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jueves, 24 de febrero de 2011

REVELACIÓN CASUAL EN MI CALLE


Todos los días pasaba algo en aquella calle. Ésta era en sí una cuesta arriba y una cuesta abajo, que conectaba el Prado Longo con Marcelo Usera, principal arteria de un barrio donde los niños jugábamos todos los días sobre la acera o sobre el mismo asfalto, escasamente invadido por los ausentes coches. Pintábamos la rayuela sobre el mismo pavimento por el que nos extendíamos alegres y nos apretábamos una goma a los tobillos, para descubrir el sinfín de pecas que mostraban con pudor las piernas de la vecina, con quien luego, en el portal de su amiga, en el número 30, trasteábamos con su atuendo con intenciones de operarla en un quirófano. Luego todo se acababa y en el portal de Jaime organizábamos una boda de niños y niñas que era fruto de todo lo que, ya por entonces, nos deseábamos. Y así pasaba que siempre pasaba algo. Luego, pedíamos unas monedas a nuestras madres que nos las echaban por el balcón y tomábamos precauciones para que no se colaran por la alcantarilla, pues sólo las mastodónticas ratas que por las noches cruzaban la calle debían adentrarse por la puerta del subsuelo, una puerta tras de la cual nunca supimos qué había realmente, a pesar de los esfuerzos que hacíamos por clavar la pupila en alguno de sus agujeros opacos. Y con las perras, marchábamos a la tienda de chuches de la Mila, al final de la calle, donde mi hermano, una vez, intentó comprar mil petardos de peseta y el marido de la Mila lo devolvió a mi padre para que se explicara. Del niño nunca salió lo que verdaderamente ocurrió; quién sabe si, de tanto esconderlo, se le llegó a olvidar del todo y nunca se acordó realmente de dónde sacó aquel billete que, en sus manos, parecía una sábana verde. Y una tarde soleada, mientras devorábamos nubes, palulús y petazetas en el portal del número 27, ocurrió lo que nunca ocurría en el barrio.

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Lo recuerdo perfectamente: gritos ateridos desde la otra acera de la calle, cada vez más agudos, espanto, señales de socorro que afloraban a nuestros sentidos como girasoles llamados al alba, corremos hacia el número 40, esquivamos un coche que apenas nos ve, y encontramos entre los coches aparcados a un hombre de barba espesa tumbado en el suelo, junto a dos mujeres, tan parecidas en su nivel de histeria como diferentes en sus edades. Nosotros, como pasmarotes atónitos, que miran sin saber qué hacer, y mi madre asomándose por el balcón, yo sin hacerla caso. Lo comprendí todo. Le había llegado. La misma muerte, que nos hace a todos iguales. El oscuro instante del reloj que le había paralizado y que le hacía soltar una espuma espesa por la boca, como el último trago de la vida que le faltó por dar y que quedó como un esputo de soledad en los labios, ahora desparramándose por el cuello de la camisa hacia el suelo. La guadaña, atizando esquivamente en la vida de uno que pasaba distraído, de la forma menos imaginada, en una calle cualquiera de Usera, ante la mirada distante de unos niños que no le habían visto nunca antes, tumbándolo de súbito en la acera. Nos podía llegar a todos. A los niños también. No hubiéramos sido los primeros a quienes les pasase; a cualquier edad podía llegar. Ese hombre no era mayor, quizás como mi padre. La calle se convirtió en un infierno alterado por el reverberar de la ambulancia, que dejaba las farolas de mi calle de un color ámbar intermitente que recordaba a las películas. Por otra parte, había un silencio en los gestos de la gente, impotentes y conscientes de que ninguno escaparía de ese acontecimiento. En esa calle, sobre la acera opuesta a donde comíamos golosinas, nunca había pasado nada tan importante y, aunque desconocedor de lo que era un ataque epiléptico, en un día tan señalado, y equivocadamente, descubrí lo que era la muerte.

jueves, 18 de marzo de 2010

ADIÓS A ESTA TELE



Son las cuatro de la tarde en España. Es el turno, en los televisores de medio país, de la que llaman la "Lady Di española", una desvergonzada mujer que hace gala de las desventuras con su ex marido Fran (no sé qué). Los telespectadores no levantan sus miradas de la pantalla y, más bien, se encuentran embobados (abducidos) por el carácter de heroína lastimada y lastimera, de mujer con los pies en el suelo, de esta diva mediática. Todos están de acuerdo en todo lo que dice, se sienten cercanos a ella, la adoran, y hasta la querrían como futura alcaldesa; piensan que todas las mujeres deberían ser como ella, quien continúa haciendo caja de todas las sandeces que tan bien sabe que dice y que deshonran a su pasado y hasta el futuro de su hija, pero que, a pesar de todo, denotan que sabe lo que hace y le permiten llevar una vida que nunca antes habría llevado. Su carácter atrevido, informal (por no decir chabacano) y hasta grotesco la hacen el centro de las miradas de muchas mujeres de España que se fijan en ella como si fuera una mujer que dice lo que piensa, que hace lo que tiene que hacer, una mujer valiente, carismática y con tirón, una mujer "con un par". Ella sabe que un polvo con un torero que triunfará te puede cambiar la vida, y exprime la idea. Sabe que la gente de este país vive del cotilleo. Sabe que sin sus comentarios, sus vidas serían desdichadas. Una mujer que, con el euro como bandera, prostituye su prestigio de cara a la galería, y a la que le da igual lo demás. Ésta es Belén Esteban. Y los telespectadores, la cara amarga de este país. Antes de apagar el televisor, compruebo en la programación que después habrá fútbol, un reality show y una americanada de película.
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La verdad es que no me gusta la televisión de este país. Tampoco conozco bien la de otros lugares, pero recuerdo momentos mágicos en nuestra programación que no se me olvidarán nunca, momentos que, al día siguiente, comentábamos todos, bien porque no había mucha oferta televisiva y todos veíamos lo mismo, bien porque no había tantas alternativas al ocio (léase Internet, por ejemplo). El caso es que, en su día, hubo programas míticos y, considero que había un gusto por hacer las cosas con estilo que ahora se ha esfumado. Hoy en día, la decadencia también ha invadido nuestras pantallas y creo que Belén Esteban es el mayor ejemplo de una mujer grotesca que bien pudiera dirigir los designios de mi ciudadanía debido a esta catarsis a la que hemos llegado. La televisión pública ha perdido el criterio que otras veces siguió y no se diferencia en nada del tono mercantilista con el que se mueven las privadas. Los comentarios televisivos sobre la jornada anterior se reducen a un “¿Viste al Madrid?”, o “¿sabes que fulanito se ha follado a menganita?” Tal cual.
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Así que, mejor, no encenderla. Me encuentro perdido cuando mis compañeros de trabajo hablan de los sucesos televisivos del día anterior, pero también encuentro un sitio fuera de esta marea de sinsentido que se esfuerza, día a día, en embrutecernos. He encontrado un refugio en internet, en el que tú eliges el ocio, fuera de toda imposición televisiva. Me amparo en un lugar que me aísla de toda esta insensatez. Adiós a esta televisión.

domingo, 14 de marzo de 2010

LO ÍNFIMO Y LO ABISMAL DE UN SIMPLE DIENTE

Hace un par de meses se me cayó un diente, o lo que es lo mismo, y haciendo honor al nombre de este humilde blog, una ínfima pieza de importancia abismal.

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En realidad, no era ni eso y sí una corona que ocupaba una posición gafada en mi mapa mandibular, fruto de sufrir percances mayores, y olvidados, en el pasado y que, hoy en día, siente un vacío absoluto y queda a la espera de que se cumpla la condena de tres meses y un día, al final de la cual el terreno herido de la encía solidificará y quedará preparado para la ulterior perforación de los cimientos de un implante que pondrá las cosas en su sitio. Implante, creo que esta es la palabra por la que los odontólogos, sin duda, hinchan sus cuentas bancarias. ¿Cómo puede costar tanto una ínfima cosa?, ¿cómo se ha de pagar más de un mes de mi sueldo como madrugador a diario por una diminuta pieza que ni siquiera es de marfil? Por algo que, además, nos fue dado por la Madre Naturaleza de forma gratuita y altruista.

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Ahora no pienso más que en ocupar el espacio vacío que dejó esta insignificante cosa dentro de la grandiosidad universal, para lo que he de soltar una pasta gansa justificativa de lo importante que es para nosotros una sonrisa sin complejos. Menos mal que no es una de las piezas delanteras, aunque bien hubiera podido ser una recóndita muela y, sin embargo, se trata de un premolar que antes lucía su figura salvaguardado por su compañero vampiresco y ahora le ha dejado expuesto a la extrañeza de las demás miradas que se sienten heridas por el golpe atestado a los cánones de belleza, quién sabe por quién inventados, aunque, sin duda alguna, existentes.

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Dejaré de lado otras prioridades, como el armario de mi casa reformada, que no llegó y que hoy en día, y de manera paralela y anexa al suelo, consiste en dos maletas de distintos tamaños. Porque pensé que podría seguir agachándome a diario si, cada mañana, volvía a sonreír con naturalidad. E insistí en el propósito de no concurrir, por dejadez, en un abandono de mí mismo, para querer tomar otra dirección de la que tomaron aquellos que no pudieron remendar el accidente en el momento concreto, cuando el impacto todavía sonaba en eco, y después, como en un recuerdo, el estrépito dio lugar a una melodía amarga que se posó en ellos como un parásito que ahora les dejaba un gesto decadente y, al mismo tiempo, natural.

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No. No quería llegar a verme así. Preferí endeudarme. Y, por eso, he centrado mis vistas a las consultas que tendré en menos de un mes (ya). Y digo consultas porque, alternativamente, he cogido una cita con un departamento de odontología de no sé qué Universidad, que, dicen, sin dejar de lado la profesionalidad, abarata mucho los precios. Todavía tengo el recuerdo de cuando, con diecinueve inocentes años, le hicimos caso a un bebedor voraz de nuestro barrio que proyectó todas sus fantasías en montar un negocio distinto en La Manga del Mar Menor: un bar de copas enorme con tiro al arco profesional. El proyecto duró lo que unos días de copeo y resaca incluida, y la pasta que íbamos a ver era ahora un suspiro, cuando fui a dar un trago a mi cerveza y el vaso chascó contra mi paleto más incisivo. Frente al espejo, me dio todo un mareo. Así volví a Madrid; de resaca, antes de tiempo, sin dinero y con esa horrible sonrisa. Ambas veces, encontré la ayuda de mis padres. Es una suerte que mi madre me pueda ayudar ahora, aunque más suerte sería que me subieran el sueldo, o que, puestos a pedir, me tocara la primitiva. El caso es que volveré a disfrutar de mi sonrisa.

martes, 2 de marzo de 2010

DÍAS DE RADIO EN LA CASA ENCENDIDA


Me escogieron para hacer un taller de radio en la Casa Encendida. Fruto de no fijarme en las cosas, el curso era por la mañana, y mis ganas de hacerlo eran tales que decidí cogerme la semana que duraba como de vacaciones. Se trataba de un taller-laboratorio de radio experimental y, como pude comprobar, tal término despertó la curiosidad de la mayoría de los que nos presentábamos el primer día. Lo decíamos todos en el momento en que nos habían dividido por parejas para que entrevistásemos al otro y luego le presentáramos a los demás. Mi compañero, de Donosti, había estudiado escritura de guiones cinematográficos en la Escuela Tai, que tanta atracción había suscitado en mí, aunque, por un motivo económico, el magnetismo continuaba siendo platónico. Y la otra compañera había estudiado dirección de cine en una de las escuelas más exclusivas del país, íntima amiga de otra que había hecho algunos cortos. Otro también había dirigido cortos, otros dos eran locutores de radio y la otra estudiaba un master de lo mismo. La otra había hecho trabajos de doblaje para el cine. Y el otro trabajaba en Los Cuarenta Principales. La conexión con los demás fue tal que las mismas profesoras nos llegaron a decir que hacía tiempo que no encontraban un grupo tan divertido y a la vez tan creativo.

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Las profesoras de este taller son las profesionalísimas Ángeles Oliva y Toña Medina, el tándem que funciona como un reloj a base de la ingeniosidad con que se expresan, el magnetismo que transmiten y la fe en lo que cuentan. Nos mostraron un montón de piezas radiofónicas a fin de entender la teoría con la que abrían cada clase y nos pusieron muy en contacto con el mundo de la radio, teniendo siempre presente la finalidad de este medio, lo que se pretende transmitir, así como los juegos de los silencios, del poder de la voz, o la elección de los efectos sonoros y de la música adecuada. La teoría tenía todo su sentido cuando escuchábamos "obras de arte" de Carlos Hurtado, o de otros que también pasaron por la Gran Escuela de Radio 3, como las mismísimas profesoras, y que ahora habían dejado un vacío en aquella radio que otrora fue magnífica y que ahora andaba renqueando.


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El primer día, individualmente, escribimos un texto sobre La Casa Encendida. Cada uno escogió una parte de su texto para ser locutado y, al final del día, lo grabamos con una música divertida que entraba en forma de ráfagas. Fue nuestra primera grabación. Y fueron muchos los recuerdos de los años en que conducíamos entre amigos un programa de radio, en la humilde Radio Cigüeña de Rivas.


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Nos grabaron junto con los dos falsos directos que realizaríamos después, esta vez en grupo. Nos dividimos en dos grupos de cinco. La primera vez, con una temática dada, de nuevo La Casa Encendida. Nos montamos una historia acerca de un fenómeno misterioso que había invadido nuestro país y que, a causa de él, estaba desapareciendo sorprendentemente el color en nuestras vidas (con un mensaje en el noticiero, de tono postfranquista, que decía "Españoles, el color ha muerto") concluyendo en que una casa con luz propia (La Casa Encendida) estaba atrayendo a la gente con la intención de que todo el mundo se "encendiera".


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El otro grupo se montó una historia de un individuo que se dirigía al psicoanalista a fin de informarle de que algo raro le estaba sucediendo después de que se quedara encerrado en el cuarto de baño de La Casa Encendida, lo cual era causa de un fenómeno extraño de exponenciación de los sentidos que se estaba extendiendo por la ciudad. En las dos piezas, hablábamos de fenómenos extraños y de La Casa como revulsivo.


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El segundo y último grupo de trabajo creó dos piezas, la de la fábrica de transistores y la del feto. La primera fue la nuestra, y la segunda me encantó. La nuestra trataba sobre una reunión de empresa en la que todos sus participantes, que habían ido transmitiéndonos sus pensamientos previos a la cita, dan paso a una jefa que decide lo que quiere, truncando los propósitos del resto, sin que nadie manifieste oposición y en el momento en que un radioyente llama al programa diciendo que compró un transistor en la empresa, precisamente para eso, para escucharles, y al grito de "Almas de cántaro" les abre los sentidos y les dice "¿Qué va a ser de vosotros?. Tenéis que cambiar". En esta pieza, hice de realizador y me di cuenta de lo respetuosa y responsable que es esta profesión (mi padre era realizador de tv).
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La del feto era una pieza que recogía las sensaciones en el útero poco antes del momento del parto, con una ambientación sensacional y cerrándose con una genial música de Kroke Band después de un llanto de bebé desgarrador. Me encantó la pieza que realizaron mis compañeros.


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La verdad es que fue una semana muy interesante para mí y, fruto de ella, ha nacido un proyecto de hacer piezas de radio entre varios de los del grupo, aparte de que, desde ahora y hasta mayo, una vez a la semana, estaré dando mi apoyo a las profesoras para un taller de radio con ancianos, niños y discapacitados. Será un orgullo volver a trabajar con Ángeles y Toña.

martes, 15 de diciembre de 2009

RESETEO INSPIRADOR Y ADIÓS A UNA DÉCADA

Desde hace unos días, parece como si no tuviera nada de qué escribir, como si la inspiración se hubiera esfumado a modo de corriente de aire. Puede que quizás, también, fueran tantas cosas las que quisiera abarcar que no supiera por dónde empezar. Quizás porque si me centrase únicamente en un solo tema, dejaría olvidados otros más importantes. O quizás porque mi etapa de cambios sea precisamente eso, de cambios. ¿Será una etapa de poca ilusión por la escritura?, ¿de estado inerte?, ¿o será una etapa de convulsiones en mi vida que me lleven a tener que vivirla por encima de querer plasmarla en un papel? Por otra parte, ésta ha sido una etapa de leer a nuevos autores, algunos muy jóvenes como Paolo Giordano (sensacional su soledad de los números primos), lo cual me ha llevado a dejarme fascinar por su alta sensibilidad, por encima del deseo de hacer transmitir mis inquietudes, a las que puedo ver, a veces, tan rancias como descatalogadas, necesitadas de ser invadidas por nuevos conceptos.


Es posible que ande buscando un camino como un astronauta que intenta colonizar la luna y no sabe por dónde empezar al situar la bandera. Mi casa, reformada de arriba a abajo, es un cráter desconocido en el que acoplar mis cosas con delicadeza, día a día, en un período de vacaciones largas que el viernes inicio. La ilusión que genera la novedad mantiene siempre vivo el espíritu; siempre he pensado eso. Entonces me han invadido unas ganas considerables de desprenderme de todos mis enseres, de resetearme y de empezar con todo de nuevo. Parecía que llegaba la hora, fatal y bienavenida al mismo tiempo, de dar por sentada una vida antes de bendecir otra nueva, distinta. En realidad, todo era una falsa ilusión. En nada nos parecemos a los ordenadores; nuestro Alt+Ctrl+Supr no es tan efectivo como quimérico. Así que continuamos por una misma senda, una que hemos borrado previamente con una goma e intentamos ahora que no se parezca a sí misma, para después colorearla utilizando un paquete de lápices recién estrenado.



Acabaron los días y las noches estresantes, los miedos infundados que nos perseguían hasta la adolescencia y las emociones artificiosas producidas por querer correr en la vida, por querer acelerar los acontecimientos que ya llegarían. La vida se hace más pausada, como si entrara en una carretera sinuosa después de una veloz autopista a sabiendas de que después vendrá el camino de tierra. Después de ver cómo los demás pasaban acelerados por el cristal de la ventanilla, ahora uno observa el paisaje y se hace un alto en el camino para encender un pitillo y sentir el frío en la mejilla.



Sin querer desprenderse nunca del elixir de la juventud del que ningún ser vivo cabal querría hacerlo, y sabiendo que el divino tesoro es sólo un concepto, desapegado en su totalidad del valor de la edad, no se trata de entrar en consideraciones sobre el metraje que cada uno ha vivido, ni siquiera porque mi cumpleaños esté a unos días, ni porque la primera década del nuevo siglo se esté esfumando, sino de entender que la vida pasa, que pasa la vida.



La ilusión es el barrote de hierro por el que nos abrazamos antes de dejarnos caer por el columpio de la vida. Sin ese barrote, dejaríamos de jugar y nos moriríamos aburridos fuera del perímetro del parque. La ilusión la dan los amigos, las personas, los viajes, los grandes momentos. Mucho de lo demás, poco o nada importa. Es por ello que la vida siempre se hace interesante, a cualquier edad. Incluso cuando uno ya está expirando, todavía la vida le importa. Se hace bonita en cada una de las fases por las que transcurre. Nunca me pareció nada más tierno que ver a un anciano contento y vital, disfrutando como cuando era un chaval. La ternura de su sonrisa y de sus ojos contentos agrietados por las venas siempre me llamó la atención.
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Por eso, ahora que nada tenía de qué escribir, y ahora que sigo reseteando mi disco duro, haciendo por que la inspiración no desaparezca y nos deje ser libres, cuento un poquito de mí y deseo a todos que las mejores cosas estén por venir en una década que se empezará a escribir en unos días. Por cierto, la década de los ochenta, la de los noventa. ¿Y cómo han venido a llamar a la que ya acaba?

jueves, 10 de septiembre de 2009

ÁFRICA: AMOR Y MÚSICA QUE SE HACE ESPERAR

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Tomando café, uno de mis compañeros de la Facul me relató su viaje al Congo. Me habló de los caminos perdidos de tierra y polvo, de las miradas inocentes en los rostros que delatan las experiencias más duras, de los escenarios de muerte y desolación, pero también de amor profundo, que llenan impunemente las calles; me transmitió el valor distinto que tiene el concepto del tiempo, el cual, incluso, muchas veces parece como si no existiese; también me habló del magnetismo que alcanza la música, que a todos hace iguales, de las vastas praderas en las que todos los animales, indefensos, se exponen a diario al peligro, de los niños de edad indefinida y ojos brillantes cuyas sonrisas tiernas te animan a que te acerques a ellos, de la humanidad que se respira en torno a las hogueras nocturnas, en donde la gente se une más, si cabe, agarrándose las manos y cantando al unísono, de los colores con los que se pintan los cielos al atardecer, y hasta del caos organizado que reina en cualquier parte. Pero, sobre todo, enfatizó sobre los dos motivos que le aferraron a aquella tierra, los que le mantuvieron en una sintonía constante con el mundo, ausente de toda incoherencia propia del lugar del que procedía; el amor y la música.


Me contó que un día, cuando llegó a una extensa explanada en la que una multitud se encontraba bajo la luna resplandeciente, comprobó que la música alegre hermanaba y creaba lazos cariñosos entre ellos, les emparentaba, les demostraba que estaban vivos... cayó en la cuenta de que la capacidad de amar era la fuerza que les hacía a todos iguales. Me contó que si algo caracterizaba al continente africano, por encima de todas las cosas, era la humanidad.



Así que pensé en los millones y millones de africanos que, olvidados por Occidente, habían decidido vivir en una armonía desinteresada en la que el ritmo y la melodía te brindaban el corazón para que te quedaras con ellos eternamente y te desentendieras de todos los caprichos y sinsentidos por los que otros sacrificaban sus vidas. Pensé que si algo importaba, por encima de todo lo demás, era vivir en sintonía con el mundo, sentirse vivo, alegre... vivir la vida..., Pensé que sería de majaretas madrugar y madrugar para pagar una hipoteca y ni siquiera tener tiempo de disfrutar la casa. Pensé, además, que la vida estaba en la calle, en el contacto con los demás, con el aire puro... la filosofía de encerrarnos en nuestro nido familiar era descabalada. Vivir para trabajar era de psiquiátrico. Con mis pensamientos al ralentí, nos despedimos al salir del café, y continué calle abajo.



Al entrar en el metro para irme a casa, tropecé con un vendedor de La Farola, aparentemente africano. Le pregunté de dónde era, del Congo me dijo. Gasté los diez euros que me quedaban en periódicos que luego repartí a los que pasaban. Me acompañó, subió a mi casa. Su presencia aportó un toque de magia a mi hogar. No dejó de hablarme de lugares que desconocía, me contó los cuentos, historias y leyendas más fascinantes que jamás había oído. Mi cámara de fotos sigue ahí, en su sitio, esperando que algún día la lleve conmigo. África sigue esperando.

miércoles, 19 de agosto de 2009

FELICIDADES MENCÍA!!, FELICIDADES MIGUEL!!


A la peque preciosa, con dos días de retraso
Al grandullón encantador, con dos de adelanto
Así no os quejáis, jeje.... OS QUIERO!!!

martes, 18 de agosto de 2009

INSPIRACIÓN


Se sentó en las escaleras del zaguán y empezó a leer la carta. Hacía más de tres años de la marcha de su amigo y no había vuelto a oír de él. El papel estaba húmedo y emborronado. Pensó, durante un momento, en la dura travesía de la misiva, y después dejó que fluyera su imaginación...


¡Cuánto ha cambiado!, pensó, mientras la leía. En otros momentos, comprendió que su amigo era el mismo de siempre. Le encantaba releerle y reencontrársele, se deleitaba en el empeño. Había días en que en aquel pueblo perdido sólo se escuchaba a las palomas. Cualquier experiencia humana era bienvenida en aquél páramo de Extremadura. Además, fue su mejor amigo. Ahora le contaba que había comprado una parcela en un pueblo de León y que había plantado una variada gama de especies venidas de todo el planeta. Todavía no estaban hermosas, decía, había que esperar. Deseaba enseñárselas ansiosamente, antes de que la vida humana se extinguiese definitivamente.


La frase le recordó a la de otro amigo que no dejaba de hablar de lo mismo. ¡Qué de alarmismo!, pensó. Y continuó leyendo. La poderosa plaga viral se extenderá por la faz de la Tierra y acabará hasta con los mosquitos. Apenas los insectos inmunes y las bacterias más minúsculas lograrán sobrevivir. Las odiosas cucarachas serán las herederas de nuestro paraíso abandonado. Todo, por la mano asesina del hombre, apenas preocupado por el fatídico poderío económico. Las Torres Gemelas fueron obra de los Estados Unidos. Los iluminatis, herederos del imperio faraónico, continúan esparcidos en uno y otro lado del mundo, aliados en una kafkiana y maquiavélica conspiración en la que únicamente los dólares son importantes. A tomar por vientos, el espacio natural, las especies animales. Acabarán hasta con el hombre. Yo, me he refugiado en un páramo que pueda estar protegido de tanta contaminación y me he creado mi pequeño paraíso. A ver si vienes a verme, antes de que todo se acabe.


Sintió compasión por su amigo. Plegó la carta y se marchó dándole vueltas y más vueltas a todo lo que decía. Se acostó divagando y continuó haciéndolo entre sueños. Al levantarse, la idea le vino en primer lugar a la cabeza. Aunque no empatizaba con su viejo amigo, pensó que su trabajo como profesor en un pueblo de Extremadura le tenía anclado para toda la vida, en un lugar falto de interés y exento de experiencias realmente importantes. La ilusión con la que su amigo había emprendido su proyecto le llevó a tomar una determinación, pensando en que si el mundo no iba a extinguirse, su recorrido vital moriría empobrecido.


Así que empezó a ahorrar para que, en el tiempo que le quedaba para solicitar una posible excedencia, acumulase una cantidad suficiente que le permitiese vivir un mínimo de dos años en cualquier otro lugar del mundo. Pensó en la India. Nunca había estado allí, pero había escuchado muchas experiencias sobre ese país. Creyó que su inglés y sus ahorros le permitirían participar en proyectos diferentes cargados todos de vitalidad e ilusión. La vida se consumía, pensaba. Sin embargo, se sentía fuerte y con espíritu de aventura. Así es cómo se marchó al subcontinente.


Todo lo bueno y todo lo malo que experimentó es otro capítulo. El caso es que, hoy en día, pasados los años, no quiere saber nada. Nos echa de menos, dice. Pero no os preocupéis, sé que volveremos a verle. Algún día.

jueves, 23 de julio de 2009

MI ABUELITA NOS DIJO ADIÓS


Suenan los tambores lejanos anunciando mi final. Camino lentamente por una senda polvorienta mientras soy impelida por unos embrutecidas sanitarias. Tum tum tum, el eco se repite una y otra vez, no hay vuelta atrás. De repente, me sueltan y mi cuerpo se desvanece como un muelle. Las sábanas rugosas están calientes, pero nadie me ofrece un gesto compasivo. Por un momento, pienso que formo parte de un rito sagrado ancestral y que ofrecen mi alma a los dioses como sacrificio por los bienes recibidos. Probablemente, me corten la cabeza y la inunden en un vino que, después, beberán alegremente. Mi existencia termina aquí, en un hospital perdido de Madrid. Por fin, descubro que no he sido raptada por ninguna tribu, que ésta es la realidad. Mi vejez me ha enclaustrado en un edificio gris gobernado por fortachonas que me cambian los pañales a base de pellizcos. Mi sino ha alcanzado un lamentable estado en el que preferiría haber sido secuestrada por los indígenas. Es la misma sociedad la que me sacrifica ahora, la que me dice que ya no valgo para nada. Sé que, sin duda, llegué a ser útil, y a ser querida. Pero acabé inconsciente. De haberlo sabido, me hubiera ido antes.

viernes, 24 de abril de 2009

LA MÚSICA DEL VIERNES ANIMA A LAS FIERAS



Se me cae la casa encima y me levanto con energía. El viernes comienza con un manotazo al despertador y el ánimo descansado. Después de vestirme, me asomo al patio de mi corrala y el cielo azul pálido preside la escena. Atrás dejo la casa que se me cae, con un paso decidido. He optado por un paseo vespertino que sustituya a la bici que luego, por ser viernes, se pueda convertir en un estorbo. La gente pasea contenta y sin prisas. Parece que la crisis les anima a salir y a olvidarse de toda penuria. Las recientes lluvias han provocado unas sonrisas soleadas. Hay calma, y alegría. Yo, que leí un artículo ayer que me envió una bloggera respetada sobre el slow down, me dejaba llevar por las calles haciendo del presente el momento más mágico de mi vida. La Plaza de Cibeles, efervescente. El ánimo primaveral y las arboledas del Prado, una bella postal. Pero llega el momento de entrar en la oficina.
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Desde ella escribo ahora y pienso en todo lo que existe fuera de esta sala pálida en la que las teclas de los ordenadores y los teléfonos ignorados suenan como una triste melodía de una película amarga. Me quedo con la idea de que pronto abandonaré este edificio en el que sus almas están abatidas y deseosas de abandonarlo, con la lástima de que por poco tiempo y sin ninguna intención vacacional. Sólo quiero acordarme de una cosa; que el tiempo del que ahora dispongo sea intenso y no se me escape de las manos, que me cundan las emociones y que olvide que mi casa se me cae, que continúe levantándome con el ánimo positivo, y que llegue el lunes aquí otra vez habiendo disfrutado de una nueva aventura, una sensación dulce que recordar en los momentos más grises, con la confianza de que la semana se hace llevadera. En breve, estaremos tomando unas cañas haciendo también mágico ese momento. Dejaremos de ser fieras en una jaula informatizada en la que vuelan los papeles. Así es la sociedad que nos ha tocado vivir. Que gocéis y gocéis.

lunes, 20 de abril de 2009

SE ME CAE LA CASA ENCIMA



Martes por la mañana, en la oficina. Una llamada del Administrador de Fincas al móvil. Recuerdo fugazmente mis obligaciones como Presidente de la Comunidad de Vecinos, que no puedo eludir. La misma voz de siempre, enfatizando sobre cualquier asunto que se precie, la de la secretaria triste. Me dice que por fin llegarán al día siguiente los arquitectos que se enfrentarán a los problemas derivados de las vigas de mi edificio, de 1861, por supuesto de madera y carcomidas por las destructoras aguas de los cuartos húmedos. Me alegra saber que por fin se ponen manos a la obra y que se acabaron aquellos sueños atroces en los que me despertaba como polizón en la cama del vecino de abajo rodeado de cascotes. Pienso que por fin las cosas se hacen bien.




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Al día siguiente, me quedo a esperar a los arquitectos. Deciden que mi casa hay que apuntalarla, el baño y la cocina. La nevera no deberá estar en su sitio. La cocina se desmontará en su día y probablemente en el empeño se estropee y tenga que aparecer reflejada en la factura comunitaria como otro gasto aparte. Habrá que hacer una cocina y un baño nuevo, prácticamente nuevas tres plantas del edificio. Habré de mover todo el contenido de mi casa y arremolinarlo en huecos y rincones. Mi ánimo de supervivencia derrota al de la pereza.
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Ya no era sólo el temor de que la casa del tercero se abalanzase sobre la del segundo y ésta sobre la mía. También el techo de la que tengo debajo cede y sus vigas de madera se deshacen con las manos. Me había alegrado el día anterior de que por fin se pusiesen manos a la obra, pero ahora me entra el agobio de pensar que tarde o temprano me tengo que marchar. Lo peor de todo, que deberán ponerse de acuerdo todos los vecinos en lo que a presupuestos se refiere. Y esto puede conllevar mucho tiempo, mientras mi rumbo itinerante por la ciudad se llegue hasta asfixiar. Manos a la obra, a ponerse las pilas. Me llama la atención que no me derrumbo, a diferencia de mi querida casa, que hasta me pone la idea de una nueva vida en la que se sucedan las aventuras con el ánimo de querer estar vivo y despierto. Dormiré un día en un sitio y otro día en otro, qué problema hay, pienso.
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Desde entonces se suceden en mi vida las duchas en casa del colega, las comilonas como antaño en casa de mi ex, las lavadoras en casa de una y las siestas en casa del otro... Todo el mundo se presta a ayudarte. Oye, que si necesitas cualquier cosa, te pongo una lavadora. Te dejo una llave, vente cuando quieras. Me levanté el otro día de resaca, después de una noche en que el carraspeo de la nevera en mi oreja se había apoderado de mi sueño y la casa se me había caído encima, casi literalmente. ¿Dónde comeré hoy?, ¿dónde me ducharé? Era como si me hubieran dado con un mazo en la cabeza.
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Luego agarré una balleta y la pasé por la cocina. Y me aferré entre los dos puntales del baño para lavarme las manos o sentarme en el váter. Me dije, ¡si puedo seguir viviendo aquí! Y continué sabiendo que mi habitación seguiría siendo mi casa, que aún no tenía ganas de marcharme, aun sabiendo que pronto mi rumbo itinerante me llevaría a una casa y luego a otra. Aprovecho para decirte que probablemente en la tuya me asiente unos días. No quiero molestaros mucho, pero prefiero hacerlo un poquito a todos, para que no se note tanto. Intentaré dejarme aparcadas en esta casa que se cae mis más maniáticas manías.



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miércoles, 11 de marzo de 2009

ALEJARSE DE LA CERCANÍA


Me senté sobre el césped del Retiro, a medio camino entre el sol y la sombra sobre una zona diáfana, quedando atrás el estanque de las barcas. Abrí mi libro y me dejé escurrir por entre los pensamientos concentrados al sonido de las notas musicales de una animada sesión de Radio 3. El día era fantástico, primaveral y soleado, la gente parecía alegre y los niños canturreaban. La luna, enorme, estaba a un día de ser llena y se contorneaba magnífica en el cielo azul emborronado por las blancas nubes que hacían unos extraños dibujos. No faltaba una ligera brisa que se agradecía.











El libro era todo un abandono de este mundo real y una barca con la que navegar sobre fantasías encrespadas. La sensación de ausencia era excepcional, la música lo embriagaba todo y las veredas y los rincones por los que me introducía me producían vibrantes situaciones en las que me disfrazaba de personaje ficticio reviviendo las ambigüedades y los anhelos de individuos lejanos, tanto en el espacio como en el tiempo. Me dejaba llevar por el magnetismo literario y musical para llegar a un estadio en el que lo revivido nada tenía que ver con el lugar en el que me encontraba, tampoco con la dimensión del tiempo en general. Era como si éste se hubiera parado. Ningún vínculo me conectaba con la realidad de estar tumbado junto a unos franceses que se deleitaban mostrándose rosados y semidesnudos con nuestro generoso sol ibérico y gratuito, ni tampoco junto a los niños despreocupados que circulaban en pandilla buscándose unos a otros.











Mi realidad era otra cuando la música tornó a una voz radiofónica y yo terminaba el capítulo. Entonces cerré el libro y después los ojos, y me imaginé transitando por mi ciudad de un lado a otro, plenamente enclaustrado y circunscrito a un punto geográfico muy concreto y limitado, centrípeto, alejado del fragoroso y candente mundo en el que hervía un burbujoso caldo de vivencias y de emociones, me vi pequeño, reducido y limitado. Me imaginaba sumergido por las calles de mi ciudad como si no hubiera salido de ella, en primer plano, como si fuera todo lo que conociera, lo único que me importase. Era una ciudad áspera, fría y muy distante, enemiga.











Entonces realicé un ejercicio de alejamiento. Me imaginé a cinco mil kilómetros de mi ciudad. Imaginé a ésta desde una perspectiva lejana, la imaginé pequeña, circunscrita, alejada e ínfima. La sentía totalmente accesible, los problemas los podía singularizar y me parecían fútiles. Me sentí libre viéndome marchar a mis anchas por mi ciudad, por esa ciudad pequeña que veía desde arriba, desde lejos. No era una ciudad prohibitiva, la imaginaba mansa, accesible, hospitalaria.










Entonces me acordé de cuando uno está tan lejos de casa, cuando uno consigue ver sus problemas desde otra perspectiva, parece como si pudieras contenerlos con las palmas de las manos, y entonces en ellas parece como si los pudieses controlar y domesticar, moldear, y sin embargo cuando estás dentro del problema, éste se convierte en un abismo en el que desperdicias tus fuerzas como si en un bucle perpetuo te encontrases. Volví a los pensamientos sobre mí en primer plano, me acerqué a mi mundo. Ocurría que había vuelto de un viaje por el espacio y por el tiempo y mi ciudad me parecía agresiva. Me marché de nuevo y cuando volví me movía a mis anchas. Ya nada era problema. En mis manos albergaba todo el conjunto y con mi actitud positiva, ahora, resolvía todo abiertamente. Me marché del Retiro pensando en el fabuloso poder de la litaratura, de la música y de los viajes. Ahora, que continúo deambulando por un mundo ínfimo, sigo pensando en lanzarme a otro abismo, quizás más lejano.







jueves, 1 de enero de 2009

DE NUEVO, EL AÑO NUEVO


De nuevo, un año nuevo. De pronto y nuevamente, como un reloj inesperado e incontrolado, otra vez... otro año. Fluye el tiempo relativo acelerado e imprevisible, distintamente al que conocíamos de antes, aquel que despide sin pena ni gloria los veranos efímeros, que no se diferencian básicamente los unos de los otros, de una forma rutinaria y mecanizada, displicente, anunciando el nuevo año con unas campanadas que parece que fueron ayer, o aventurándonos hacia experiencias que ya habíamos vivenciado mientras ignorábamos el valor y la riqueza que nos aportaba el vivir novedades, encontrándonos con la misma melancolía y deseos similares a los que vivenciábamos ya un año atrás. Es el sino de los relojes desincronizados de nuestras vidas efímeras, que imprevisiblemente se empeñan en marcar una hora que no coincide con la que se ajusta a nuestra realidad.




Nos separamos del reloj del tiempo después de atontarnos con las comodidades que en él encontramos y de perder el interés por disfrutar de lo desconocido, lo novedoso, lo que realmente nos hace vibrar. Nos embobamos viviendo una vida cómoda, exprimiendo lo que nada interesante aporta a nuestras vidas con la meta única de hacer de ese tiempo más confortable pero innegablemente poco fructífero, porque desperdiciamos cada uno de los minutos que medirán nuestra única vida en comodidades que no habrán sido nada relevantes en el momento en el que en el último de esos minutos querramos hacer balance de lo que hicimos o dejamos de hacer ante esa maravillosa oportunidad de vivir que se nos presentó, que ya nunca volveremos a disfrutar, nunca jamás.




No se trata de correr estruendosamente por la vida bajo el dogma de que cada minuto que pasa hará que te reste un minuto menos de vida, no se trata de correr alocadamente, ni de vivir acelerado, ni de enfrentarse obstinadamente contra un muro de hormigón, quizás sí de concienciarnos de que esto que nos ocurre no nos volverá a ocurrir, que nunca seremos tan jóvenes como lo somos ahora, que la muerte ya era inevitable desde el mismo momento en que nacimos y que el sufrimiento nos llegará de una forma inesquivable, quizás de ser consientes de que esta es la única vida que viviremos, quizás otorgarle el valor que se merece a ese maravilloso don que nos ha tocado, a modo de lotería incalculable, a cada uno de nosotros, y que tanto gustaría reencontrarse a quienes no supieron hacer uso de ella, quizás apreciar cada minuto en que todavía podamos disfrutar viviendo, quizás también de alegrarnos de lo que somos y de lo que hacemos, así como de hacer por cambiar aquello que menos nos gusta de nosotros.



Y, sin embargo, nos embobamos, entramos en un soporífero letargo, mientras el tiempo fluye, se acelera, pasa inadvertido, y no nos damos cuenta. De nuevo, el año nuevo. Otra vez, otro año. Se escapa la vida entre campanada y campanada, sin enterarnos de nada. Hacemos balance, pero siempre tardío, y no le damos importancia, se nos olvida. Voy, entonces, a hacer una autoafirmación, y voy a intentar seguir su espíritu. Voy a creer en que éste es el momento de querer intensificar mi vida, de alegrarme de ella cada momento para alegrarme de ella en el final de mis días, voy a hacer por no arrepentirme nunca de no haber sabido hacer uso de ella. El momento de querer apreciar aún más la lotería que comparto con los demás seres vivos, de disfrutar aún más de la efímera buena salud que todavía me acompaña. El momento de proponerme hacer de este año un año distinto, que recuerde para siempre, en el que valore más las cosas pequeñas que me rodean, en el que me preocupe por ser receptivo al amor, por hacer las cosas con cariño, saboreándolas, el momento que recuerde como unos tiempos felices que disfrute al recordarlos, haré por que sean grandes momentos. Haré por que sea un año nuevo.

lunes, 28 de julio de 2008

VERANO PARTICULAR


Desde una oficina atrapada entre las fauces de un verano abrasador sin apenas gentes por las calles desiertas, uno se encuentra a sus anchas. Ni la jefa, ni el jefe, ni tampoco la súper jefa mostrarán sus dotes de liderazgo por aquí pues las vacaciones o las obligaciones relativas a la salud les mantendrán alejados de esta lúgubre oficina de neones pálidos y paredes de tarima gris, dejando vía libre a que uno se organice como quiera, a que planifique su día a día, a que uno aparezca y desaparezca, a que entre y a que salga, a que conforme los designios de un día que perdurará en el contorno de una ciudad abandonada por quienes se exilian a lugares más frescos, o más húmedos, y dejan las calles vacías y los huecos libres en el aparcamiento, los cines sin colas y los lugares preferidos ofreciéndose vacíos para el goce.



Esta ciudad de contaminados efluvios ocasionados por los tubos de escape de tanto autómata apresurado y que deja un lugar ahora para que fluya una corriente de aire, aun siendo cálida como si manase de los mismos rincones del desierto, le permite a uno cualquiera disfrutar de respirar el aire puro libre de tanto tumulto y de querer disfrutar del silencio que han dejado quienes con tanta vehemencia han desaparecido de repente por unos días, gozando de encontrar similitudes entre una urbe como Madrid y un pueblo cualquiera de Castilla, entrando a las tiendas que permanecen abiertas sin el agobio de ser empujado y de esperar a que tanto individuo sea satisfecho, cruzando las calles a paso lento, relajado, agradecido, disfrutando del eco que han dejado quienes con tanto ímpetu se dirigían apresurados por aquellas calles otrora ruidosas y ajetreadas.



Se van lo jefes, se van los vecinos, y hasta incluso la novia se va, que prefirió adelantarse a las vacaciones con un agosto en la costa que la vio parir y que me dejará solo frente a una soledad que se mueve codo con codo con una ferviente masa de gentes anónimas que se mueven por un Madrid distinto. Se sorteará agosto con la vista puesta en el vuelo charter que me llevará, junto a un gran amigo y a finales de septiembre, a la misma Bombay, con veinte días por delante para recorrer libremente el país. Será un agosto sin jefes, sin novia, sin vecinos, sin ruidos, un agosto tranquilo, aunque haya que madrugar, será un agosto en silencio.



Desde este particular silencio, no dejaba de olvidarme de este rincón en la blogosfera desde donde me encuentro en contacto con vosotros, lectores, a quienes echaba sensiblemente de menos y a quienes quería acercarme con cariño con estas líneas. De ahí que mi necesidad de contaros algo se haya consumado hoy, al retornar al blog después de unos días de retiro, mientras probablemente algunos sufráis los calores de una gran urbe y otros estéis disfrutando de las cervezas en un chiringuito playero, siendo Internet lo que nos ponga de común acuerdo. Que disfrutéis todo lo que os dejen y que vuestras experiencias sean el deleite futuro de nuestros oídos cuando nos las contéis. Buen verano a TOD@S.

domingo, 8 de junio de 2008

DE LO ECCEMATOSO A LO LLEVADERO

Llegó un momento en que el bicho ése, o lo que fuera, se había apoderado de mí, se había entrañado en mis brazos, circulaba por mis piernas, se abrazaba a mi cuello, e incluso se adentraba sutilmente por mis partes más íntimas, a modo de borrachera enloquecida de la sangre, probablemente infectada de tanto atropello inevitable, conquistando el reino de mis picores más descomedidos y pertinaces, calmados suavemente con insanas pomadas corticoidales que no me permitían una ropa común o una postura habitual, en una desquiciante búsqueda de un momento de calma y cuando parecía que el picor era a propósito para que el bicho se propagase.





Por fin, ese momento llega, pero debo de tener un cuidado extremo para no apoyar mis antebrazos sobre mis muslos, para que mis muslos no se rocen entre sí, ¡horror!, en las manos aparece el bicho, es difícil controlar la situación, coger la postura, intentar no rozarse. La pomada propaga el bicho que se hace fuerte y que renace en zonas hasta ahora inconquistadas. Debo tener cuidado, el problema se agrava a trompicones.





Básicamente éste sería el motivo de la falta de mi habitual presencia por el blog, toda vez que ahora la infección se desarrolla con mejoría y los actos rutinarios me parecen llevaderos, aunque ciertamente continúo con el carmesí de mi piel reseca y la propensión a un picor insaciable y soporífero, entre médicos y hospitales, análisis y biopsias, pomadas, corticoides e hidratantes, protectores del estómago y un sinfín de esclavas instrucciones incómodas, aun con tiempo sobrado para poder ponerme al día de nuevo con los abismos de lo ínfimo.




Probablemente el bicho éste haya venido a mí por una alergia a un metal aparentemente manso como es el níquel, porque como dije en su día todo empezó por un cinturón traicionero con hebilla de metal, mucho después de lo que mis muñecas recuerdan sin saborío sobre el reloj que les desescamó la piel eccematosa en un verano en el que el cloro de la piscina era un veneno en sí mismo y el calor eufórico e insoportable. Pero ahora que mis pantalones han sido remendados por una costurera del barrio y han sido despojados de todo metal traicionero, puedo vestirme con total normalidad y creer que la vida es llevadera, así que puedo dirigirme, a día de ayer, al tumultuoso escaparate del rock compuesto por el retorno a los escenarios de los legendarios y añoradísimos Extremoduro, en el Estadio Juan de la Cierva de Getafe, en una auténtica catarsis del rock que nunca muere exaltada por una vigorosa multitud alegre y pacífica que disfrutó como nunca de ésa insaciada guitarra y voz enérgica e incombustible del Robe, que sinceramente triunfó en la noche de ayer. O sea, que la vida se me presenta ahora más llevadera, menos mal, por lo que si me quiero dar una vuelta por el Rastro, me la puedo dar, si tengo que bajar a comprar unas cosas, puedo bajar e ir adonde sea, puedo vestirme con normalidad, menos mal, se acerca el fin de esta pequeña agonía.









Así que todo se hace más llevadero, también desde que el miércoles me levantara temprano y mientras desayunaba observase las paredes sucias y ennegrecidas de mi pequeño salón, y comprendiera que la pintura era ya cuestión de necesidad para disponerme a organizarlo todo y hacer realidad el plan, con lo que me puse manos a la obra en el literal sentido y desde ayer disfrutamos en mi casa de un espacio totalmente renovado e indudablemente más cómodo, todo después de una inspiración del feng shui que nos ha llevado a cambiar las cosas de lugar, y hasta de sentido, y también a llenar las bolsas de basura innecesaria e incómoda, haciendo del salón un lugar mucho más llevadero, que también hace porque la vida se lleve mejor. Que la vida nos siga llevando, es lo que ahora pienso.

domingo, 18 de mayo de 2008

UNA DE HONESTIDAD, FRAUDE Y AMOR DERRUMBADO


Me reúno con mi viejo amigo Emilio en su espectacular ático en el barrio de Lavapiés. Llego acompañado de V. y de M., después de que me hayan metido un pinchazo de Urbason por una alergia de contacto provocada por un cinturón traicionero. He venido cojeando pero parece que ya se me está pasando. Su casa es muy acogedora, está extremadamente limpia y ordenada y tiene un plato fuerte, una excéntrica piscina con solarium en la azotea. M. quiere dejar su abrigo en el armario y Emilio parece inquietarse por la visicitud. Por todos los rincones, yacen tableros de ajedrez dispuestos para la apertura. En la amplia terraza, en la que reina un silencio asombroso frente a azoteas y tejados que parecen calcados de los mismos tebeos de Ibáñez, iniciamos un reto amistoso V. y yo. Él bebe kalimotxo; yo un refresco con hielo, siguiendo dócilmente las instrucciones que me ha marcado la doctora. Emilio y M. charlan de los abismos ínfimos de la vida y el atardecer primaveral muta lentamente de color hacia una noche que parece de verano; una luna alta y semillena decora el cielo despejado. Suena el teléfono de Emilio. "No sé quien me llama -dice-. No cojo el teléfono a desconocidos".




Continuamos devanándonos los sesos entregados a lo que una apertura escocesa nos ha deparado, cuando el telefonillo nos saca de nuestro particular ensimismamiento. Esperamos a Vi., a Pa., a Ca., y a Pai., a quienes conocimos hace justo un mes cuando festejábamos con una paellada virtual el aniversario de la República, sin separarnos ni un fin de semana desde entonces, por el motivo de que mi amigo V. se entregará en conatos de amorío con Vi. desde ese día. Cuando las vemos traspasar la puerta, curiosamente ninguna de ellas hace ningún gesto de admiración por lo llamativo de la casa. "¿Qué os parece?", les pregunto extrañado. "Es preciosa", dicen al unísono. Y continúan hablando de la casa con toda la normalidad. Sinceramente, ningún comportamiento anima a despertar mi curiosidad. M. sí anda mosqueada, aunque no dice nada.





Llaman nuevamente por el telefonillo. Es J., viejo amigo de Emilio, al que conocí el jueves y del que capté su belleza interior al poco de entablar conversación. J. me va a contar, con una carga de humanidad envidiable, los pormenores de los capítulos más importantes de su vida, los cuales sin duda que me estremecen y desde luego que merecerían no otra entrada aparte, si no toda una novela. Pero ésa es otra historia. Lo que es evidente es que, desde el jueves que le conocí, entre cervezas y chulapos castizos en un ambiente festivo, cuando al final terminamos Vi., M., Emilio y yo en un pub de Lavapiés charlando, estábamos seguros de haber conocido a una persona entrañable donde las haya.





Pa. me va a decir que con el pinchazo de Urbasom lo más que me puede pasar si bebo es provocarme una somnolencia precipitada, porque su novio (o su ex-novio, no recuerdo) se pinchaba corticoides antes de salir de fiesta y terminaba siempre indemne, así que decido servirme un sugerente ron añejo en el vaso. Se suceden las copas y el ambiente se anima en una gratitud gustosa. V. le pregunta a Vi. por la chaqueta que acostumbra a llevar y ella le dice que la perdió el jueves. Acto seguido se dan un beso acalorado. Ella se levanta para ir al baño y M., en un genuino gesto de intuición femenina, se alarma al comprobar que Vi. es la única de las chicas que no ha preguntado por el baño. La alarma ha sonado en el intrínseco mundo de M. Yo, en un ingenuo gesto de masculinidad, me siento despreocupado y animado en otros menesteres, me siento muy a gusto con la compañía y ninguna otra cosa me preocupa.




Las chicas (Vi., Pa., Ca. y Pai.) tienen que irse, las esperan en otra fiesta. Ya han visitado todas ellas la espectacular casa que dentro de nuestra ignorancia estaba ya proyectada en el interior de sus infantiles y fantasiosas imaginaciones. Continuamos charlando los que nos quedamos.




"Siento en el pecho un punzón enorme", o algo así me dice Emilio. "Cuéntame", le digo. Y hace un gesto de adentrarse en la casa. Yo le sigo. Junto a la cocina, me pregunta: "¿V. está muy enamorado de Vi.?". Me doy cuenta al instante. El jueves, cuando M. y yo decidimos marcharnos del rockero y rojizo pub de Lavapiés, Vi. le dijo a Emilio: "Pero nos quedamos a tomarnos esta cervecita, ¿no?". Y M. y yo nos marchamos. Allí se quedaron los dos, ante una larga noche por delante, y la curiosidad me dio qué pensar, pero no me informé del final cuando llegó el día siguiente. Lo que llamó mi atención es que Vi. no le contó nada a V., ignorante de que su chica se había quedado a solas con mi amigo. Yo prefería no contárselo a V., esperaba que fuera ella la que no escondiese nada. Pero ourrió lo que tenía que ocurrir. Como suponéis, Vi. y Emilio terminaron en el ático, con la intención por parte de él de que ella se quedase a dormir en el sofá, pues no eran horas de volver a casa, tan alejada de Madrid. Y así parecía que iba a ser. Los peones no los iba a mover Emilio; ella tenía preparado un enrroque y se le abalanzó. Y el alcohol hizo el resto. A la mañana siguiente, el sol hizo olvidar a Vi. su chaqueta. Y como Emilio, y esto parece un culebrón, se había enrrollado con Ca. unos días antes, Vi. nos llamó para pedirnos el teléfono de Emilio justificando que su amiga quería hablar con él. Vi. quería recuperar su chaqueta. Y este día había llamado a Emilio, cuando estábamos todos con él y él no quiso cogerlo, para decirle que si no le importaba volver a su piso, cuando había quedado allí con el enamoradizo de mi amigo V.. La chaqueta permanecía en el armario que justamente teníamos detrás.




Salimos a la terraza, en la apariencia de no haber pasado nada, intentando no cortar la maravillosa noche que estamos disfrutando. Pero no paro de fijarme en la alegría romanticona que subyace en mi preciado amigo V. y me encuentro profundamente afectado por lo que me acaba de revelar Emilio. Intento no abatirme. M. no se puede contener más y me suelta, como un hachazo: "Emilio se ha enrrollado con Vi., ¿no?". Qué listas son las mujeres, pienso.




La noche continúa por los bares de Lavapiés. Entre el copeo y el tumulto, pienso que la sangría hay que servirla en frío, mientras Emilio me cuenta que Vi. le dijo que ya no estaba con V. cuando se enrrollaron, sugeriéndome por otra parte servirle él mismo la bandeja. Todos sabemos lo que pasa, me cuesta ver a mi amigo tan enajenado y ausente, agarrado a una ficticia relación, a una quimera que quema y que abrasa. Pienso que lo debo hacer yo y le animo a desvelar un puzzle mañana al mediodía en mi casa. V. quiere saber más. El puzzle es muy largo, le digo. Y finalmente, el resto del grupo se marcha. Nos quedamos V. y yo a solas. Le sirvo el plato así, de sopetón. Otra enajenación le invade. A mi amigo se le cae el mundo. A nosotros, unas amistades. Pero la vida continúa...