jueves, 18 de marzo de 2010

ADIÓS A ESTA TELE



Son las cuatro de la tarde en España. Es el turno, en los televisores de medio país, de la que llaman la "Lady Di española", una desvergonzada mujer que hace gala de las desventuras con su ex marido Fran (no sé qué). Los telespectadores no levantan sus miradas de la pantalla y, más bien, se encuentran embobados (abducidos) por el carácter de heroína lastimada y lastimera, de mujer con los pies en el suelo, de esta diva mediática. Todos están de acuerdo en todo lo que dice, se sienten cercanos a ella, la adoran, y hasta la querrían como futura alcaldesa; piensan que todas las mujeres deberían ser como ella, quien continúa haciendo caja de todas las sandeces que tan bien sabe que dice y que deshonran a su pasado y hasta el futuro de su hija, pero que, a pesar de todo, denotan que sabe lo que hace y le permiten llevar una vida que nunca antes habría llevado. Su carácter atrevido, informal (por no decir chabacano) y hasta grotesco la hacen el centro de las miradas de muchas mujeres de España que se fijan en ella como si fuera una mujer que dice lo que piensa, que hace lo que tiene que hacer, una mujer valiente, carismática y con tirón, una mujer "con un par". Ella sabe que un polvo con un torero que triunfará te puede cambiar la vida, y exprime la idea. Sabe que la gente de este país vive del cotilleo. Sabe que sin sus comentarios, sus vidas serían desdichadas. Una mujer que, con el euro como bandera, prostituye su prestigio de cara a la galería, y a la que le da igual lo demás. Ésta es Belén Esteban. Y los telespectadores, la cara amarga de este país. Antes de apagar el televisor, compruebo en la programación que después habrá fútbol, un reality show y una americanada de película.
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La verdad es que no me gusta la televisión de este país. Tampoco conozco bien la de otros lugares, pero recuerdo momentos mágicos en nuestra programación que no se me olvidarán nunca, momentos que, al día siguiente, comentábamos todos, bien porque no había mucha oferta televisiva y todos veíamos lo mismo, bien porque no había tantas alternativas al ocio (léase Internet, por ejemplo). El caso es que, en su día, hubo programas míticos y, considero que había un gusto por hacer las cosas con estilo que ahora se ha esfumado. Hoy en día, la decadencia también ha invadido nuestras pantallas y creo que Belén Esteban es el mayor ejemplo de una mujer grotesca que bien pudiera dirigir los designios de mi ciudadanía debido a esta catarsis a la que hemos llegado. La televisión pública ha perdido el criterio que otras veces siguió y no se diferencia en nada del tono mercantilista con el que se mueven las privadas. Los comentarios televisivos sobre la jornada anterior se reducen a un “¿Viste al Madrid?”, o “¿sabes que fulanito se ha follado a menganita?” Tal cual.
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Así que, mejor, no encenderla. Me encuentro perdido cuando mis compañeros de trabajo hablan de los sucesos televisivos del día anterior, pero también encuentro un sitio fuera de esta marea de sinsentido que se esfuerza, día a día, en embrutecernos. He encontrado un refugio en internet, en el que tú eliges el ocio, fuera de toda imposición televisiva. Me amparo en un lugar que me aísla de toda esta insensatez. Adiós a esta televisión.

domingo, 14 de marzo de 2010

LO ÍNFIMO Y LO ABISMAL DE UN SIMPLE DIENTE

Hace un par de meses se me cayó un diente, o lo que es lo mismo, y haciendo honor al nombre de este humilde blog, una ínfima pieza de importancia abismal.

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En realidad, no era ni eso y sí una corona que ocupaba una posición gafada en mi mapa mandibular, fruto de sufrir percances mayores, y olvidados, en el pasado y que, hoy en día, siente un vacío absoluto y queda a la espera de que se cumpla la condena de tres meses y un día, al final de la cual el terreno herido de la encía solidificará y quedará preparado para la ulterior perforación de los cimientos de un implante que pondrá las cosas en su sitio. Implante, creo que esta es la palabra por la que los odontólogos, sin duda, hinchan sus cuentas bancarias. ¿Cómo puede costar tanto una ínfima cosa?, ¿cómo se ha de pagar más de un mes de mi sueldo como madrugador a diario por una diminuta pieza que ni siquiera es de marfil? Por algo que, además, nos fue dado por la Madre Naturaleza de forma gratuita y altruista.

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Ahora no pienso más que en ocupar el espacio vacío que dejó esta insignificante cosa dentro de la grandiosidad universal, para lo que he de soltar una pasta gansa justificativa de lo importante que es para nosotros una sonrisa sin complejos. Menos mal que no es una de las piezas delanteras, aunque bien hubiera podido ser una recóndita muela y, sin embargo, se trata de un premolar que antes lucía su figura salvaguardado por su compañero vampiresco y ahora le ha dejado expuesto a la extrañeza de las demás miradas que se sienten heridas por el golpe atestado a los cánones de belleza, quién sabe por quién inventados, aunque, sin duda alguna, existentes.

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Dejaré de lado otras prioridades, como el armario de mi casa reformada, que no llegó y que hoy en día, y de manera paralela y anexa al suelo, consiste en dos maletas de distintos tamaños. Porque pensé que podría seguir agachándome a diario si, cada mañana, volvía a sonreír con naturalidad. E insistí en el propósito de no concurrir, por dejadez, en un abandono de mí mismo, para querer tomar otra dirección de la que tomaron aquellos que no pudieron remendar el accidente en el momento concreto, cuando el impacto todavía sonaba en eco, y después, como en un recuerdo, el estrépito dio lugar a una melodía amarga que se posó en ellos como un parásito que ahora les dejaba un gesto decadente y, al mismo tiempo, natural.

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No. No quería llegar a verme así. Preferí endeudarme. Y, por eso, he centrado mis vistas a las consultas que tendré en menos de un mes (ya). Y digo consultas porque, alternativamente, he cogido una cita con un departamento de odontología de no sé qué Universidad, que, dicen, sin dejar de lado la profesionalidad, abarata mucho los precios. Todavía tengo el recuerdo de cuando, con diecinueve inocentes años, le hicimos caso a un bebedor voraz de nuestro barrio que proyectó todas sus fantasías en montar un negocio distinto en La Manga del Mar Menor: un bar de copas enorme con tiro al arco profesional. El proyecto duró lo que unos días de copeo y resaca incluida, y la pasta que íbamos a ver era ahora un suspiro, cuando fui a dar un trago a mi cerveza y el vaso chascó contra mi paleto más incisivo. Frente al espejo, me dio todo un mareo. Así volví a Madrid; de resaca, antes de tiempo, sin dinero y con esa horrible sonrisa. Ambas veces, encontré la ayuda de mis padres. Es una suerte que mi madre me pueda ayudar ahora, aunque más suerte sería que me subieran el sueldo, o que, puestos a pedir, me tocara la primitiva. El caso es que volveré a disfrutar de mi sonrisa.

martes, 2 de marzo de 2010

DÍAS DE RADIO EN LA CASA ENCENDIDA


Me escogieron para hacer un taller de radio en la Casa Encendida. Fruto de no fijarme en las cosas, el curso era por la mañana, y mis ganas de hacerlo eran tales que decidí cogerme la semana que duraba como de vacaciones. Se trataba de un taller-laboratorio de radio experimental y, como pude comprobar, tal término despertó la curiosidad de la mayoría de los que nos presentábamos el primer día. Lo decíamos todos en el momento en que nos habían dividido por parejas para que entrevistásemos al otro y luego le presentáramos a los demás. Mi compañero, de Donosti, había estudiado escritura de guiones cinematográficos en la Escuela Tai, que tanta atracción había suscitado en mí, aunque, por un motivo económico, el magnetismo continuaba siendo platónico. Y la otra compañera había estudiado dirección de cine en una de las escuelas más exclusivas del país, íntima amiga de otra que había hecho algunos cortos. Otro también había dirigido cortos, otros dos eran locutores de radio y la otra estudiaba un master de lo mismo. La otra había hecho trabajos de doblaje para el cine. Y el otro trabajaba en Los Cuarenta Principales. La conexión con los demás fue tal que las mismas profesoras nos llegaron a decir que hacía tiempo que no encontraban un grupo tan divertido y a la vez tan creativo.

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Las profesoras de este taller son las profesionalísimas Ángeles Oliva y Toña Medina, el tándem que funciona como un reloj a base de la ingeniosidad con que se expresan, el magnetismo que transmiten y la fe en lo que cuentan. Nos mostraron un montón de piezas radiofónicas a fin de entender la teoría con la que abrían cada clase y nos pusieron muy en contacto con el mundo de la radio, teniendo siempre presente la finalidad de este medio, lo que se pretende transmitir, así como los juegos de los silencios, del poder de la voz, o la elección de los efectos sonoros y de la música adecuada. La teoría tenía todo su sentido cuando escuchábamos "obras de arte" de Carlos Hurtado, o de otros que también pasaron por la Gran Escuela de Radio 3, como las mismísimas profesoras, y que ahora habían dejado un vacío en aquella radio que otrora fue magnífica y que ahora andaba renqueando.


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El primer día, individualmente, escribimos un texto sobre La Casa Encendida. Cada uno escogió una parte de su texto para ser locutado y, al final del día, lo grabamos con una música divertida que entraba en forma de ráfagas. Fue nuestra primera grabación. Y fueron muchos los recuerdos de los años en que conducíamos entre amigos un programa de radio, en la humilde Radio Cigüeña de Rivas.


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Nos grabaron junto con los dos falsos directos que realizaríamos después, esta vez en grupo. Nos dividimos en dos grupos de cinco. La primera vez, con una temática dada, de nuevo La Casa Encendida. Nos montamos una historia acerca de un fenómeno misterioso que había invadido nuestro país y que, a causa de él, estaba desapareciendo sorprendentemente el color en nuestras vidas (con un mensaje en el noticiero, de tono postfranquista, que decía "Españoles, el color ha muerto") concluyendo en que una casa con luz propia (La Casa Encendida) estaba atrayendo a la gente con la intención de que todo el mundo se "encendiera".


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El otro grupo se montó una historia de un individuo que se dirigía al psicoanalista a fin de informarle de que algo raro le estaba sucediendo después de que se quedara encerrado en el cuarto de baño de La Casa Encendida, lo cual era causa de un fenómeno extraño de exponenciación de los sentidos que se estaba extendiendo por la ciudad. En las dos piezas, hablábamos de fenómenos extraños y de La Casa como revulsivo.


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El segundo y último grupo de trabajo creó dos piezas, la de la fábrica de transistores y la del feto. La primera fue la nuestra, y la segunda me encantó. La nuestra trataba sobre una reunión de empresa en la que todos sus participantes, que habían ido transmitiéndonos sus pensamientos previos a la cita, dan paso a una jefa que decide lo que quiere, truncando los propósitos del resto, sin que nadie manifieste oposición y en el momento en que un radioyente llama al programa diciendo que compró un transistor en la empresa, precisamente para eso, para escucharles, y al grito de "Almas de cántaro" les abre los sentidos y les dice "¿Qué va a ser de vosotros?. Tenéis que cambiar". En esta pieza, hice de realizador y me di cuenta de lo respetuosa y responsable que es esta profesión (mi padre era realizador de tv).
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La del feto era una pieza que recogía las sensaciones en el útero poco antes del momento del parto, con una ambientación sensacional y cerrándose con una genial música de Kroke Band después de un llanto de bebé desgarrador. Me encantó la pieza que realizaron mis compañeros.


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La verdad es que fue una semana muy interesante para mí y, fruto de ella, ha nacido un proyecto de hacer piezas de radio entre varios de los del grupo, aparte de que, desde ahora y hasta mayo, una vez a la semana, estaré dando mi apoyo a las profesoras para un taller de radio con ancianos, niños y discapacitados. Será un orgullo volver a trabajar con Ángeles y Toña.

martes, 15 de diciembre de 2009

RESETEO INSPIRADOR Y ADIÓS A UNA DÉCADA

Desde hace unos días, parece como si no tuviera nada de qué escribir, como si la inspiración se hubiera esfumado a modo de corriente de aire. Puede que quizás, también, fueran tantas cosas las que quisiera abarcar que no supiera por dónde empezar. Quizás porque si me centrase únicamente en un solo tema, dejaría olvidados otros más importantes. O quizás porque mi etapa de cambios sea precisamente eso, de cambios. ¿Será una etapa de poca ilusión por la escritura?, ¿de estado inerte?, ¿o será una etapa de convulsiones en mi vida que me lleven a tener que vivirla por encima de querer plasmarla en un papel? Por otra parte, ésta ha sido una etapa de leer a nuevos autores, algunos muy jóvenes como Paolo Giordano (sensacional su soledad de los números primos), lo cual me ha llevado a dejarme fascinar por su alta sensibilidad, por encima del deseo de hacer transmitir mis inquietudes, a las que puedo ver, a veces, tan rancias como descatalogadas, necesitadas de ser invadidas por nuevos conceptos.


Es posible que ande buscando un camino como un astronauta que intenta colonizar la luna y no sabe por dónde empezar al situar la bandera. Mi casa, reformada de arriba a abajo, es un cráter desconocido en el que acoplar mis cosas con delicadeza, día a día, en un período de vacaciones largas que el viernes inicio. La ilusión que genera la novedad mantiene siempre vivo el espíritu; siempre he pensado eso. Entonces me han invadido unas ganas considerables de desprenderme de todos mis enseres, de resetearme y de empezar con todo de nuevo. Parecía que llegaba la hora, fatal y bienavenida al mismo tiempo, de dar por sentada una vida antes de bendecir otra nueva, distinta. En realidad, todo era una falsa ilusión. En nada nos parecemos a los ordenadores; nuestro Alt+Ctrl+Supr no es tan efectivo como quimérico. Así que continuamos por una misma senda, una que hemos borrado previamente con una goma e intentamos ahora que no se parezca a sí misma, para después colorearla utilizando un paquete de lápices recién estrenado.



Acabaron los días y las noches estresantes, los miedos infundados que nos perseguían hasta la adolescencia y las emociones artificiosas producidas por querer correr en la vida, por querer acelerar los acontecimientos que ya llegarían. La vida se hace más pausada, como si entrara en una carretera sinuosa después de una veloz autopista a sabiendas de que después vendrá el camino de tierra. Después de ver cómo los demás pasaban acelerados por el cristal de la ventanilla, ahora uno observa el paisaje y se hace un alto en el camino para encender un pitillo y sentir el frío en la mejilla.



Sin querer desprenderse nunca del elixir de la juventud del que ningún ser vivo cabal querría hacerlo, y sabiendo que el divino tesoro es sólo un concepto, desapegado en su totalidad del valor de la edad, no se trata de entrar en consideraciones sobre el metraje que cada uno ha vivido, ni siquiera porque mi cumpleaños esté a unos días, ni porque la primera década del nuevo siglo se esté esfumando, sino de entender que la vida pasa, que pasa la vida.



La ilusión es el barrote de hierro por el que nos abrazamos antes de dejarnos caer por el columpio de la vida. Sin ese barrote, dejaríamos de jugar y nos moriríamos aburridos fuera del perímetro del parque. La ilusión la dan los amigos, las personas, los viajes, los grandes momentos. Mucho de lo demás, poco o nada importa. Es por ello que la vida siempre se hace interesante, a cualquier edad. Incluso cuando uno ya está expirando, todavía la vida le importa. Se hace bonita en cada una de las fases por las que transcurre. Nunca me pareció nada más tierno que ver a un anciano contento y vital, disfrutando como cuando era un chaval. La ternura de su sonrisa y de sus ojos contentos agrietados por las venas siempre me llamó la atención.
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Por eso, ahora que nada tenía de qué escribir, y ahora que sigo reseteando mi disco duro, haciendo por que la inspiración no desaparezca y nos deje ser libres, cuento un poquito de mí y deseo a todos que las mejores cosas estén por venir en una década que se empezará a escribir en unos días. Por cierto, la década de los ochenta, la de los noventa. ¿Y cómo han venido a llamar a la que ya acaba?

jueves, 12 de noviembre de 2009

DEL DESAPEGO AL RENACER DE TELÉSCOPO



Me refiero a un telescopio gigante llamado Teléscopo que vivía anclado en un observatorio espacial de una isla perdida del Índico. Medía más de veinte metros de altura y estaba fabricado por casi cinco toneladas de acero inoxidable. Los datos que generaba eran analizados por unos concienzudos investigadores de bata blanca que cuchicheaban palabras ininteligibles sobre una hilera de asientos acolchados en el interior de una sala oval repleta de monitores. Además, estos científicos locos andaban inmiscuídos entre números y fórmulas matemáticas, sin comprender la belleza anumérica que se escondía detrás. Teléscopo les mantenía informados en todo momento, nunca les engañaba; apenas transmitía las imágenes con las que tanto se deleitaba en su labor diaria de observar el espacio.


Éste le mostraba sus encantos en su totalidad; sus colores, sus formas, su armonía, sus leves modificaciones con el paso del tiempo, todo siempre bajo el grato silencio de la calma. El cosmos le hablaba con una melodiosa voz y le mostraba el don de una belleza pura y sensacional. Teléscopo reaccionaba con una quietud silenciosa y el paso del tiempo dejaba en él una huella de asombro y respeto, acogiendo con agrado el conocimiento de la magia fantástica que despuntaba ante sus lentes. Se enorgullecía de ser el primero y principal espectador de aquel espectáculo tan formidable. Sólo transmitía imágenes. Sus pensamientos los guardaba consigo, sólo a él le pertenecían.


Pero Teléscopo vivía enfrentado a dos realidades distintas y contrapuestas; el mundo de su mirada hacia el exterior y el mundo de sus raíces ancladas en el terreno más firme. La realidad que se mostraba ante sus inmensas lentes era la de un mundo de sueños y fantasías, de irrealidades y quimeras, de imaginación y de cosas que vienen y van, etéreas y volátiles, fugaces como las estrellas. Todo lo que ante sus lentes se mostraba era la inmensidad del espacio y del conocimiento total, las leyes de la física abstracta e intangible, el abismal mundo del que procedemos y al que nos dirigimos, el mundo de la totalidad. No obstante, todo esto era efímero.


La confrontación surgía cuando se daba cuenta de que vivía anclado por tres enormes patas a la tierra más sólida. Un enorme trípode le tenía sustentado a la tierra más arraigada, al mundo de las costumbres y de los apegos, de la familia y las previsiones de futuro, del calor del hogar, del ahorro, el mundo de la particularidad y de la consistencia material. Teléscopo era accionado cada día por unos seres humanos que vivían apegados por sus piernas al suelo más firme. Teléscopo no podía desquitarse del mundo de los apegos. Vivía entre dos mundos.


Una mañana, Teléscopo despertó con esta contradicción. Al observar el esplendoroso brillo de una supernova, su trípode se bamboleó como si le hubiese sobrecogido una sensación de éxtasis. Su hasta ahora consistente lazo de unión que le anclaba a aquella isla del Índico se esfumó de un plumazo. Era como si quisiese salir volando de allí, como si quisiera integrarse de una estampida con el cosmos, como si sus piernas nada más necesitasen de aquel pavimento firme de cemento, como cuando uno se desentiende de todo. Su intención de desquitarse de la carga pesada de las cosas ancladas le llevó a no creer en su cuerpo, a querer salir de él. Escapó de sí mismo y se quiso desentender del particular mundo de los humanos, tan centrados en cuestiones matemáticas y ecuaciones imposibles. Entendió que la lógica matemática no tenía razón de ser frente a la revitalizadora y magnificiente contemplación del Universo.

Un día, Teléscopo se apagó. Dejó de transmitir imágenes. Entendió que su misión había finalizado, que no tenía sentido nada de lo que hacía, que, en realidad, nunca había sido comprendido. Su sabiduría del cosmos duerme en paz y nada ya volverá a enturbiarla. Los científicos se preocupan fallidamente de que vuelva a serles útil. No entienden qué le pasa. Él, sin embargo, lo entiende todo. Ha comprendido que, al desapegarse de lo que es inútil, ha vuelto a renacer de nuevo.

jueves, 8 de octubre de 2009

EL LABERINTO DE GUSTAVO

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Gustavo se había encerrado en un laberinto más de la vida. Atravesaba pasillos de paredes acristaladas que todavía le permitían ver lo que le rodeaba por fuera. Tomaba una y otra dirección sin ser consciente de por qué lo hacía. Comprendía que aquella parcela de su vida se caracterizaba por la comodidad y la rutina, y todavía podía ver que, fuera de aquel laberinto, la vida transcurría alegremente y con sobresaltos. Se consideró atascado. Deambuló unos días más por aquellos caminos tristes que no conducían a ninguna parte, consciente de que no se veía en ningún lugar concreto de cuantos se mostraban tras el cristal. Era como visionar una película en la que no había papel para él. Las paredes de aquel recinto se enmohecían y se oscurecían; escondían y mimetizaban lo que se encontraba detrás; el laberinto se convertía en una ilusión y sus calles se iluminaban esforzándose en ofrecerse como una sugerente elección. La noche invadía el exterior y la luz penetraba en el interior de aquel sinsentido, como el mendrugo de pan que le ofrecen al reo para hacer llevadera su estancia en la celda, quien se esfuerza por resignarse a la dureza de la condena.
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Entonces, se dio cuenta de que el laberinto poseía una connotación carcelaria y decidió limpiar los cristales mugrientos. Se imaginó fuera de aquellos muros, pasando frío, teniendo sueño, sintiéndose solo. Pensó que encontraría una manta para atraer el calor, un camastro para dar rienda a sus sueños y una pizca de humanidad que se convirtiera en su más fiel compañera. Decidió romper el cristal y abandonarse a la soledad. Su caminar, ahora, era más seguro. Y el recinto abandonado, desde fuera, se mostraba como un laberinto limitado, estrecho, circunscrito. La libertad le cogía de la mano y le llevaba a dar una vuelta. Ya no se sentía solo. Comprendía que, sin duda, había acertado.

viernes, 2 de octubre de 2009

AMORES IMPOSIBLES


Una mañana de agosto me levanté con una extraña sensación. Después de desayunar, lo primero que hice fue encender el ordenador y abrir el correo. Ocho mensajes nuevos. Ofertas publicitarias, boletines informativos, también chorradas que me envía una amiga y... un correo inesperado, de remitente desconocido. ¿Será un virus?, pienso. En el asunto: ¿Me recibes?. Remitente: una tal Mónica Lagos. Ni idea. Los virus, pienso, suelen venir en correos sugerentes. Y éste, desde luego, que lo era. La curiosidad puede a mi responsabilidad por la seguridad. Sé que mis archivos importantes los almaceno en un disco duro externo y que, a las malas, serán necesarias dos horas de formateo, así que no dudo en abrirlo. He ahí mi sorpresa, leyendo con atención y curiosidad, alucinando cuando me doy cuenta de quién es esa Mónica Lagos. No puedo entenderlo, no me lo puedo creer. Continúo leyendo. Al terminar, releo otra vez. No quiero saber que mi desayuno matutino también ha sido objeto de un sueño febril. Lo de pellizcarme, no suelo hacerlo, no vaya a ser que siga siendo fruto de Morfeo. Sólo con que el pensamiento discurra por mi cabeza, sé que todo lo que leo es tan real como la vida misma.
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Cuando apenas tenía seis años, mi padre, que era comercial de electrodomésticos, marchó a Alemania en uno de sus viajes de negocios. Corría el año 1984. Después de un tiempo, le preguntaba a mi madre por qué tardaba tanto en volver. Nunca me daba una respuesta convincente. Fueron meses, luego años. Finalmente, la eternidad. Nunca volví a saber de él. Mi madre, menos. Yo no tenía hermanos. Crecí con mi madre y con mi abuela. Y me casé; con Dioslinda. Ahora, recibo un correo dominical. Lo entiendo todo. Mi padre conoció a una murciana afincada en Offenburg y recién divorciada. Tuvieron tres hijas; de 21, 18 y 12 años de edad. Mónica es la mayor. Dice que desea verme con la mayor prontitud. La contesto citándola en la Puerta del Sol, una tarde de jueves en la que la luna llena se dejaba ver anticipando la noche.
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Me enamoré nada más verla. ¿Ésa era mi hermana?, pensé. Me saludó efusivamente. Me agarró de la mano y la acompañé a una cafetería próxima. Las dos horas de charla dulce se convirtieron en un revulsivo para los momentos de desconcierto que habían marcado mis últimos días. Su voz transparente y sus movimientos acompasados, la seguridad en sus emociones y la fascinación con la que adornaba sus comentarios se convirtieron en una punzada a mi corazón herido. Me habló muy bien de mi padre, también de nuestras hermanas, y hasta de sus sentimientos más íntimos. Lo que desconocía es que se trataba de la mujer más bella que había visto jamás. Pensé que era mala suerte el que fuera mi hermana y no una cualquiera, para poder abordarla con la entrega de mi pasión. Dejé que mis sentimientos no me traicionasen y continué escuchándola. Al finalizar, me dijo: "Es una pena. Me gustas un montón. Es una pena que seamos hermanos". Entonces la besé, incondicionalmente, con descaro. Ella se dejó llevar por mi entrega. Nos agrarramos de las manos y nos confesamos nuestras devociones. Al salir del café, me dijo que se tenía que ir, que me llamaría. Hoy, a primeros de octubre, todavía sigo oliendo el perfume que dejó en mi jersey.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

SECUESTRADO POR LA VIDA EFÍMERA EN UNA HABITACIÓN AZUL

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Gustavo pasaba largas horas releyendo novelas llevadas al cine, para sentarse luego frente a la pantalla al sabor del mate y del picoteo de cualquier cosa, hasta aprenderse los diálogos completos. Dejaba que el tiempo fluyese hasta un destino inconcreto y carente de matices, apenas consciente de que había sufrido una severa derrota en la vida y de que sólo el tiempo ocioso y difuso le conduciría a un equilibrio, vigoroso, que le permitiese abandonar ese estado incierto.



Eran momentos en que el tiempo no existía y en que ninguno de sus actos tenía un sentido concreto o coherente. El nihilismo le había secuestrado en su habitación azul como un tormento que le hubiera dejado una expresión triste, ausente, incluso extraviada. La soledad se había convertido en el único refugio seguro para sus cábalas contrariadas y su estado anímico se extinguía al amparo de un sofá cómodo sobre el que se acurrucaba imbuído por sus sueños, los que todavía, ahora, no podía llevar a cabo. Se agarraba a las citas de los grandes maestros y se imaginaba partícipe de sus proezas.



Comprendía que se había transformado en un paciente de la vida, aquél que padeciese una vida en vez de estar viviéndola, aquél que terminaba por flagelarse con los desatinos y con las manías de los otros en una lectura incesante, mientras el camino propio adquiría una forma irregular y centrípeta, como si la misma vida le hubiese secuestrado en una habitación azul.


Sólo había una forma de sobornar a su secuestradora: escapar de aquella pasividad agotadora, aunar todas las fuerzas y lanzarse al mundo decidido, como un pájaro cuando busca un nuevo nido. Antes de que Lauren Bacall cayese rendida a los pies del formidable Bogart en El Sueño Eterno, decidió apagar el dvd y lanzarse a la jungla asfáltica. Los sueños tenían que materializarse. Decidió que aquel día sería el principio de otra nueva película.

jueves, 10 de septiembre de 2009

ÁFRICA: AMOR Y MÚSICA QUE SE HACE ESPERAR

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Tomando café, uno de mis compañeros de la Facul me relató su viaje al Congo. Me habló de los caminos perdidos de tierra y polvo, de las miradas inocentes en los rostros que delatan las experiencias más duras, de los escenarios de muerte y desolación, pero también de amor profundo, que llenan impunemente las calles; me transmitió el valor distinto que tiene el concepto del tiempo, el cual, incluso, muchas veces parece como si no existiese; también me habló del magnetismo que alcanza la música, que a todos hace iguales, de las vastas praderas en las que todos los animales, indefensos, se exponen a diario al peligro, de los niños de edad indefinida y ojos brillantes cuyas sonrisas tiernas te animan a que te acerques a ellos, de la humanidad que se respira en torno a las hogueras nocturnas, en donde la gente se une más, si cabe, agarrándose las manos y cantando al unísono, de los colores con los que se pintan los cielos al atardecer, y hasta del caos organizado que reina en cualquier parte. Pero, sobre todo, enfatizó sobre los dos motivos que le aferraron a aquella tierra, los que le mantuvieron en una sintonía constante con el mundo, ausente de toda incoherencia propia del lugar del que procedía; el amor y la música.


Me contó que un día, cuando llegó a una extensa explanada en la que una multitud se encontraba bajo la luna resplandeciente, comprobó que la música alegre hermanaba y creaba lazos cariñosos entre ellos, les emparentaba, les demostraba que estaban vivos... cayó en la cuenta de que la capacidad de amar era la fuerza que les hacía a todos iguales. Me contó que si algo caracterizaba al continente africano, por encima de todas las cosas, era la humanidad.



Así que pensé en los millones y millones de africanos que, olvidados por Occidente, habían decidido vivir en una armonía desinteresada en la que el ritmo y la melodía te brindaban el corazón para que te quedaras con ellos eternamente y te desentendieras de todos los caprichos y sinsentidos por los que otros sacrificaban sus vidas. Pensé que si algo importaba, por encima de todo lo demás, era vivir en sintonía con el mundo, sentirse vivo, alegre... vivir la vida..., Pensé que sería de majaretas madrugar y madrugar para pagar una hipoteca y ni siquiera tener tiempo de disfrutar la casa. Pensé, además, que la vida estaba en la calle, en el contacto con los demás, con el aire puro... la filosofía de encerrarnos en nuestro nido familiar era descabalada. Vivir para trabajar era de psiquiátrico. Con mis pensamientos al ralentí, nos despedimos al salir del café, y continué calle abajo.



Al entrar en el metro para irme a casa, tropecé con un vendedor de La Farola, aparentemente africano. Le pregunté de dónde era, del Congo me dijo. Gasté los diez euros que me quedaban en periódicos que luego repartí a los que pasaban. Me acompañó, subió a mi casa. Su presencia aportó un toque de magia a mi hogar. No dejó de hablarme de lugares que desconocía, me contó los cuentos, historias y leyendas más fascinantes que jamás había oído. Mi cámara de fotos sigue ahí, en su sitio, esperando que algún día la lleve conmigo. África sigue esperando.

miércoles, 19 de agosto de 2009

FELICIDADES MENCÍA!!, FELICIDADES MIGUEL!!


A la peque preciosa, con dos días de retraso
Al grandullón encantador, con dos de adelanto
Así no os quejáis, jeje.... OS QUIERO!!!