa de volcar sobre el papel la huella que la misma vida le había dejado inquebrantable como un peso alquitranado y macizo, necesitando salir a flote para quedar plasmada eternamente en una lectura infinita por quienes vinieran a ocupar su sitio.
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Durante esos momentos, el tiempo se paraba de golpe. Apenas la respiración resquebrajada de sus pensamientos eclécticos ambientaba aquellos momentos de inexistencia, o de todo lo contrario, que le ocultaban y le escondían de los focos amenazantes y delatores de la realidad y del mundo exterior, momentos que muchas veces se extendían inconscientemente en el reloj de pared cuyo tictac apenas se escuchaba. La guarida de sus recuerdos le mantenía a salvo del inexplicable mecanismo de la vida, olvidadizo como había quedado de ella y sin embargo afanándose voluptuosamente ahora en sintetizar sobre el papel su mismo significado. Se había resguardado para siempre de la tormenta que se había levantado años atrás en su deslavazada vida. El frío y la lluvia habían quedado en el recuerdo, casi en el olvido. La estufa y el vodka hacían lo demás.
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Pero era, como decimos, el último capítulo de su vida el que se le resistía. La comprensión de su bagaje desprendía unos capítulos de su juventud y adolescencia claros y definidos, brotados rítmicamente y sin pausa, embravecidos y descaradamente enérgicos, frutos de una vida rebelde e inquieta, frutos del divino tesoro que tan bien había aprovechado. Los años posteriores habían conocido la calma y la contemplación, sobreestimado el paso del tiempo y despertado su escepticismo, y en su escritura aparecían ahora templados y maduros, pero sobre todo engarzados y con un sentido por bandera. Doce capítulos que escribió con facilidad y un último que se le resistía. No le cuadra el final de su vida. Se obstina en cerrar el círculo y conforma un garabato. Nada de lo que ahora entiende tiene un sentido. La misma vida lo ha perdido en su totalidad. Pero no su novela. Y se obstina en rematarla.
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Bebe un generoso trago de vodka que le raspa la garganta. Una nube oscurece los folios emborronados. Se apoya sobre un brazo pensativo y mira a la pared enmohecida. Tiene ganas de abandonar. Lo piensa y bebe otro trago, ahora más comedido. Después respira armoniosamente. Parece que se acaba de dar cuenta de algo, se queda pensativo. Y guarda la pluma en el plumier. Abandona la escena. Marcha hacia su habitación, donde se viste pacientemente, elegantemente. No se olvida de su pitillera ni de su bastón. Y se pierde por entre las concurridas calles de su ciudad queriendo dar un sentido a su vida. Sabe que un buen final le permitirá descansar relajadamente, que tiene que cerrar el círculo. Por eso ha dejado una nota en su escritorio. Dice así: "Si no termino esta novela es porque me habré marchado a una isla perdida. Ruego que me la envían allí, si fuese el caso". Seguimos sin saber nada de él.
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jueves, 22 de enero de 2009

LA VIDA CAMBIA CUANDO MENOS TE LO ESPERAS



Caminaba suavemente por el terreno baldío, con apenas fuerzas para no caer arrastrado y congelado por el frío. La puesta de sol ofrecía un espectáculo magnífico al que no podía prestar la atención apropiada, mientras los reptiles e insectos de todo tipo cruzaban sus miradas conmigo y los cactus parecían abatidos por el viento silbante. El camino, pedregoso, quedaba atrás por una estela de polvo rojizo y apenas sólo se escuchaba el viento, que parecía querer enloquecer. También los graznidos de los cuervos se mostraban amenazantes, desafiantes, a la espera de mis movimientos cansinos. Llevaba conmigo un litro de agua y nada que echarme a la boca, intentando no pensar en las ganas de comer.

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Los colores eran sensacionales, morados y anaranjados, las siluetas de los árboles Joshua, que desafiaban al cielo, fantásticas, pero apenas podía ser consciente de la escena, por muy deslumbrante que fuera. Apenas me preocupaba por continuar caminando, lentamente, sin saber bien hacia dónde. Esperaba encontrar un refugio, o una ciudad, algún remanso de humanidad, alguien con quien poder charlar, alguien a quien poder escuchar, después de un duro accidente a primeras horas de la mañana contra un árbol inesperado, hecho tras el cual el coche había quedado incendiado, con todas mis cosas en su interior. La botella de agua, inexplicablemente, había saltado fuera. Continuaba caminando derrotado y desconsolado, sin oler el más mínimo poso de humanidad, consolando mis ganas de llorar con mi optimismo intrínseco, lo que me animaba a continuar.




A lo lejos, veo humo... humanidad!! Bendita sea. Una caseta, un refugio, allá a lo lejos, en la misma línea de mi camino. El humo sale de ella, es una casa de madera. Qué bien, por fin, alguien me va a escuchar, me invade entonces una alegría inesperada, acelero mi caminar todo lo que puedo. Vuelvo a estar completamente ilusionado, pienso en que por fin alguien podrá ayudarme. El camino es escarbado y pedregoso, pero aún me quedan fuerzas suficientes para llegar a la casa. Me acerco a ella, la observo. Tiene una chimenea, una puerta y una ventana a través de la cual se escapa la luz de la lumbre. No se oye nada. Respiro dos veces, intentando calmar mi inquietud. Finalmente, golpeo dos veces la aldaba.
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Un ser desvalido, apoltronado en una silla de ruedas, con el pelo poco cuidado bajo una gorra descolorida, me recibe. Me presento cordialmente y me invita a pasar al interior. La casa es agradable, todo está recogido. Le miro silenciosamente a los ojos. Pronto me doy cuenta de que no me oye, de que está más sordo que una tapia. Tampoco habla, sólo mueve la cabeza. En un gesto de amabilidad, me ofrece un caldo casero que bebo gustosamente y que arregla mi estómago vacío. El hombre serio se desplaza en su silla hacia un pequeño aparador del que toma un bolígrafo y un papel. Al menos, sabe escribir, pienso. Me dice que lleva años en aquel hogar, por lo menos veinte, desde que murió su mujer, momento tras el cual quedó sordomudo. No quiere saber nada de nadie, escribe, aunque se alegra de encontrarse conmigo después de tanto tiempo sin tratar con gente. Yo también me comunico con el bolígrafo, le digo que llevo todo el día vagando por el desierto, que mi coche se accidentó, que estoy muy cansado. Parece que nos entendemos.
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Escribimos sobre varias hojas antes de que considerásemos que enraizábamos una posible amistad. Al cabo de unas horas, sin haber hecho mención en ningún momento con anterioridad, me confesó. Me contó que tenía una hija de mi edad, que era la mujer más bella de la región, que su mirada era cálida y su sonrisa eterna y siempre agradecida. Me confesó que nunca había sido abrazada por un hombre, aunque ciertamente una vez había quedado enamorada, pero el hombre comenzó a enfermar y finalmente se murió. Me dijo que me encantaría cuando la viera, que en aquel momento estaría trabajando en el huerto que tenían a unos metros de allí, que estaba a punto de llegar, que debía esperarla.



El hombre me sirvió una taza de café mientras esperábamos la llegada de su hija. Me contó que desde mucho tiempo atrás, ella deseaba el momento en que un hombre educado se acercara y consiguiera encandilarla. Yo le escuchaba desinteresadamente y antes de sorber el último trago, la chica apareció. Entró por la puerta con un paso alegre y divertido, y fue a dar un beso a su padre, mostrándose sorprendida al verme. Me dio la mano, suavemente, mientras se le esbozaba una sonrisa. Su mirada, inocente y penetrante, quizás algo tímida, me dejó deslumbrado. Recuerdo que comenzamos a charlar, no recuerdo de qué. Pronto comprendí que era guapísima y que tenía mucha sensibilidad. Continuamos tomando café y manteniendo conversaciones fascinantes sobre la vida, mientras el padre, ausente, no dejaba de hacer crucigramas. No recuerdo cuántas horas estuvimos hablando, pero cierto es que fueron muchas.

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Ya nunca más volví a mi desdichado puesto como vendedor de coches usados. Mi enamoramiento me llevó a renunciar a todo lo que ya no me importaba, a decir un adiós definitivo a mi anterior vida banal, a los sinsentidos rutinarios... me separé brusca y acertadamente del ficticio mundo que había construido sobre raíces de plástico que me agazapaban, bajo mentiras y prisas, y mezquindades, siempre sobre el asfalto... sobre todo quedé prendido al calor de su complicidad y de sus brazos rollizos y acogedores. Su mirada insinuante adquirió un tono de felicidad inesperado y empezamos a soñar juntos, elaborando proyectos comunes, ideando con imaginación portentosa y dejando libres y transparentes nuestros sentimientos.
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Inexplicablemente, unos días después, el padre recuperó el habla, y otros pocos días después, el oído. Siempre dijo, desde entonces, con su voz ronca, que yo había sido una sorpresa venida del cielo. Y yo siempre le respondí, con mi voz ilusionada, que la vida cambia cuando menos te lo esperas, después de lo cual no dejaba de esbozarme una cálida sonrisa.

jueves, 24 de abril de 2008

HOY ME JUBILO


Hoy, en Madrid, hace muy buen tiempo. Creo que en el resto de España también. La gente prepara sus vacaciones, los jóvenes se aventuran en los festivales al aire libre, la primavera nos envuelve, nos atraen las calles, el campo, las terrazas. Y yo hoy me jubilo. Nos desnudamos de ropas pesadas, dejamos que la brisa y el sol acaricien nuestras pieles que se tuestan, los días son más largos, las noches también, nos envuelve una primavera que, dicen, a nuestra sangre altera. Y yo hoy me jubilo. El olor a césped recién cortado, los paseos matutinos de un día de diario por el Retiro, el sonido del agua por un manantial, el fervor de las aves mansas, acompañando a todo un repertorio de sentimientos embriagadores de melancolía por una vida que dejo y de respeto por otra en la que me adentro, como cuando un reloj, definitivamente, marca las doce. Porque hoy, señores, señoras, yo me jubilo.
Un autobús de destino desconocido me anima a subirme en él. Por la ventanilla, observo el alborozo de las gentes acaloradas, apresuradas, consigo distinguirlos de quienes son jubilados, y yo apenas me encuadro en ninguno de los grupos, porque no sé lo que me espera, todo es incierto. El tiempo libre es deseado e insidioso al mismo tiempo, me desconcierta, no estoy preparado, y eso que hoy, señores, señoras, hoy me jubilo.
Y marcho por las calles con la parsimonia del buen observador, encontrando rincones en los que antes no me había fijado, apenas reconociéndome, extraño como me veo, porque hoy soy un jubilado.
No tengo nietos a los que contarles mis batallas ni mujer que me acaricie, pero comienza otro reloj en mi vida, un reloj cuyas agujas van en sentido contrario hasta una hora desconocida y determinante, y cuyo segundero tiene ahora más valor, uno que nunca le di, haciéndome constantemente preguntas sobre una muerte que no me ofrece respuestas. Mi salud es encomiable, mis facultades y voluntad para el trabajo veteranas y enérgicas, pero hoy, por mi edad, yo me jubilo.
Deseo no sufrir y sacar partido de este momento del que tanto hablan quienes son mucho más jóvenes, creyendo llegar al paraíso con él. El autobús me deja en un paraje desconocido, me dirijo por un camino pedregoso, me siento en un banco solitario. El atardecer resplandece anaranjado y una sensación de descarga me sobrecoge, la levedad me transporta por unos pensamientos etéreos y lívidos, y nada me ata ya, señores, señoras, a nadie debo dar explicaciones, a nadie me debo. La idea me llega lúcida, mi deseo es jubilarme con todas las consecuencias. Me imagino volviendo a casa, a una misma vida, aun sin trabajo. Hoy he decidido que no volveré a ella, que no volveré a casa, que me quedo a ver la vida pasar, en este banco solitario. Y en lo liviano me dejo arrastrar, sobre una balsa de gratos recuerdos, mi piel se me eriza. No me importa ya que el reloj marque la hora definitiva. Hasta el momento, la vida me lo ha dado todo.

domingo, 13 de abril de 2008

EL SOL QUE TODOS LLEVAMOS


Me preguntaba a mí mismo cómo había llegado a similar estado. Me había levantado de la cama contrariado, agitado por la vehemencia con que había sorteado la noche anterior, con una infinidad de dudas tambaleando en mi interior, me levantaba cansado. El reloj marcaba una hora que no entendía. No sabía si la hora que marcaba era am o pm. Tenía un día largo de obligaciones y apenas me apetecía quedarme tirado en la cama, deslucidando los hachazos que las dudas me sesgaban. Era algo agitador levantarse en similar estado de incertidumbre venenosa, cuando apenas entendía quién era yo y por qué tenía que enfrascarme tras una careta para dar los buenos días a quien compartiese mi particular sinsentido en esta vida. Ninguna ilusión me ayudaba a tirar del carro que me tenía apretado a la cama. El sol, que entraba por los agujeros de la persiana, me resultaba violento y cegador. Sentía frío y pereza. Deseaba no estar, anhelaba soportar este martirio, pero las dudas me inquietaban y mis fuerzas laguidecían... Cerré los ojos.




Las imágenes de mi infancia se sucedían a ritmo de coloridas escenas de ternura y amistad, compartidas en las alquitranadas aceras del barrio donde jugábamos descaradamente a todo lo que se nos ocurriera. Los prejuicios vivían ausentes entre esos momentos en que nos desinhibíamos con el calor de las sonrisas que nos brindábamos, ajenos de pensamientos malévolos que ahora, pensando en ellos, me precipitaban a abrir los ojos para dudar de todo, absolutamente todo. Mis sentimientos afloraban como si de un erizo molesto me tratase. La vida me daba vueltas. Navegaba por un mar encrespado de tiburones a la caza de un manjar afligido como el mío. Todo me violentaba, los vientos se huracanaban...




Entonces me desperté. No tenía frío, el día estaba nublado pero me encontraba descansado. Me sentía enérgico y vital. Recordé lo que había soñado. Ahora estaba en otro estado. Eran las 10 am, era domingo. Pensé que era buen día para ir al Rastro. Pero decidí que me llevaría conmigo este sueño, para no olvidarme de que cuando los días están nublados, el sol habrá que buscarlo dentro. Creo que es el momento.

jueves, 28 de febrero de 2008

PENDIENTE DEL ARBITRIO DE UN FRÍVOLO GOBERNADOR


El cuarto es pequeño, apenas entra una luz tenue oblicuamente y los funcionarios aquí son seres repulsivos ávidos de conflicto. Me muero de ganas por una cama cómoda, ésta es dura y reducida y sus mantas no me brindan el calor que necesito. Huele a muerte en este cadalso de nueve barrotes de acero oxidados y tenebrosos, en el que falta el espacio así como la tranquilidad. Sólo me queda rezar escrupulosamente porque se produzca la llamada del Gobernador de Nevada que me libre de este anunciado martirio al que me tienen condenado. Mi inocencia se esfumó en la sentencia que me condenó a muerte y sólo clamo por que la verdad sea la única que juzgue y me saque de esta violenta cruzada contra un pobre individuo que ni siquiera estaba en el lugar del crimen. Me juzgan por el asesinato de un confidente de la policía, una persona que no había visto en mi vida, y que ocurrió cuando yo tenía veinte años. Hace ya trece que ando encerrado en una espiral carcelaria en la que no encuentro aire para respirar. Los minutos suceden en mi reloj de una forma acelerada, los latidos de mi corazón me contraen y agarrotan con virulencia, los repetidos pasos de un funcionario que pasea con un bastón me sacan de quicio. Queda tan sólo un minuto para la supuesta llamada. Dios sabe con qué intenciones llamará el Gobernador. Suena el teléfono, lo puedo escuchar.





Este fue el escrito que se encontró en la celda del preso 1990 de la Prisión del Estado de Nevada. En su última voluntad, el reo suplicó que fuese enviada a los miembros de su familia.

martes, 12 de febrero de 2008

DECEPCIÓN EN LA PUERTA DE UN COLEGIO


Hoy me esforcé en pensar qué escribir para el día de hoy en el blog. Profundicé en la prensa por si venía al caso, pensé en transcribir algún sueño mío, o incluso pensé en ir a ver a Gustavo, pero, exhausto del esfuerzo, me dejé llevar por otros aires hasta que me encontré otra irresistible propuesta (¿será que todas me lo parecen?), esta vez con más peso detrás, e incluso con un cuantioso premio (aunque quizás sea esto lo que suela echarme para atrás) porque provenía de la Cadena Ser y consistía en elaborar otro microrrelato. Partiendo de una frase concreta (que es la última del ganador anterior), y con un máximo de 100 palabras, construir un relato en el que haya, al menos, un personaje y un escenario. La frase de la semana era: "Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo". Me salió uno que tenía justamente 100 palabras y como no me decidí a publicar nada en concreto para este blog, pensé que el microrrelato llenaría un hueco. Ahí os lo dejo:






Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo. Venían eufóricos, exultantes. Entre todos esos niños debía estar mi hija, a la que reconocería por una fotografía reciente. Un niño me sonreía pícaramente, otro me empujaba suavemente, a ella no la veía, a lo largo de un pasillo por el que todos corrían. Entre la multitud, una bella niña rubia, de ojos claros, exclamaba: "papá, papá". Mi mirada se estremeció, mis piernas temblaron, la escena me sobrecogió, máxime cuando mi mejor amigo de la infancia esperaba a esa niña cuyos ojos eran calcados de los míos.




Os paso el link, por si os apetece participar, y os mando besos sucesivos:

jueves, 7 de febrero de 2008

LA INSTANTANEIDAD DE UN ALUMBRAMIENTO


Volvemos a los relatos. Tomamos como punto de partida el enlace http://eltrasterodelaimaginacion.blogspot.com/2008/01/ii-edicion-del-concurso-de-suspiros.html.
Se trata de crear un cuento, de temática libre, con una extensión máxima de 50 palabras, no incluyendo las del título. Lo dificultoso, si acaso, estriba en la brevedad del relato. Me ha salido esto:

"El primer sonido le atravesó como una punzada, el ruido de fondo del bombeo del corazón acalorando su gélido sentir y unas aguas fervorosas embalsamándole, cuando, súbitamente, una luz tenue dejó traspasar sus haces por los ojos cerrados e imposibilitados y unas voces cercanas le murmuraron, brindándole una bienvenida clamorosa."



Muchos besos abismales.


sábado, 26 de enero de 2008

¿Y ESTA FOTO QUÉ TE SUGIERE? (MÓNTATE OTRO RELATO)


La chica de la melena rojiza meneaba sus manos con soltura mientras lavaba en el río los atuendos de la familia. Canturreaba una melodía tribal, una canción festiva que se refería a la alegría y al enamoramiento, mientras la agradable brisa acariciaba suavemente sus rojizos cabellos. Los pájaros trinaban y la calma reinaba en aquel lugar, presa de un sol que se mostraba generoso y de un cielo abierto y azul que le sugería unos vivos recuerdos de grandes momentos pasados. Mientras ella, la chica de la melena rojiza, jugaba refrescándose con el agua cristalina del río, oyó a lo lejos cómo los hombres de la tribu regresaban de la cacería de todos los días.
Hizo un hatillo para recoger las ropas lavadas y se dirigió hacia la cueva, donde cierta alegría se respiraba en el ambiente. Los hombres festejaban la caza de un jabalí mientras las mujeres, alegres también, se reunían para crear unas brasas con las que asar la pieza. Los cánticos tribales se oían hasta encima de la colina y desde allí los lobos parecían alterarse, aun sin ánimo de invadir la cabaña de estos prehistóricos humanos que gozaban familiarmente de su triunfo. Pero el chico de las manos robustas se encontraba pensativo y apenas decía nada cuando la chica de la melena rojiza se acercaba a él en busca de una respuesta. Ella, disgustada, frotaba las piedras en busca del esperado y deidificado fuego, preguntándose repetidamente el porqué del abatimiento de ese chico de las manos robustas que ahora salía de la cueva y sobre una roca se sentaba, pensativo, intentando dibujar en la arena del suelo, con una pequeña rama, y bajo la espectacular luz de luna que parecía dibujarse ya en el paisaje, un símbolo, de pocas líneas, que pudiese resumir su letargo inexplicado, su emoción incontrolada.
Entonces ella, que permanecía intrigada en el interior de la cueva y que había conseguido ya que las ascuas fueran llamas, se dirigió a la gran mujer serpiente negra, sabia de la tribu, y le dirigió unas muecas que pudiesen desembocar en una complicidad con la angustia que le carcomía por sus adentros y ella, la gran mujer serpiente negra, le entendió perfectamente. Asintió con la cabeza. Se dio media vuelta y tomó con su mano una pequeña rama que tenía a su alcance. Y le dibujó una escena. La chica de la melena rojiza entendió su mensaje. El chico de las manos robustas desaparecía en mitad de la cacería y nadie sabía su paradero durante buena parte del recorrido del sol, tampoco nadie se lo había preguntado. Entonces ella, la chica del pelo rojizo, salió en busca del chico al que tanto deseaba pero con el que no llegó a encontrar nunca la conexión esperada y le encontró sobre una roca sentado.
Con sus robustas manos, el chico intentaba dibujar ese símbolo que una vez borraba y otra vez volvía a intentar plasmar. Ella se acercó a él, con un caminar inocente, dulce, expectante. Le dirigió varias muecas, quizás alterándose al hacerlo. Tomó una pequeña rama e intentó dibujar, como pudo, su preocupación, junto al extraño símbolo que había dibujado él, el cual no entendía en absoluto. Y él no parecía decir nada. Ella se alteraba más, subía el tono de su voz, desconfiaba de él plenamente, incluso le hacía algunos reproches despectivos. Él no se inmutaba, ni siquiera miraba a la guapa chica de la melena rojiza.
Ella decidió marcharse, en dirección a la cueva, pero él le gritó, empezó a llorar, se derrumbó en el suelo, empezó a patalear. Ella se dio la media vuelta y se dirigió a él, extrañada, aun con intención de consolarle. Él, presa de las lágrimas, le dio una explicación. Tomó la rama de nuevo y dibujó. Intentó explicarle a ella que, mientras sus compañeros cazaban, él, enamorado como estaba, no tenía fuerzas para tanto desgaste y sólo se preocupaba de prepararle un regalo a ella, un buen regalo que expresase todo el amor que sentía por ella y que permaneciese eterno y oculto, por los tiempos de los tiempos, en algún rincón mágico que algún día fuese el hogar de su nueva familia. Ella se derrumbó, incluso se le escapó una lágrima que le cosquilleaba. Y él, con su mano robusta, tomó la delicada mano de la chica del pelo rojizo y la acompañó hasta el rincón de una desconocida cueva cercana en la que le enseñó tiernamente lo que tanto tiempo había estado haciendo, mientras sus compañeros cazaban. Una pintura que significaba que ninguna guerra podría con la fuerza del amor que él sentía por ella. Por primera vez, se besaron.
Si quieres participar de esta propuesta de adaptar relatos a imágenes, visita: http://relatsconjunts.blogspot.com/

jueves, 17 de enero de 2008

¿CON QUIÉN HE DORMIDO ANOCHE?

En su mesilla, el teléfono móvil sonaba y vibraba martirizantemente. Era la alarma vespertina, pero el alcohol le mantenía en un sueño celestial, entre algodones y risas alborozadas, y la grosera melodía del móvil comenzaba a encontrar un hueco propio hasta convertirse en una súbita y estridente aclamación, como cuando uno disfruta de su vuelo y, de pronto, se topa de bruces con el suelo. Pero la resaca era tremenda y apenas hacía dos horas que se había acostado, su cabeza parecía una caja metálica atravesada por afiladas agujas y ella ya no estaba. Era imposible ese día no ir a la oficina, pensaba, pues su jefe estaría a primera hora esperándole para explicarle unas funciones nuevas. Había que levantarse de golpe, como pensaba que se levantaban los soldados en la mili, a pesar de que él había sido, ya hace años, objetor de conciencia. Directo a la ducha, no reparó en que ella le había dejado una nota en la mesa del salón. Cuando salió del baño, con el albornoz desaliñado por las prisas, leyó lentamente, empezando otra vez desde el principio, cada una de las frases que ella le había dejado en ese trozo de cartón que ahora tenía un valor inusitado. Se quedó pensativo. Dudó en principio. Luego reflexionó.




¿Era ella la chica del bar de anoche?. ¿O...?. ¿Quién era la chica con la que se había acostado?. Recordaba la última chica con la que había hablado en el bar. No recordaba nada más posteriormente. Pero a esa chica la había conocido esa misma noche y en la nota ponía: "Ayer fue como la primera vez que nos conocimos". ¿Con quién se había acostado?. No podía visualizar la cara de quien había estado pasando la noche en su casa y solo le venía la de la chica del bar, a la que juraba no haber visto con anterioridad. ¿A qué se refería con lo de "la primera vez que nos conocimos"?. No salía de su duda. Entonces se vistió y se marchó a la oficina.





Después de que su jefe le hubiese aleccionado con inútiles instrucciones que luego demostrarían ser ineficaces, él cargó con el montón de papeles y se dirigió atareado a su mesa, cuando el teléfono sonaba tortuosamente.



- Ediciones XXX... Dígame
- Hola YYY... ¿qué tal estás?
- Bien, ¿y tú?




Él no sabía con quién estaba hablando, aunque su voz le resultaba muy familiar.



- Espabilada ya, aunque con un poco de resaca -le dijo-
- Pero, ¿quién...?
- ¿Quién está peor?. Seguro que yo, que me he levantado antes que tú.



Le corrió un escalofrío por el cuerpo. Pensó que era la chica con la que se había acostado la noche anterior, pero ¿quién coño era?, pensó.



- Pero tú no bebiste tanto como yo. El whisky a mí me deja echo polvo -pensó que si le decía lo que bebía podía quizás identificarla-
- A mí el whisky no me deja mal, pero ayer fumé mucho.



¿Quién bebe whisky?, pensó, ¿con quién estaba hablando?. Su voz le recordaba a la de Nuria, una ex novia que tuvo años atrás.



- Tú antes no fumabas.
- Nunca he fumado.



Podía ser ella.



- ¿Dónde estás? -le preguntó él-
- En la escuela, los niños están en el recreo.



Nuria era cuidadora de niños, pero hacía mucho que no la veía, no podía ser ella.



- Te quería preguntar una cosa -le dijo-.
- Dime.
- Oye, ¿cuánto hacía que no nos veíamos?
- ¿Cuándo?
- Ayer.
- Ayer te conocí, YYY. ¿Por qué me preguntas eso?
- Por la nota que me dejaste.
- ¿Qué nota?



Él colgó el teléfono. Le temblaba todo el cuerpo, el corazón se le había alterado y por las manos se deslizaba el sudor pudorosamente. Sonó de nuevo el teléfono. Dudó de cogerlo. Su compañera de despacho le miró descaradamente. Finalmente se abalanzó al auricular.



- ¿Sííí?. Ediciones...
- ¿YYY?, ¿me oyes?.
- Te oigo, dime, es que se ha cortado.
- ¿De qué nota me hablabas?
- No, nada, es que me he liado.



No podía preguntarle quién era, se moriría de vergüenza si ella se daba cuenta de su desconocimiento. Entonces carraspeó, y dijo:



- ¿Te lo pasate bien anoche?
- Yo sí, tú no sé -eso le desconcertó- ¿Te lo pasate tú bien con la chica con la que te fuiste?
- ¿Con quién me fui?
- Tú sabrás.
- Mira, está claro, esta tarde quedamos y te cuento todo, ¿vale?, ahora tengo mucho trabajo.
- Vale. ¿A las 6 dónde?
- En la Puerta del sol. En el Oso y el Madroño.
- Allí estaré.





Un escalofrío le corrió por el cuerpo. Al menos cuando llegara a la cita comprobaría que la chica con la que había quedado era la chica a la que había conocido la noche anterior. Pero... ¿quién le había dejado la nota?, ¿con quién se había acostado?.




A las seis en punto estaba clavado y puntual en el Oso y el Madroño. Esperó diez minutos. Se le acercó una desconocida.
- Hola, YYY.
- Hola, ¿quién eres? -le dijo-.
- Has quedado aquí conmigo a las seis. ¿Se te ha olvidado?


Entonces se fijó en su cara. Le sonaba mucho. Anoche estuvo hablando con ella, le debió dar su teléfono. Ahora se acordaba de cuando se despidieron. Le dijo que se iba a dormir, que madrugaba al día siguiente. Y alguien más estaba con ellos.
- Había quedado contigo, sí. ¿a qué hora te fuiste tú? -le preguntó a ella-
- Poco después que tú -le contestó ella-. ¿Fuiste a dormir o te fuiste con esa chica?.
- Si te digo la verdad, no lo sé.
- Pues que sepas que a esa chica la conozco, y yo no me fiaría de ella.
- ¿De qué la conoces?
- Se llama Nuria. Iba a clase con nosotras, nunca fue de fiar.



De pronto, cayó en la cuenta. Se refería a su ex, a Nuria, a la cuidadora de niños. Se acordó que la había visto anoche, de pronto se acordó, pero no recordaba qué había hablado con ella, ni nada más, tampoco si había dormido con ella, ni siquiera si habían marchado juntos. Pensó en la nota, tenía que ser suya. Decía "Ayer fue como la primera vez que nos conocimos. Mi enamoramiento ahora es tal que me vienen a la cabeza recuerdos como si fueran regalos que me hace el pasado". Se dio cuenta de que la persona a la que tanto había amado en el pasado había pasado la noche en su cama, y ahora le ofrecía una oportunidad.



- La chica de ayer era una amiga -le dijo él a ella-. Y ahora disculpa pero me tengo que ir.



La dejó allí plantada, bajo las nubes que decoraban la madrileña Puerta del Sol. Se fue extasiado, sin decir nada más, creyendo olvidada la noche anterior pero teniendo claro que alguien le estaba esperando, alguien que para él era muy especial. Marchó por la calle Carretas, comprobó la agenda de su móvil. No tenía grabado su teléfono, quizás se lo hubiese dado a ella. Era cuestión de esperar a que su móvil sonase, esta vez plácidamente.

lunes, 14 de enero de 2008

CORAZONES ARTIFICIALES, CORAZONES ETERNOS


Gustavo escuchaba en el telediario de un bar de la calle Montera una noticia que le había dejado a cuadros. Pensó en mí varias veces seguidas, siguiendo nuestro código virtual, el que pactamos juntos. Y yo me presenté, como de costumbre, al instante, sobrevolando la ciudad de Madrid, intentando identificarle desde las alturas. Parecía estar hechizado, embelesado, extasiado, esta vez caminando por entre la multitud de la Gran Vía, exclamando con su verborrea los designios de la neotecnología que le habían sobrexaltado a través de una simpática presentadora de telediario en un bar cualquiera. Irradiaba euforia con sus movimientos espídicos, algo incontrolados.

- ¿Has oído, Abismo? Corazones artificiales, corazones hechos de tejidos de roedores.
- Sí -le decía yo, traspasando a la muchedumbre mientras irradiaba a mi paso derroches de energía abismal con los que contagiaba a los peatones-. El futuro ya está aquí, Gustavo, bienvenido.
- Pero es que es alucinante, Abismo - alargando el alucinaaaaante. Y lo repetía dirigiéndose a los que le observaban-
- Los americanos, Gustavo, los americanos. Esto es el futuro. Pero te veo esta vez sobreexcitado, sobremanera-le dije-.
- Mucho. Me quiero llenar de sensaciones gratificantes, Abismo - se escurría fácilmente entre tanta gente, entre tanto calor humano mezclado con la fría brisa de enero, y sonreía cálidamente a quien se encontraba-. Quiero que mi corazón sea eterno -añadía-.
- ¿Por qué, Gustavo, para qué un corazón eterno? -intentaba entenderle-
- Quiero que mi corazón desborde de alegría y si es así y al final revienta, deseo que me pongan un corazón de tejidos de ratas que, aunque ya no bombee como lo hace el mío, el de ahora, sea eterno y dure, porque estoy seguro de que las sensaciones que me habré llevado con el mío, el de ahora, serán eternas e inimitables, Abismo, inigualables.
- Ya lo creo, Gustavo.


Pensé en preguntarle qué entendía por eternidad, pero comprobé que ya no necesitaba nada más de mí, que había comprendido lo que necesitaba comprender, que quizás ese no fuese el sitio en el que tenía que estar. Alguien ya se comunicaba conmigo bajo otro código, con otras esperanzas, otras inquietudes, lejos de donde estaba. Así que me evaporé al instante, mientras observaba a Gustavo como continuaba exhausto tras tanto sobresalto y se perdía por la calle Preciados, realmente ensimismado, pero lejano ya de los pensamientos tortuosos sobre La Lucy, que tanto le habían atormentado y los cuales finalmente había dejado aparcados. Pronto averiguaré el alcance de sus temores.



NOTA: El trasplante de corazones artificiales es una posibilidad teórica en cirugía cardiovascular, pero la generación de un órgano de ese tipo no es fácil ya que requiere reproducir la arquitectura cardíaca, que existan los componentes celulares adecuados y funcione la actividad de bombeo. No obstante, un experimento de la Universidad de Minnesota ha dado buenos resultados tras comprobar que tejidos de células de ratas muertas y vivas se podían combinar y producir en incubación órganos que funcionan exactamente igual que un corazón, contrayéndose y bombeando. Todo un hallazgo. Pero si será posible construir humanos que no enfermen, ¿qué será de todo esto?. Atisben, atisben, no se corten.

sábado, 15 de diciembre de 2007

TU AÑO EN MENOS DE 365 PALABRAS

He visto una propuesta en la red que me ha parecido interesante: contar en menos de 365 palabras todo lo que para ti ha supuesto el año 2007. Cualquiera que tenga un blog puede participar en este concurso publicando una entrada al respecto con el microrelato que resuma su particular año, aunque todavía no haya acabado. He aquí el mío.

A falta de poco para terminarse, el 2007 ha sido un año de vientos calmados. Con una sensibilización mayor por la preservación del planeta, los años se suceden en el calendario automáticamente y acelerados y ya no son tantos los acontecimientos contradictorios que modulan tus emociones, sino vivencias más calmadas, más maduras, quizás responsables, sin que en ningún caso se haya hecho caso omiso al buen sentido del humor y a las ganas de vivir en armonía. Murieron algunos personajes de trascendencia, se sucedieron catástrofes naturales, hubo crisis hipotecarias, mientras a mí no me sucedía nada de relevancia que no fuese seguir luchando por mis ideales como persona y seguir enriqueciéndome como tal, angustiado quizás con que a más de la mitad del planeta les faltase lo más mínimo para subsistir y con que las penas se sucediesen las unas tras las otras en los telediarios. Año de estabilidad después de las tormentas, con la ilusión y las ganas de no dormirse nunca y de exprimir el jugo de la vida suavemente, con maestría, de la cual uno aprende día a día y nunca lo aprende todo, con el sueño de que las cosas mejoren un poquito cada vez, sin brusquedades, proclamando el amor y las buenas intenciones mientras se consume el mechero de la vida y el 2008 ya nos llama a la puerta, parece que antes de lo que le correspondiera.





Promocion Navidad


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lunes, 3 de diciembre de 2007

"ZABALETA", UN PROYECTO ESTANCADO

Voy a confesar un secreto. A finales del año pasado me dio por comenzar a escribir un relato, mientras trabajaba en una biblioteca. Poco a poco ese relato comenzó a tomar una forma y comprendí que si me empeñaba lo podría convertir en una novela. El relato comenzó a llevarme por otros caminos y hoy en día es un proyecto de casi noventa páginas de word a las que me falta dedicarme en serio, pues me he encontrado en un estancamiento que se prolonga ya por unos meses y ahora mismo no encuentro las ganas para ponerme otra vez con ello. Mi deseo es continuar alguna vez, pero es cierto que nunca encuentro el momento. Como en cualquier caso la idea no se me quita de la cabeza, valga publicar unos párrafos en este blog, para no dejar de lado este proyecto del que todavía mantengo un cierto cariño.
La historia narra algunos pasajes de la vida de un joven madrileño de origen vasco, llamado Zabaleta, quien después de haber sufrido un internamiento psiquiátrico decide acudir a un psicoanalista, el doctor Varela, con quien mantiene unas profundas conversaciones y a quien no deja de sorprender con la sinuosidad con la que se va bandeando en la vida, fruto de lo cual el Doctor Varela decide escribir el relato de su vida, a la par que abandonar definitivamente el ejercicio de su profesión.
El relato se sucede entre el momento actual y el pasado, intercambiándose. El momento actual se sucede en tan sólo un fin de semana, en el que el protagonista se plantea toda su vida, incluso intentando escribirla. El pasado se sucede desde el momento en que Zabaleta emprende su desventurado viaje a Londres, financiado por su tío materno, el Tío Germán.
...
"El tío Germán era un hombre adusto, de complexión fornida y amante de interminables lecturas de visigodos y sátrapas que le tenían embriagado y ausente la mayor parte del día. Acostumbraba a lucir en su pelaje espeso, a pesar de su avanzada edad, un sombrero de copa que alargaba la figura de su tez y que le ofrecía un aspecto más siniestro, si cabía. Decía ser un amante del buen vino y no gustaba relacionarse con la muchedumbre, pues decía que desde que su mujer, la tía Pilita, había fallecido, aquél con quien se encontraba venía a darle un pésame fariseo y ya, de paso, le predicaba con sus zanganerías. No hacía ni un año de lo de la tía y él había optado por enfrascarse en su cómodo piso de la calle Arturo Soria, entretenido, decía, con sus irrenunciables partidas de ajedrez vía Internet".
...
Una historia de amor empapa al relato, la que el protagonista mantiene con Camila, en todas sus fases...
"Zabaleta comenzó su relato con ánimo de encontrar un sosiego y, sin embargo, si acaso se acaloró más, pues sentía un tintineo martirizante cada vez que en varios momentos le venía el nombre de Camila a la cabeza. En realidad ella era una perfecta combinación de la persona a la que realmente había amado pero también de la que le había inducido a conocer los rincones más aciagos del amor, abocándole en una completa indiferencia. Así lo había meditado en repetidas ocasiones, pero su perenne inconformismo, innato a él, no era más que el causante de ese peculiar estilo de vida que le había tamizado y que entendía a ésta como un particular viaje lleno de sendas e islas a las que se adentraba uno por medio de pasajes marítimos o ferroviarios que venían a ser todas las materializaciones a las que en la vida uno se apegaba, siempre con la ilusión de encontrar ese paraíso terrenal o humano al que confinar todo el amor por la vida. Zabaleta, inmerso ahora en la pesadumbre, era ante todo un ser profusamente optimista, y estaba completamente convencido de que su isla no era la anhelada pero también de que se había cerrado la venta de billetes y de que prefería conformarse con una buena meditación y un aliño de sabiduría para ese status quo que le tocaba vivir en un paraje ambiguo y en cierto modo desconocido. Porque no había nada más que pudiese desconcertar a Zabaleta que la dualidad de las personas. Camila era todo antítesis; transparente y oscura, yin y yang, todo y nada. Pero, ¿quién era nuestra otra protagonista, a los ojos de Zabaleta, siniestra y exaltadora?"
...
Y en Londres se suceden huracanes...
"Decidió levantarse e ir al baño. No tenía ganas de orinar, ni necesitaba nada del baño, pero allí se encontraría sólo, intentando huir de esa mesa en la que todos sus comensales se habían convertido en bestias. Nadie sintió que se ausentase, pues lo hizo suavemente, sin dirigir la mirada hacia nadie. Tomó las escaleras y el corazón le latía arrítmicamente, con una respiración desacompasada. En el baño, todo eran espejos, y Zabaleta creyó encontrar sosiego al verse reflejado. Pero se miraba con detenimiento y entonces se contemplaba como diferente a sí mismo, con una mirada extraviada y la boca algo desencajada. Las comisuras de los labios estaban manchadas de un color ámbar y sus labios parecían amoratados. Se detuvo en la contemplación y empezó a dejar de oír lo externo. Sólo el eco de sus pensamientos le inundaba, y éstos empezaron a evadirse lentamente, hasta apenas pensar en nada. Surgió de pronto una sensación de rareza frente a sí mismo, se miraba como desde fuera, podía entender que esa cara que veía era la fortaleza que le tenía atrapado y que ahora se sentía fuera de ella. Sus ojos vistos por sus ojos. Una cara que se reflejaba, que no movía ningún músculo, que se sentía dominada, frenada. Que su cara no era su cara, que ése no era él. Y sintió como si volviese fulminantemente contra sí mismo, como si del espejo rebotara hacia ese cuerpo suyo que ahora le atrapaba, sin posibilidad de retorno, sintiendo el golpe".
...
"Entraron a un videoclub al que se accedía bajando unas escaleras. Un mostrador a la izquierda, con un árabe que no se inmutaba, y varias pantallas de video, con imágenes distintas, una como de telediario; una voz que salía de algún altavoz pero en un volumen al que había que prestar atención para entenderlo; una pequeña cámara en el techo que vigilaba todos los movimientos. Paul y Sophie se entretenían en la sección de terror, mientras Zabaleta encontraba pocos títulos que llamasen su atención. Otras películas, ya las había visto; La naranja Mecánica, Alguien voló sobre el nido del cuco, El Resplandor... Grandes películas, pensaba Zabaleta, pero que no eran de su agrado para ese día en que sólo le preocupaba qué hacer a partir de ese mismo instante, cuando empezaba a sentirse ausente. Observó detenidamente el local. Un informador en una de las pantallas y esa cámara giratoria que se teledirigía a él con sus movimientos. El informador gesticulaba bastante; parecía como si quisiera disimular algo ante Zabaleta, quien creía captarle en sus gestos, e incluso podía escucharle ahora atentamente. Zabaleta sentía que el informador le quería decir algo y se acercaba un poco más a la pantalla. La cámara se movía ligeramente. Zabaleta podía entender perfectamente como el señor de traje oscuro hablaba con un deje más serio y entonces le informaba para que estuviese alerta con respecto a sus acompañantes; para que se planteara qué hacía allí, en aquella ciudad, lejos de su sitio, de su lugar. Come on, come on, decía, con una voz melódica que no dejaba de ser enérgica. La voz decía también entenderle, entenderle perfectamente. La cámara entonces buscaba otro ángulo, ahora sobre su posición, y Zabaleta comprendía en ese momento que la pantalla y la cámara estaban interconectadas, y que sus pensamientos eran el punto de enlace con el informador. Lo que él pensaba era procesado por una cámara que, adosada a un ordenador, podía comunicarse a muchas millas de distancia, con el presentador de un telediario local. Y el peligro de seguir allí, en esa casa de aficionados a la heroína y de consumidos por la desgracia, que le terminaría de esquilmar todas sus fuerzas, era presagiado por un hombre de sentimientos que desaparecía ahora de la pantalla. Una carta de ajuste ocupaba su lugar y Zabaleta miraba ahora a sus compañeros, que pretendían alquilar un vídeo musical, de un concierto de The Cult."
...
"Tumbado en la cama, la música formaba parte de su ser. Y no se le podía ir, por mucho que lo intentara, de la cabeza. Zabaleta creía hacer música ahora, con su mente, tumbado en la cama. Y creía hacerlo a la perfección. En su interior, esto martirizaba su espíritu, pero él creía componer una música que, ¡claro!, estaba siendo reproducida abajo, en el salón de la casa de la misma Sophie, con todos los dantescos personajes que Zabaleta escuchaba reír arrítmicamente. Debía de haber una cámara allí, en la habitación. Pensó que pudiera estar infiltrada bajo algún mueble de la casa. Observó con detenimiento todo lo que le rodeaba. Había algo extraño encima de la puerta. Quizás fuera un raíl para que la puerta pudiera abrirse, tan típico de algunas puertas inglesas. Pero Zabaleta intuyó que ésa debía ser la cámara. Intentaba esconderse de su alcance, pero pensaba que daba lo mismo, que la tecnología alcanzaba a leer los pensamientos y que, por eso debían atravesar todo lo que se encontrasen. Y se agobiaba intuyendo cómo su cabeza era vigilada de esa forma, cómo el alboroto de sus compañeros era fruto de lo que de él espiaban, cómo ningún pensamiento suyo escapaba al conocimiento de los otros. El pánico le sobrecogía; sus músculos parecían haberse dado la vuelta; apenas unas fuerzas para poder descansar. El sueño esta vez sí le llevó consigo".
El día que termine esta novela, os la haré llegar

sábado, 1 de diciembre de 2007

GUSTAVO, UNA REFLEXIÓN DE LA AMISTAD


Ayer por fin vi a Gustavo. Me lo encontré en las sesiones vespertinas de ajedrez del Parque del Retiro, devanándose los sesos. Gustavo está ahora en otras cosas. Le costó ganar su partida, pero un mate con un alfil como el de ayer fue digno de recordar. Al terminar, me pidió que le acompañase y nos retiramos al estanque del Palacio de Cristal. Allí, en un banco con una bonita perspectiva del estanque, y con su brazo por encima de mi supuesto hombro, me comentó:



- ¿Sabes, Abismo?. Me empiezo a preguntar algunas cosas. ¿Qué será de nosotros cuando estemos finalmente separados y todos mis secretos anden contigo?. Cuando ya no seas mi compañero y anden contigo todos nuestros recuerdos, cuando ya nada te importe y hables de mí sin que nada te importe, cuando seas infiel a nuestra memoria. ¿Qué será de nosotros?


- ¿Dejar de importarme tú?. No lo creo -le contesté, con firmeza-

- Bueno, eso es lo que podemos decir ahora, pero el tiempo es traicionero y todo se vuelve en contra -añadió-. Todo muta, todo se borra, nada es inalterable, ¿no crees, Abismo?.


- Jamás, Gustavo, tú sabes perfectamente quién soy yo -le dije- y jamás te sería infiel, lo sabes perfectamente.
Gustavo miró al cielo, que en ese momento parecía estar cubierto de un manto transparente, permaneció unos segundos callado y entonces añadió:

- A veces, Abismo, sueño contigo. Sueño con que desapareces de tu mundo irreal y te vienes al nuestro, el mundo de lo físico, de lo tangible, y todo el mundo te puede ver y tocar, y te haces mortal. Dejas de no existir y entonces me traicionas y desvelas mi secreto. El sueño se me repite.


En ese momento, me transporté unos metros al interior del parque, sin que Gustavo se percatase, y le quité un sombrero a un señor que leía un periódico en otro banco. Simulé un golpe de viento y el entretenido lector tampoco se percató. Reaparecí en un instante con Gustavo y entonces le interrumpí:


- ¿Ves?, Gustavo, a mí no me pueden tocar, pero yo sí lo puedo hacer, soy real, nada que ver con la irrealidad, existo, toma éste sombrero. Y como tal es la verdad, también lo es que tu secreto andará siempre conmigo, sólo conmigo, por el devenir de la eternidad que me pertenecerá sólo a mí. Y lo sabes.


Gustavo sintió un alivio, pareció incluso descongestionarse de súbito y un cierto halo pareció iluminarle al tiempo que le aparecían unos pueriles coloretes. Dijo sentirse más tranquilo y entonces su viejo problema se instaló de nuevo en él, diciendo:


- Creo, Abismo, que la confianza que tengo en ti es mayor incluso que la que tengo con la Lucy. Lo de ella y mío no sé cómo transcurrirá, quizás tengas razón y nuestro lago no sea el mismo, pero eso ahora no me importa, sólo sé que el amor que siento por mi verdadero amigo, que eres tú, Abismo, sé de verdad que es incondicional, no entiende de maldades ni de mentiras, es sublime. Y por eso, quiero que lo sepas para siempre.


En ese momento, tuve que abandonarle, aun con la intensidad con la que sus palabras se instalaron en mí, pues había una cita en otro lugar, en la que debía reaparecer, pues mi presencia se había hecho allí necesaria. No era por tener que ayudar a nadie que fuese más importante que Gustavo, pero con él no había más que añadir. Ya no importaba que no estuviese con él, pero sus palabras se habían venido conmigo, adosadas a mí, transmitiéndome una grata energía, impregnándome de una esencia revitalizadora, entregándome la fuerza que me lleva a escribirlas. Pronto también iré a verte a ti, lector, cuando tu sentimentalismo por fin necesite de mi consejo. Apareceré cuando menos te lo esperes.

martes, 27 de noviembre de 2007

RETAZOS DE UNA MUERTE EFÍMERA


Manchas teñidas de un rojo

como la luz

que penetra en mi quirófano;

apenas una hora antes llegas tú

haciendo gala de tu brillante guadaña

espeluznante y atroz

desmesurada

y desciendo a través de tu luz blanca

como esclavo de tus garras

abruptamente me despido

un pozo interminable me traga

con violencia

y con finura

miles de recuerdos que resuenan

precipitados por un abismo

infinito y raudo
acelerado

como fuertes bofetadas

teñidas como de sepia

como dardos envenenados
endemoniados

que se agolpan con virulencia

que me asolan sin respuesta

que me aturden con tristeza

que me atrapan

y que me recuerdan

que no hay nada que vuelva

que ya es el momento

que ya no hay espera.







Y estrepitosamente caigo

sobre un silencio incómodo

cuando todo se evapora

lenta y suavemente

como un sueño

que se desvanece

haciendo sordo al presente.

Apenas oigo ya nada

sólo en mí resuena

con calma exagerada

como un tambor de esperanza

el eco de tu alma.