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jueves, 24 de febrero de 2011

REVELACIÓN CASUAL EN MI CALLE


Todos los días pasaba algo en aquella calle. Ésta era en sí una cuesta arriba y una cuesta abajo, que conectaba el Prado Longo con Marcelo Usera, principal arteria de un barrio donde los niños jugábamos todos los días sobre la acera o sobre el mismo asfalto, escasamente invadido por los ausentes coches. Pintábamos la rayuela sobre el mismo pavimento por el que nos extendíamos alegres y nos apretábamos una goma a los tobillos, para descubrir el sinfín de pecas que mostraban con pudor las piernas de la vecina, con quien luego, en el portal de su amiga, en el número 30, trasteábamos con su atuendo con intenciones de operarla en un quirófano. Luego todo se acababa y en el portal de Jaime organizábamos una boda de niños y niñas que era fruto de todo lo que, ya por entonces, nos deseábamos. Y así pasaba que siempre pasaba algo. Luego, pedíamos unas monedas a nuestras madres que nos las echaban por el balcón y tomábamos precauciones para que no se colaran por la alcantarilla, pues sólo las mastodónticas ratas que por las noches cruzaban la calle debían adentrarse por la puerta del subsuelo, una puerta tras de la cual nunca supimos qué había realmente, a pesar de los esfuerzos que hacíamos por clavar la pupila en alguno de sus agujeros opacos. Y con las perras, marchábamos a la tienda de chuches de la Mila, al final de la calle, donde mi hermano, una vez, intentó comprar mil petardos de peseta y el marido de la Mila lo devolvió a mi padre para que se explicara. Del niño nunca salió lo que verdaderamente ocurrió; quién sabe si, de tanto esconderlo, se le llegó a olvidar del todo y nunca se acordó realmente de dónde sacó aquel billete que, en sus manos, parecía una sábana verde. Y una tarde soleada, mientras devorábamos nubes, palulús y petazetas en el portal del número 27, ocurrió lo que nunca ocurría en el barrio.

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Lo recuerdo perfectamente: gritos ateridos desde la otra acera de la calle, cada vez más agudos, espanto, señales de socorro que afloraban a nuestros sentidos como girasoles llamados al alba, corremos hacia el número 40, esquivamos un coche que apenas nos ve, y encontramos entre los coches aparcados a un hombre de barba espesa tumbado en el suelo, junto a dos mujeres, tan parecidas en su nivel de histeria como diferentes en sus edades. Nosotros, como pasmarotes atónitos, que miran sin saber qué hacer, y mi madre asomándose por el balcón, yo sin hacerla caso. Lo comprendí todo. Le había llegado. La misma muerte, que nos hace a todos iguales. El oscuro instante del reloj que le había paralizado y que le hacía soltar una espuma espesa por la boca, como el último trago de la vida que le faltó por dar y que quedó como un esputo de soledad en los labios, ahora desparramándose por el cuello de la camisa hacia el suelo. La guadaña, atizando esquivamente en la vida de uno que pasaba distraído, de la forma menos imaginada, en una calle cualquiera de Usera, ante la mirada distante de unos niños que no le habían visto nunca antes, tumbándolo de súbito en la acera. Nos podía llegar a todos. A los niños también. No hubiéramos sido los primeros a quienes les pasase; a cualquier edad podía llegar. Ese hombre no era mayor, quizás como mi padre. La calle se convirtió en un infierno alterado por el reverberar de la ambulancia, que dejaba las farolas de mi calle de un color ámbar intermitente que recordaba a las películas. Por otra parte, había un silencio en los gestos de la gente, impotentes y conscientes de que ninguno escaparía de ese acontecimiento. En esa calle, sobre la acera opuesta a donde comíamos golosinas, nunca había pasado nada tan importante y, aunque desconocedor de lo que era un ataque epiléptico, en un día tan señalado, y equivocadamente, descubrí lo que era la muerte.

jueves, 19 de agosto de 2010

CAMBIO DE AIRES, AIRES QUE CAMBIAN

Aquella mañana, el fuerte calor dio la bienvenida a quienes madrugaron. En la calle, los padres de familia encajaban como podían sus equipajes en los incómodos maleteros de sus coches. Los hijos, acelerados, correteaban en una explosión de júbilo, y obedecían cuando el padre, sudoroso, asomaba la cabeza y decía que "ya está", después de un poderoso grito de la madre. Transeúntes con su maleta a cuestas iban en una y otra dirección; me preguntaba si iban o venían, conforme pasaba junto a ellos. El mendigo que está siempre a la entrada de la iglesia, reclamando unas monedas ante la indiferencia de los que llegan a la ciudad con aires vacacionales. Me cuesta entender por qué nos visitan tantos turistas, atraídos por tanto urbanismo. Huele a verano.



Camino en dirección a mi casa. Mañana no tengo que volver al call center. Llevaba tiempo deseando no tener que hacerlo y, al fin, comenzaban mis vacaciones, las primeras de mi vida que no había programado en absoluto. Sobre mis amigos; unos disponen de mucho tiempo y poco dinero y otros no disponen ni de una cosa ni de otra. Sobre la pareja, hace ya un año de lo de Carla y no he vuelto a conocer a nadie realmente interesante. La soledad, a veces se hace tan dura como necesaria. Aunque lo que ahora me preocupa es dónde enfocar mi escapada, la que tanto anhelo. Quizás, a la montaña. No lo sé. Mi gata continúa mala. Se llama Reina. Tengo que suministrarla dos pastillas diarias, una por la mañana y otra por la noche, cuando le aplico, además, un jeringuillazo de antibiótico. Tiene un cáncer horrible. Sé que morirá pronto, pero la quiero como el botánico a la última planta del planeta. Quiero verde, montaña y aire fresco. Lo tengo claro; me voy a Pirineos.


Transporto a Reina en una cajita como el que transporta a una planta, silenciosa. Sentado en el autobús, abro la cremallera de la funda y dejo que me invada la candidez de su mirada. Escribo unas notas durante el trayecto. Deseo tener estos momentos de soledad que me lleven a continuar con mi novela, abandonada. No tengo claro cómo resolver la situación del protagonista. Por eso, me quedo dormido. Hemos llegado a Huesca durmiendo. Estamos frescos para coger el siguiente autobús.


Cuando llegamos a Sallent de Gállego, huele a verde. Acampo mi tienda del Decathlon en dos segundos, como ellos mismos lo anuncian. Lo hago calculando la sombra de un gran árbol que se yergue en solitario junto a un lago enorme. Me fumo un cigarro comprobando que todo está bien y me llevo, después, a Reina a dar un paseo. Nos introducimos por una vereda entre abetos y alucino con los olores del campo; huele a una humedad dulce. Las chicharras entran en éxtasis alentadas por la catarsis grupal, y el sonido y las imágenes que me invaden me atrapan y me hacen minúsculo. Me siento tan lejos de la urbe, que me veo totalmente en otra dimensión. El cielo empieza a oscurecer y las estrellas a dejarse ver en el firmamento. Alcanzo un intervalo de meditación.

Después de un rato andando, con Reina adormilada en mis brazos, observo una especie de neblina a unos treinta metros por delante. Es una neblina baja, como de un metro de altura. Por encima, no hay nada. ¡Qué raro!, pienso. Me acerco a ella, a la vez que parece acercarse a mí. Cuando voy a traspasarla… ¡horror!, me cuesta describirlo. Una cortina de agua se abalanza sobre nosotros como si nos tiraran arena con ímpetu, o como si estuvieran vaciando el Atlántico por una compuerta que tuviéramos encima. Reina está asustadísima. En su vida ha visto nada igual, aunque yo tampoco. El agua me ha calado toda la ropa en unos segundos. No iba preparado para nada semejante. El agua no cae en gotas, sino jarreada. Es exagerada la cantidad del líquido elemento y nos queda un trecho de retorno a la tienda. No queda otra. Correr y correr, casi nadar.


Por fin, llegamos a nuestro refugio, continúa lloviendo con la misma fuerza. Toda mi ropa está calada por entero. Me quedo desnudo con la gata en la tienda mientras me dispongo a enchufarle la inyección. He traído un bocadillo de tortilla desde Huesca que me apaña la cena. Llueve tanto que es imposible salir fuera. Al menos, nos sentimos resguardados.

Un relámpago nos despierta súbitamente. Reina me mira con los ojos muy abiertos y asustados. Otro relámpago, esta vez más fuerte. El agua golpea la tienda con vehemencia. El tercer relámpago lo siento en el mismo suelo, traspasa con sus ondas el vasto valle y llega a mis sentidos, de manera que los congela del miedo. Me acuerdo del árbol, del lago, junto a los que estamos acampados. Siento mucho pánico. Reina empieza a sollozar. La noto temblorosa. La lluvia no para y la tienda está completamente iluminada por el color blanco. La situación continúa durante horas. Es de noche y no podemos volver a conciliar el sueño.

A las once de la mañana, por fin, la lluvia cesa. Es sólo cuestión de unos minutos. El agua ha penetrado por entre el tejido de la tienda. Mi ropa ha sufrido las consecuencias y no hay nada que se haya salvado. Selecciono las prendas que mejor están y me visto. El cielo está muy encapotado, no parece que vaya a cambiar.


Después de darle la medicina a Reina, nos dirigimos al pueblo a desayunar. El río parece un bólido en competición, no se desborda por unos escasos centímetros. La fuerza del agua es arrasadora, puede con todo. Encuentro una terraza resguardada bajo un toldo y pido un café y una tostada. Cojo un periódico que hay por allí y, cuando lo abro, una chica extranjera, parece alemana, se acerca a Reina.

- ¡Uy!, hola bonita, ven, ven. Oye, ¿qué le pasa a esta gata?
- Tiene cáncer
-¡Pobre! Y está resfriada. Podíamos darle unas hierbas. Le van a sentar muy bien. Soy veterinaria, ¿sabes? Oye, ¿dónde estás alojado?
- En una tienda, junto al lago.
- Mira, pásate luego por aquel puente, en una hora, llevaré una infusión para el gato. Son unas hierbas que le relajarán y le ayudarán con los dolores.
- Vale. Muchas gracias. Allí estaré. Por cierto, ¿cómo te llamas? Yo, Ernesto.
- Angie... Encantada. ¡Hasta luego!



Al rato, estaba en el puente esperando a Angie. Abrumado por el poderío del agua y abrigado por un chubasquero enorme, mis pensamientos se diluían por la corriente incesante hacia un destino que, como el mar, aunase toda la energía que depositaba en el empeño de hacer por que sucediese algo en mi vida. Así concluía en que mi destino estaba en el mar que me había bautizado y no en las cloacas urbanísticas de una villa reseca que me adoptó tardíamente. Y me veía feliz disfrutando cómo el agua del río se esparcía y hacía un uso elegante de su estancia efímera, saboreando su salor salado. Distraído, Angie apareció.


Traía un biberón grande relleno de un líquido de color pardo.

- Vamos a dárselo. Ya verás que bien le sienta.


A Reina le gustaba la infusión. Se notaba por cómo se aferraba a la tetina.

- Parece que va a dejar de llover -dijo ella con una mirada sabia, dirigida al cielo .
- Ya era hora. A ver si podemos ir luego a Ordesa. Espero que no se nos haga tarde.
- Se tarda media hora en coche. ¿Cómo tienes pensado ir? Podemos ir en el mío, si quieres.

En el coche, me di cuenta de que Angie era muy interesante. Su madre biológica era prostituta y su padre, marinero, murió de sida. Fue adoptada por una pareja muy enamorada y muy humildes, de quienes se sintió siempre su hija. Nunca se enamoró, a pesar de todo el amor que vio siempre en ellos. Hablamos de la infancia feliz que recordaba, salpicada por la tragedia que siempre hubo en su vida. Su padre adoptivo se quedó ciego cuando ella tenía siete años.



En Ordesa nos besamos. Y, por la noche, de nuevo en Sallent, me enamoré. Fueron tres días intensos. Ahora me vuelvo a la urbe, con ella. Viene a pasar unos días, quizás más tiempo. Reina se encuentra mejor. Sé que morirá pronto. Pero también sé que algo ha renacido en mi vida. Unos ojos que se mueren y otros que me traen la vida. Hemos hablado de emprender una aventura juntos, en Asturias. Y ya sé qué solución le voy a dar al protagonista de mi libro. Ahora, que mi gato no puede renunciar a su tristeza, aunque me mira ilusionado porque comprende mi estado, he decidido que el protagonista de mi novela se enamore, y que se vaya a vivir al mar. Será un final feliz. Mi vida y mi novela se entrecruzan como dos almas con los mismos propósitos. Angie mira por la ventanilla como si no fuera con ella.


viernes, 16 de abril de 2010

EXTRAÑOS EN EL PLANETA


En el lugar más recóndito del planeta. Allá donde la mano del hombre nunca había llegado. Y en la única curva de un rectilíneo y larguísimo camino, donde nacía una secoya, allá donde los casi inexistentes mapas indicaban un punto desconocido… los dos individuos más solitarios de la faz de la Tierra se encontraron. Se miraron e intentaron comprenderse, se tocaron intentando reconocerse. Pero no hablaban la misma lengua y se sentían extraños. Y no dejaban de observarse. No eran si no dos desconocidos unidos por los mismos conocimientos, los que versaban sobre la decadencia de todo.
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En sus manos reconoció el abandono y la soledad, leyó en ellas que él también había llorado, se acordó de cuando él mismo lo hizo al sufrir el accidente su hijo, entendió que él también había estado atemorizado largas noches en vela, esperando que sucediese lo imposible, esperando que volvieran, olvidándosele el valor de la palabra adiós. Fue un momento de desastre que él también vivió. Él también habría estado escondido en un refugio nuclear, probablemente la misma burbuja que se escondía bajo el mar, probablemente fuera un viejo que ofrecía paz desde un barco pesquero, como lo hacía él en alta mar, a los peces, los únicos que le escuchaban. Las mismas desgracias les habrían hecho coincidir en el tiempo. Se dio cuenta de que ya no era el único superviviente del planeta.
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Y le agarró las dos manos. Ahora reconoció el latir de su corazón y se dio cuenta de que no estaba solo y de que en realidad no era él, sino él mismo, frente a un espejo. ¿O no? Se quedó pensando. Por un momento, se sintió confundido. La historia pudo ser de otra manera.
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Pero entonces sintió que era una mujer y que era guapísima. La destapó el velo y, efectivamente, se mostró una mujer que consumaba la belleza suprema. Es aquí donde empezó nuestra historia, la que nunca nos han contado. Este es el verdadero inicio de la que llaman ya la era postnuclear. El próximo día veremos el desarrollo de esta curiosa civilización.

jueves, 12 de noviembre de 2009

DEL DESAPEGO AL RENACER DE TELÉSCOPO



Me refiero a un telescopio gigante llamado Teléscopo que vivía anclado en un observatorio espacial de una isla perdida del Índico. Medía más de veinte metros de altura y estaba fabricado por casi cinco toneladas de acero inoxidable. Los datos que generaba eran analizados por unos concienzudos investigadores de bata blanca que cuchicheaban palabras ininteligibles sobre una hilera de asientos acolchados en el interior de una sala oval repleta de monitores. Además, estos científicos locos andaban inmiscuídos entre números y fórmulas matemáticas, sin comprender la belleza anumérica que se escondía detrás. Teléscopo les mantenía informados en todo momento, nunca les engañaba; apenas transmitía las imágenes con las que tanto se deleitaba en su labor diaria de observar el espacio.


Éste le mostraba sus encantos en su totalidad; sus colores, sus formas, su armonía, sus leves modificaciones con el paso del tiempo, todo siempre bajo el grato silencio de la calma. El cosmos le hablaba con una melodiosa voz y le mostraba el don de una belleza pura y sensacional. Teléscopo reaccionaba con una quietud silenciosa y el paso del tiempo dejaba en él una huella de asombro y respeto, acogiendo con agrado el conocimiento de la magia fantástica que despuntaba ante sus lentes. Se enorgullecía de ser el primero y principal espectador de aquel espectáculo tan formidable. Sólo transmitía imágenes. Sus pensamientos los guardaba consigo, sólo a él le pertenecían.


Pero Teléscopo vivía enfrentado a dos realidades distintas y contrapuestas; el mundo de su mirada hacia el exterior y el mundo de sus raíces ancladas en el terreno más firme. La realidad que se mostraba ante sus inmensas lentes era la de un mundo de sueños y fantasías, de irrealidades y quimeras, de imaginación y de cosas que vienen y van, etéreas y volátiles, fugaces como las estrellas. Todo lo que ante sus lentes se mostraba era la inmensidad del espacio y del conocimiento total, las leyes de la física abstracta e intangible, el abismal mundo del que procedemos y al que nos dirigimos, el mundo de la totalidad. No obstante, todo esto era efímero.


La confrontación surgía cuando se daba cuenta de que vivía anclado por tres enormes patas a la tierra más sólida. Un enorme trípode le tenía sustentado a la tierra más arraigada, al mundo de las costumbres y de los apegos, de la familia y las previsiones de futuro, del calor del hogar, del ahorro, el mundo de la particularidad y de la consistencia material. Teléscopo era accionado cada día por unos seres humanos que vivían apegados por sus piernas al suelo más firme. Teléscopo no podía desquitarse del mundo de los apegos. Vivía entre dos mundos.


Una mañana, Teléscopo despertó con esta contradicción. Al observar el esplendoroso brillo de una supernova, su trípode se bamboleó como si le hubiese sobrecogido una sensación de éxtasis. Su hasta ahora consistente lazo de unión que le anclaba a aquella isla del Índico se esfumó de un plumazo. Era como si quisiese salir volando de allí, como si quisiera integrarse de una estampida con el cosmos, como si sus piernas nada más necesitasen de aquel pavimento firme de cemento, como cuando uno se desentiende de todo. Su intención de desquitarse de la carga pesada de las cosas ancladas le llevó a no creer en su cuerpo, a querer salir de él. Escapó de sí mismo y se quiso desentender del particular mundo de los humanos, tan centrados en cuestiones matemáticas y ecuaciones imposibles. Entendió que la lógica matemática no tenía razón de ser frente a la revitalizadora y magnificiente contemplación del Universo.

Un día, Teléscopo se apagó. Dejó de transmitir imágenes. Entendió que su misión había finalizado, que no tenía sentido nada de lo que hacía, que, en realidad, nunca había sido comprendido. Su sabiduría del cosmos duerme en paz y nada ya volverá a enturbiarla. Los científicos se preocupan fallidamente de que vuelva a serles útil. No entienden qué le pasa. Él, sin embargo, lo entiende todo. Ha comprendido que, al desapegarse de lo que es inútil, ha vuelto a renacer de nuevo.

viernes, 2 de octubre de 2009

AMORES IMPOSIBLES


Una mañana de agosto me levanté con una extraña sensación. Después de desayunar, lo primero que hice fue encender el ordenador y abrir el correo. Ocho mensajes nuevos. Ofertas publicitarias, boletines informativos, también chorradas que me envía una amiga y... un correo inesperado, de remitente desconocido. ¿Será un virus?, pienso. En el asunto: ¿Me recibes?. Remitente: una tal Mónica Lagos. Ni idea. Los virus, pienso, suelen venir en correos sugerentes. Y éste, desde luego, que lo era. La curiosidad puede a mi responsabilidad por la seguridad. Sé que mis archivos importantes los almaceno en un disco duro externo y que, a las malas, serán necesarias dos horas de formateo, así que no dudo en abrirlo. He ahí mi sorpresa, leyendo con atención y curiosidad, alucinando cuando me doy cuenta de quién es esa Mónica Lagos. No puedo entenderlo, no me lo puedo creer. Continúo leyendo. Al terminar, releo otra vez. No quiero saber que mi desayuno matutino también ha sido objeto de un sueño febril. Lo de pellizcarme, no suelo hacerlo, no vaya a ser que siga siendo fruto de Morfeo. Sólo con que el pensamiento discurra por mi cabeza, sé que todo lo que leo es tan real como la vida misma.
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Cuando apenas tenía seis años, mi padre, que era comercial de electrodomésticos, marchó a Alemania en uno de sus viajes de negocios. Corría el año 1984. Después de un tiempo, le preguntaba a mi madre por qué tardaba tanto en volver. Nunca me daba una respuesta convincente. Fueron meses, luego años. Finalmente, la eternidad. Nunca volví a saber de él. Mi madre, menos. Yo no tenía hermanos. Crecí con mi madre y con mi abuela. Y me casé; con Dioslinda. Ahora, recibo un correo dominical. Lo entiendo todo. Mi padre conoció a una murciana afincada en Offenburg y recién divorciada. Tuvieron tres hijas; de 21, 18 y 12 años de edad. Mónica es la mayor. Dice que desea verme con la mayor prontitud. La contesto citándola en la Puerta del Sol, una tarde de jueves en la que la luna llena se dejaba ver anticipando la noche.
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Me enamoré nada más verla. ¿Ésa era mi hermana?, pensé. Me saludó efusivamente. Me agarró de la mano y la acompañé a una cafetería próxima. Las dos horas de charla dulce se convirtieron en un revulsivo para los momentos de desconcierto que habían marcado mis últimos días. Su voz transparente y sus movimientos acompasados, la seguridad en sus emociones y la fascinación con la que adornaba sus comentarios se convirtieron en una punzada a mi corazón herido. Me habló muy bien de mi padre, también de nuestras hermanas, y hasta de sus sentimientos más íntimos. Lo que desconocía es que se trataba de la mujer más bella que había visto jamás. Pensé que era mala suerte el que fuera mi hermana y no una cualquiera, para poder abordarla con la entrega de mi pasión. Dejé que mis sentimientos no me traicionasen y continué escuchándola. Al finalizar, me dijo: "Es una pena. Me gustas un montón. Es una pena que seamos hermanos". Entonces la besé, incondicionalmente, con descaro. Ella se dejó llevar por mi entrega. Nos agrarramos de las manos y nos confesamos nuestras devociones. Al salir del café, me dijo que se tenía que ir, que me llamaría. Hoy, a primeros de octubre, todavía sigo oliendo el perfume que dejó en mi jersey.

jueves, 10 de septiembre de 2009

ÁFRICA: AMOR Y MÚSICA QUE SE HACE ESPERAR

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Tomando café, uno de mis compañeros de la Facul me relató su viaje al Congo. Me habló de los caminos perdidos de tierra y polvo, de las miradas inocentes en los rostros que delatan las experiencias más duras, de los escenarios de muerte y desolación, pero también de amor profundo, que llenan impunemente las calles; me transmitió el valor distinto que tiene el concepto del tiempo, el cual, incluso, muchas veces parece como si no existiese; también me habló del magnetismo que alcanza la música, que a todos hace iguales, de las vastas praderas en las que todos los animales, indefensos, se exponen a diario al peligro, de los niños de edad indefinida y ojos brillantes cuyas sonrisas tiernas te animan a que te acerques a ellos, de la humanidad que se respira en torno a las hogueras nocturnas, en donde la gente se une más, si cabe, agarrándose las manos y cantando al unísono, de los colores con los que se pintan los cielos al atardecer, y hasta del caos organizado que reina en cualquier parte. Pero, sobre todo, enfatizó sobre los dos motivos que le aferraron a aquella tierra, los que le mantuvieron en una sintonía constante con el mundo, ausente de toda incoherencia propia del lugar del que procedía; el amor y la música.


Me contó que un día, cuando llegó a una extensa explanada en la que una multitud se encontraba bajo la luna resplandeciente, comprobó que la música alegre hermanaba y creaba lazos cariñosos entre ellos, les emparentaba, les demostraba que estaban vivos... cayó en la cuenta de que la capacidad de amar era la fuerza que les hacía a todos iguales. Me contó que si algo caracterizaba al continente africano, por encima de todas las cosas, era la humanidad.



Así que pensé en los millones y millones de africanos que, olvidados por Occidente, habían decidido vivir en una armonía desinteresada en la que el ritmo y la melodía te brindaban el corazón para que te quedaras con ellos eternamente y te desentendieras de todos los caprichos y sinsentidos por los que otros sacrificaban sus vidas. Pensé que si algo importaba, por encima de todo lo demás, era vivir en sintonía con el mundo, sentirse vivo, alegre... vivir la vida..., Pensé que sería de majaretas madrugar y madrugar para pagar una hipoteca y ni siquiera tener tiempo de disfrutar la casa. Pensé, además, que la vida estaba en la calle, en el contacto con los demás, con el aire puro... la filosofía de encerrarnos en nuestro nido familiar era descabalada. Vivir para trabajar era de psiquiátrico. Con mis pensamientos al ralentí, nos despedimos al salir del café, y continué calle abajo.



Al entrar en el metro para irme a casa, tropecé con un vendedor de La Farola, aparentemente africano. Le pregunté de dónde era, del Congo me dijo. Gasté los diez euros que me quedaban en periódicos que luego repartí a los que pasaban. Me acompañó, subió a mi casa. Su presencia aportó un toque de magia a mi hogar. No dejó de hablarme de lugares que desconocía, me contó los cuentos, historias y leyendas más fascinantes que jamás había oído. Mi cámara de fotos sigue ahí, en su sitio, esperando que algún día la lleve conmigo. África sigue esperando.

martes, 18 de agosto de 2009

INSPIRACIÓN


Se sentó en las escaleras del zaguán y empezó a leer la carta. Hacía más de tres años de la marcha de su amigo y no había vuelto a oír de él. El papel estaba húmedo y emborronado. Pensó, durante un momento, en la dura travesía de la misiva, y después dejó que fluyera su imaginación...


¡Cuánto ha cambiado!, pensó, mientras la leía. En otros momentos, comprendió que su amigo era el mismo de siempre. Le encantaba releerle y reencontrársele, se deleitaba en el empeño. Había días en que en aquel pueblo perdido sólo se escuchaba a las palomas. Cualquier experiencia humana era bienvenida en aquél páramo de Extremadura. Además, fue su mejor amigo. Ahora le contaba que había comprado una parcela en un pueblo de León y que había plantado una variada gama de especies venidas de todo el planeta. Todavía no estaban hermosas, decía, había que esperar. Deseaba enseñárselas ansiosamente, antes de que la vida humana se extinguiese definitivamente.


La frase le recordó a la de otro amigo que no dejaba de hablar de lo mismo. ¡Qué de alarmismo!, pensó. Y continuó leyendo. La poderosa plaga viral se extenderá por la faz de la Tierra y acabará hasta con los mosquitos. Apenas los insectos inmunes y las bacterias más minúsculas lograrán sobrevivir. Las odiosas cucarachas serán las herederas de nuestro paraíso abandonado. Todo, por la mano asesina del hombre, apenas preocupado por el fatídico poderío económico. Las Torres Gemelas fueron obra de los Estados Unidos. Los iluminatis, herederos del imperio faraónico, continúan esparcidos en uno y otro lado del mundo, aliados en una kafkiana y maquiavélica conspiración en la que únicamente los dólares son importantes. A tomar por vientos, el espacio natural, las especies animales. Acabarán hasta con el hombre. Yo, me he refugiado en un páramo que pueda estar protegido de tanta contaminación y me he creado mi pequeño paraíso. A ver si vienes a verme, antes de que todo se acabe.


Sintió compasión por su amigo. Plegó la carta y se marchó dándole vueltas y más vueltas a todo lo que decía. Se acostó divagando y continuó haciéndolo entre sueños. Al levantarse, la idea le vino en primer lugar a la cabeza. Aunque no empatizaba con su viejo amigo, pensó que su trabajo como profesor en un pueblo de Extremadura le tenía anclado para toda la vida, en un lugar falto de interés y exento de experiencias realmente importantes. La ilusión con la que su amigo había emprendido su proyecto le llevó a tomar una determinación, pensando en que si el mundo no iba a extinguirse, su recorrido vital moriría empobrecido.


Así que empezó a ahorrar para que, en el tiempo que le quedaba para solicitar una posible excedencia, acumulase una cantidad suficiente que le permitiese vivir un mínimo de dos años en cualquier otro lugar del mundo. Pensó en la India. Nunca había estado allí, pero había escuchado muchas experiencias sobre ese país. Creyó que su inglés y sus ahorros le permitirían participar en proyectos diferentes cargados todos de vitalidad e ilusión. La vida se consumía, pensaba. Sin embargo, se sentía fuerte y con espíritu de aventura. Así es cómo se marchó al subcontinente.


Todo lo bueno y todo lo malo que experimentó es otro capítulo. El caso es que, hoy en día, pasados los años, no quiere saber nada. Nos echa de menos, dice. Pero no os preocupéis, sé que volveremos a verle. Algún día.

domingo, 1 de febrero de 2009

HOY ME LEVANTÉ SIN SABER QUIÉN ERA


Hoy me levanté sin saber quién era. No recordaba nada de la noche anterior. Me encontraba ausente y no me reconocía en el espejo, extrañaba todas mis cosas y hasta mi misma casa. Me levanté sin saber quién era y me lancé precipitadamente a la calle, para obtener una respuesta.
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Por las calles que me sonaban, nadie me saludaba, a nadie reconocía, ninguna respuesta encontraba en sus miradas perdidas. Todo me resultaba indiferente, nada suscitaba en mí una respuesta concreta, no encontraba ningún estímulo que respondiera a mi confusión opaca. Continuaba dubitativo, deambulando por calles desamparadas con la duda como única guía de mi camino existencial, invadiéndome una rotunda y aplastante sensación de extrañeza. Decidí adentrarme en el primer bar que encontré, un sórdido lugar de neones tristes que alumbraban las pálidas caras de sus bebedores incomprendidos. No sabía qué pedirme, no recordaba mis gustos, dudaba de lo que solía pedir habitualmente, en realidad sólo me preocupaba saber quién diantres era, quién.
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Una mujer, vestida de negro, en la barra, observo que bebe un licor verde, con hielo. Me pido lo mismo, mientras continúo buscando una respuesta que me venga dada por la contemplación, por la quietud de aquella escena de bar. Un hombre trajeado y elegante se acerca a la mujer, se sienta a su lado y le coge de la mano. Mi mirada, ausente, se queda perpleja. Escucho al hombre decirle... "Llegaremos a ese lugar, no dejes de soñar". En mi cabeza, asocio un lugar, la frase toma fuerza en su interior, se hace sugerente, desencadenante. Me llegan los recuerdos, uno a uno, como fogonazos encadenados, uno detrás de otro. Son mis primeros recuerdos, todos engarzados, empiezo a entender quién soy, a obtener una respuesta, por fin. Recuerdo que dije esa frase, la dije anoche, a una mujer que recuerdo especial, no recuerdo su nombre, no recuerdo cómo era, algo recuerdo. Los pensamientos adquieren forma, se engarzan como las piezas de un tetris automático, voy recordando más, nuevas imágenes, nuevas escenas que tenía borradas, lo recuerdo todo, recuerdo que ayer me ilusioné. Una sonrisa entusiasmada sucede en mi gesto que se recompone.
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Ahora sí, por fin, ya sé quién soy, no me caben más dudas. Dejo el licor a medias y me marcho a dormir, otra vez, ahora a media tarde. Sí, por fin, creo que tengo mi duda resuelta, siento que me invaden unas relajadas ganas de soñar plácidamente, que me recibe la esperanza con una palmada en mi espalda atascada por el humo de los cigarros, que una calma me rodea, que me siento más tranquilo. Otra vez, de nuevo, apago la luz, ahora convencido, ilusionado, esperanzado. La calma me transporta hacia un paraíso de sueños que son recuerdos.

jueves, 3 de abril de 2008

UN CADÁVER EXQUISITO (O EL CADÁVER DE LAS AMEBAS)


Continuando con una brillante idea de Ohnenick que Blasfuemia ha popularizado, si no me equivoco, basada en la elaboración de un relato encadenado por varios autores, a modo de excelente cadáver exquisito, y para quien quiera ponerse al día que pinche aquí , me pasaron el cadáver a mí, lo cual es un orgullo, y he aquí mi contribución. Aprovecho para saludar a todos los que lo están construyendo, porque es un gusto haber leído lo que han escrito.



...Los problemas parecían apilarse todos de golpe. La apariencia al exterior parecía la misma, pero el conglomerado de inquietudes se instalaba en el pecho de Lola amenazando con abandonar. Y encima Lucía se había escapado del psiquiátrico. Se añadía a esto el encuentro con Bárbara, que se presentaba fatal, auspiciándose bajo una fría relación en el entorno del espionaje científico a nivel internacional. Y Lola sabía todo de ella. Era una auténtica heroína, una mujer implacable, voraz, que estaba al tanto de los movimientos de la despampanante Bárbara, quien trabajaba para los servicios secretos rusos. Pero los americanos querían ganar la carrera. Y la situación provocada por la trama de las amebas llevaba a los servicios secretos de la CIA a querer estar al tanto del enrevesado cariz que estaba tomando esta trama. Y Lola, que en su profesionalidad había llegado a infiltrarse en la Facultad de Físicas como profesora, o como doctora en un psiquiátrico después, que incluso se llegó a entrometer en las oficinas de la Facultad para conocer a Lucía, y cuyos tres doctorados no escondían sus campechanas relaciones con los de su entorno, cuando ni siquiera el vigilante del edificio donde vivía sospechaba nada, absolutamente, desempeñaba una labor crucial a la hora de desenmascarar esta trama de las amebas que se había elaborado concienzudamente y cuyo único fin era hacer efectivo el más destructivo de todos los terrorismos internacionales.






Lola, la poderosa y brillante mujer espía de radiantes ojos verdes, sabía por qué le decía eso Bárbara. La conocía demasiado. Por eso, no dudó en llamar a Diego. Bueno, ya se sabe, éste es un nombre en clave. Y clave sería la llamada a Diego, pensaba Lola.
¿A quién le tengo que pasar la bola?. Le paso el cadáver a Errante.

martes, 26 de febrero de 2008

MI CIUDAD INVISIBLE


Aprovechando mi intención de felicitar a un programa de las ondas hertzianas que me viene cautivando desde hace ya unos años, llamado "La Ciudad Invisible" (y que tiene su propio blog en blogspot (http://laciudadinvisibleradio3.blogspot.com/ ), grande como tantos otros programas de la magnífica Radio 3, de Radio Nacional de España, y dirigido por Javier Díez, quisiera hacer mención del momento mágico que se produce en el programa cuando alguno de sus conductores pregunta al entrevistado: "Bueno... ¿y cuál sería tu ciudad invisible?". Siempre me llamaron la atención las respuestas que los entrevistados pincelaban y siempre imaginé el momento en que tuviese que contestar a una pregunta así si es que alguna vez me la formulaban. Como hasta ahora no he tenido que hacerlo, pero con la intención de cerrar el círculo que dará lugar a que se entreabran otros, me respondo a mí mismo, abismo.




Imagino una ciudad en una isla, rodeada de mar, y vegetación, comunicada al continente por un acceso rápido y marítimo. Una isla en la que no existe la propiedad privada y los bienes son compartidos por todos, quienes deciden de forma organizada los designios de la ciudad, y en la que se da una adoración al arte y a la cultura en la cobertura de un extenso tiempo de ocio y de descanso, pues el trabajo no se desperdicia en frivolidades, ciudad que es abierta y que recoge a todos los que quieren convivir en ella, haciendo gala de la hospitalariedad y de lo solidario y haciendo de la belleza un designio a cultivar por todos, amantes de sus valores, entre los que nunca se da la malicia, ni la hipocresía, ni la mediocridad, salvo excepciones que no son víctimas de juicios, y en la que un ágora congrega a todos con la única intención de comunicar y de progresar, y en la que todos los adultos constituyen la escuela de los más pequeños, ciudad en la que la libertad es justa y los prejuicios soterrados, porque se admira la magia de la vida y de la naturaleza.
Así imagino mi ciudad invisible.

martes, 12 de febrero de 2008

DECEPCIÓN EN LA PUERTA DE UN COLEGIO


Hoy me esforcé en pensar qué escribir para el día de hoy en el blog. Profundicé en la prensa por si venía al caso, pensé en transcribir algún sueño mío, o incluso pensé en ir a ver a Gustavo, pero, exhausto del esfuerzo, me dejé llevar por otros aires hasta que me encontré otra irresistible propuesta (¿será que todas me lo parecen?), esta vez con más peso detrás, e incluso con un cuantioso premio (aunque quizás sea esto lo que suela echarme para atrás) porque provenía de la Cadena Ser y consistía en elaborar otro microrrelato. Partiendo de una frase concreta (que es la última del ganador anterior), y con un máximo de 100 palabras, construir un relato en el que haya, al menos, un personaje y un escenario. La frase de la semana era: "Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo". Me salió uno que tenía justamente 100 palabras y como no me decidí a publicar nada en concreto para este blog, pensé que el microrrelato llenaría un hueco. Ahí os lo dejo:






Cojeando, me esforcé por alcanzar la fila de niños que regresaban del recreo. Venían eufóricos, exultantes. Entre todos esos niños debía estar mi hija, a la que reconocería por una fotografía reciente. Un niño me sonreía pícaramente, otro me empujaba suavemente, a ella no la veía, a lo largo de un pasillo por el que todos corrían. Entre la multitud, una bella niña rubia, de ojos claros, exclamaba: "papá, papá". Mi mirada se estremeció, mis piernas temblaron, la escena me sobrecogió, máxime cuando mi mejor amigo de la infancia esperaba a esa niña cuyos ojos eran calcados de los míos.




Os paso el link, por si os apetece participar, y os mando besos sucesivos:

jueves, 7 de febrero de 2008

LA INSTANTANEIDAD DE UN ALUMBRAMIENTO


Volvemos a los relatos. Tomamos como punto de partida el enlace http://eltrasterodelaimaginacion.blogspot.com/2008/01/ii-edicion-del-concurso-de-suspiros.html.
Se trata de crear un cuento, de temática libre, con una extensión máxima de 50 palabras, no incluyendo las del título. Lo dificultoso, si acaso, estriba en la brevedad del relato. Me ha salido esto:

"El primer sonido le atravesó como una punzada, el ruido de fondo del bombeo del corazón acalorando su gélido sentir y unas aguas fervorosas embalsamándole, cuando, súbitamente, una luz tenue dejó traspasar sus haces por los ojos cerrados e imposibilitados y unas voces cercanas le murmuraron, brindándole una bienvenida clamorosa."



Muchos besos abismales.


lunes, 28 de enero de 2008

DE NUEVO ME HAS DADO LA VIDA




Por su mente limpia circulaba una voz en off. La claridad y la tranquilidad que acompañaban a esa voz dulcificaban los pensamientos de esa bella chica, llamada Azul, pensamientos que aún estaban contaminados por las tristes sensaciones que desde hacía ya un buen tiempo le habían venido acompañando. Su mirada se dispersaba a través de las mágicas ondas que el agua del lago ofrecía, expandiéndose armoniosamente. Nadie la observaba, ella miraba el agua, absorta como estaba.








Decidió adentrarse en el lago y juguetear con sus dulces aguas. Éstas, transparentes, invitaban a una danza marina y su cuerpo volátil se sumergía en ellas, a la par que la refrescaban del despiadado sol que en aquél rincón del interior africano se mostraba imperioso e impertinente. Un cocodrilo observaba ahora la escena.





Azul empezó a silbar. Su melodía se escuchaba suavemente en aquél lugar apacible. Era una música alegre.




Buiko oyó sus silbidos desde el otro lado del valle, acelerados por el ritmo suave del viento, inusual y agradable en esos días del verano. Atraído por la bella melodía, Buiko abandonó su lanza junto a un árbol y se asomó por un hueco que dejaba la montaña. Contempló a una bella muchacha desnuda disfrutando del agua mientras silbaba. La escena era tierna. La rubia turista se mecía los cabellos y el agua nítida proyectaba su delgada silueta, de belleza inusitada, bajo un silencio sepulcral en una escena que parecía divina.
Pero cerca, muy cerca, un cocodrilo retenía el momento de abalanzarse sobre ella. Era cuestión de pocos segundos. Se movía muy lentamente, con perspicacia. Buiko sabía perfectamente lo que tenía que hacer en ese momento. Se acercó sigilosamente a su lanza y retornó al hueco desde el que se asomaba al lago. De pronto, hizo un movimiento brusco, acelerado, con su atlético brazo, y lanzó la lanza justamente en la orilla, de forma súbita, enfrente de ella, sin que el cocodrilo se percatase. Ella abandonó de pronto su actitud lúdica y sus pensamientos inocuos y se alertó, de golpe, al observar que un serio peligro le acechaba. Entonces vio al cocodrilo, le vio moverse, estaba a cierta distancia. Ella corrió hacia la orilla; el reptil se abalanzó. Consiguió escapar, en una cuestión de segundos, en un susto sobrecogedor, dejando detrás al mastodóntico animal que ahora retornaba buceando, defraudado.

Buiko silbó a la chica. Lo hizo en clave de tribu, avisándola amistosamente. Ella entendió el mensaje y vio al nativo haciendo señas pacíficas con su lanza, desde lejos. Se acercaron y se encontraron en un rellano.


- ¿Estás bien? -le dijo Buiko.




- Sí, gracias -ella le extendía la mano y él se la apretaba- Muchas gracias, de verdad, me despisté por completo. Un error tonto.




- Comprendo, muy tonto. Ahí no poder tú bañarte. Nunca. En el lago mejor nunca.




- Sí, tienes razón. Es que... he sentido una voz grata hoy, conmigo, que me ha acompañado y... me he olvidado de todo, por completo. Me he...


- Tranquila -le replicó Buiko- ¿Tú querer conocer a mi familia?


- ¡Claro!. ¿Por qué no? -Azul se sentía tranquila ahora-.





Marcharon juntos, caminando entre piedras y matorrales, siguiendo el rumbo que el nativo iba indicando. Se dijeron sus nombres mientras desaparecían por un camino que ella desconocía. Mientras andaban, Buiko le dijo:




- Tú decir que una voz te acompañó.



- Sí, una voz.



- Yo no entender nada.



- Tranquilo. Yo te explico. Mi hijo me ha hablado.



- ¿Tienes un hijo?



- No. Nunca lo tuve.




Buiko le miró extrañado, confuso. Ella continuó.




- Nunca tuve un hijo y nunca lo tendré, pero hoy, cuando descansaba en el lago, la voz de mi hijo, el que nunca llegó a esta vida cuando estuvo a punto de nacer, me ha hablado y me ha hecho sentir que estaba conmigo. Era una voz pueril, ingenua, divina.





Buiko andaba más confuso todavía. Continuaron andando. El camino les llevó a una aldea cercana. Una multitud de niños salieron a su paso. Se dirigieron hacia una cabaña de paja que tenía la puerta abierta. Varias personas aguardaban dentro. Buiko le presentó a algunos familiares. Una mujer, anciana, hablaba con Buiko, mientras Azul no entendía nada de lo que decían. La mujer anciana le ofreció una infusión, mientras continuaba hablando con Buiko y mirando a Azul un tanto desconfiada. Se acercó a ella. Le dirigió unas palabras ininteligibles. Buiko le tradujo:


- Dice que esperar, tú esperar.




La anciana desapareció de la habitación por una puerta carcomida. Azul permaneció intranquila, buscando la mirada de Buiko, que no le apaciguaba. La mujer anciana regresó al instante, esta vez con un bebé en la mano, que lloraba angustiosamente. Y pronunció unas palabras.




- Dice que es tuyo -añadió Buiko-. Que lo cuides.



Ella comprendió que los llantos de ese niño se correspondían por completo con la voz del niño que había escuchado en el lago. Le miró a los ojos. El bebé sonrió. Comprendió que era el hijo que nunca pudo tener. Entonces unas lágrimas dulces se derramaron como una lluvia inesperada. Sólo dijo, estremecida:
- Gracias otra vez... De nuevo me has dado la vida.




sábado, 26 de enero de 2008

¿Y ESTA FOTO QUÉ TE SUGIERE? (MÓNTATE OTRO RELATO)


La chica de la melena rojiza meneaba sus manos con soltura mientras lavaba en el río los atuendos de la familia. Canturreaba una melodía tribal, una canción festiva que se refería a la alegría y al enamoramiento, mientras la agradable brisa acariciaba suavemente sus rojizos cabellos. Los pájaros trinaban y la calma reinaba en aquel lugar, presa de un sol que se mostraba generoso y de un cielo abierto y azul que le sugería unos vivos recuerdos de grandes momentos pasados. Mientras ella, la chica de la melena rojiza, jugaba refrescándose con el agua cristalina del río, oyó a lo lejos cómo los hombres de la tribu regresaban de la cacería de todos los días.
Hizo un hatillo para recoger las ropas lavadas y se dirigió hacia la cueva, donde cierta alegría se respiraba en el ambiente. Los hombres festejaban la caza de un jabalí mientras las mujeres, alegres también, se reunían para crear unas brasas con las que asar la pieza. Los cánticos tribales se oían hasta encima de la colina y desde allí los lobos parecían alterarse, aun sin ánimo de invadir la cabaña de estos prehistóricos humanos que gozaban familiarmente de su triunfo. Pero el chico de las manos robustas se encontraba pensativo y apenas decía nada cuando la chica de la melena rojiza se acercaba a él en busca de una respuesta. Ella, disgustada, frotaba las piedras en busca del esperado y deidificado fuego, preguntándose repetidamente el porqué del abatimiento de ese chico de las manos robustas que ahora salía de la cueva y sobre una roca se sentaba, pensativo, intentando dibujar en la arena del suelo, con una pequeña rama, y bajo la espectacular luz de luna que parecía dibujarse ya en el paisaje, un símbolo, de pocas líneas, que pudiese resumir su letargo inexplicado, su emoción incontrolada.
Entonces ella, que permanecía intrigada en el interior de la cueva y que había conseguido ya que las ascuas fueran llamas, se dirigió a la gran mujer serpiente negra, sabia de la tribu, y le dirigió unas muecas que pudiesen desembocar en una complicidad con la angustia que le carcomía por sus adentros y ella, la gran mujer serpiente negra, le entendió perfectamente. Asintió con la cabeza. Se dio media vuelta y tomó con su mano una pequeña rama que tenía a su alcance. Y le dibujó una escena. La chica de la melena rojiza entendió su mensaje. El chico de las manos robustas desaparecía en mitad de la cacería y nadie sabía su paradero durante buena parte del recorrido del sol, tampoco nadie se lo había preguntado. Entonces ella, la chica del pelo rojizo, salió en busca del chico al que tanto deseaba pero con el que no llegó a encontrar nunca la conexión esperada y le encontró sobre una roca sentado.
Con sus robustas manos, el chico intentaba dibujar ese símbolo que una vez borraba y otra vez volvía a intentar plasmar. Ella se acercó a él, con un caminar inocente, dulce, expectante. Le dirigió varias muecas, quizás alterándose al hacerlo. Tomó una pequeña rama e intentó dibujar, como pudo, su preocupación, junto al extraño símbolo que había dibujado él, el cual no entendía en absoluto. Y él no parecía decir nada. Ella se alteraba más, subía el tono de su voz, desconfiaba de él plenamente, incluso le hacía algunos reproches despectivos. Él no se inmutaba, ni siquiera miraba a la guapa chica de la melena rojiza.
Ella decidió marcharse, en dirección a la cueva, pero él le gritó, empezó a llorar, se derrumbó en el suelo, empezó a patalear. Ella se dio la media vuelta y se dirigió a él, extrañada, aun con intención de consolarle. Él, presa de las lágrimas, le dio una explicación. Tomó la rama de nuevo y dibujó. Intentó explicarle a ella que, mientras sus compañeros cazaban, él, enamorado como estaba, no tenía fuerzas para tanto desgaste y sólo se preocupaba de prepararle un regalo a ella, un buen regalo que expresase todo el amor que sentía por ella y que permaneciese eterno y oculto, por los tiempos de los tiempos, en algún rincón mágico que algún día fuese el hogar de su nueva familia. Ella se derrumbó, incluso se le escapó una lágrima que le cosquilleaba. Y él, con su mano robusta, tomó la delicada mano de la chica del pelo rojizo y la acompañó hasta el rincón de una desconocida cueva cercana en la que le enseñó tiernamente lo que tanto tiempo había estado haciendo, mientras sus compañeros cazaban. Una pintura que significaba que ninguna guerra podría con la fuerza del amor que él sentía por ella. Por primera vez, se besaron.
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sábado, 19 de enero de 2008

¿QUÉ TE SUGIERE ESTA FOTO? (MÓNTATE UN RELATO)


Desde el año 1874, cuando las pinceladas del artista creador habían dado origen a la tierna y fraternal escena de Constantino jugando con sus hermanas, todo permanecía inmóvil y vital al mismo tiempo. Nada había cambiado desde entonces, durante más de un siglo, tiempo tras el que todo permanecía inmutable y quieto al mismo tiempo, a la vez que se sucedía la magia de una manera incesante, eterna. Constantino era el mayor de los cuatro hermanos que correteaban a sus anchas por el Palacio Real de Aranjuez cuando llegaba la primavera. Bajo la tutela de sus padres, que en Palacio desempeñaban funciones varias, los niños pulían su felicidad a costa de caídas, juegos variopintos, alegría desbordada y buenos cuidados, completamente al margen de cualquier otra preocupación. El pintor de la Corte consiguió inmortalizar a los cuatro niños, hacia los que el mismo Rey guardaba un cariño especial, en un momento lúdico representado por una escena en la que los cuatro jugaban a la pelota. Pero la magia contenida en la pintura propició que esos niños mantuvieran su vida, inmóvil por otra parte, pero cargada de emociones que ellos mismos sufrían por los siglos venideros, anclados como estaban en un óleo por el que discurría una savia que los mantenía vivos, llenos de emociones. Los niños continuaron felices, disfrutando de su eterno juego, mientras los curiosos espectadores que transitaban por el museo y se acercaban al cuadro, se recreaban con la magia de sus pinceladas, ajenos a todo lo que, tras los colores pastel, venía a sucederse.
Un día, Claudia, la más pequeña de las hermanas, tuvo un sueño, allá por el año 1998, que contó a sus hermanos presa de una emoción contenida. Les contó que un duende le había sobresaltado mientras dormía, y que le había dicho que estaba muy cansado, harto cansado, de vivir eternamente y que motivado por tal agotamiento había decidido traspasar la frontera de la magia e inmiscuirse por la realidad mortal, hasta llegar a la realidad de cuatro niños que gozaban felices de los encantos que les deparaban los jardines de un palacio real. Así se le había presentado el duende, que le decía: "traspásala, traspasa la frontera" y mágicamente desaparecía después. Claudia contó lentamente a sus hermanos su sueño y les preguntó si creían también ellos que pudieran traspasar la frontera invisible que les tenía aprisionados, si creían que era posible abandonar el cuadro que los eternizaba. Constantino dudó de las ensoñaciones de su hermana, no entendía el concepto de la mortalidad, la no eternidad. Los otros hermanos se confiaron al ingenio de Claudia y se animaron a traspasar los límites del marco, aun considerando que nada pudiera haber detrás. Finalmente, Constantino, viéndose solo, se desperezó y siguió a sus hermanas, admirándose cuando todo un mundo efímero se mostraba ante su mirada.
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