Mostrando entradas con la etiqueta REFLEXIONES CON GUSTAVO. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta REFLEXIONES CON GUSTAVO. Mostrar todas las entradas

jueves, 8 de octubre de 2009

EL LABERINTO DE GUSTAVO

a

Gustavo se había encerrado en un laberinto más de la vida. Atravesaba pasillos de paredes acristaladas que todavía le permitían ver lo que le rodeaba por fuera. Tomaba una y otra dirección sin ser consciente de por qué lo hacía. Comprendía que aquella parcela de su vida se caracterizaba por la comodidad y la rutina, y todavía podía ver que, fuera de aquel laberinto, la vida transcurría alegremente y con sobresaltos. Se consideró atascado. Deambuló unos días más por aquellos caminos tristes que no conducían a ninguna parte, consciente de que no se veía en ningún lugar concreto de cuantos se mostraban tras el cristal. Era como visionar una película en la que no había papel para él. Las paredes de aquel recinto se enmohecían y se oscurecían; escondían y mimetizaban lo que se encontraba detrás; el laberinto se convertía en una ilusión y sus calles se iluminaban esforzándose en ofrecerse como una sugerente elección. La noche invadía el exterior y la luz penetraba en el interior de aquel sinsentido, como el mendrugo de pan que le ofrecen al reo para hacer llevadera su estancia en la celda, quien se esfuerza por resignarse a la dureza de la condena.
a
a
a
Entonces, se dio cuenta de que el laberinto poseía una connotación carcelaria y decidió limpiar los cristales mugrientos. Se imaginó fuera de aquellos muros, pasando frío, teniendo sueño, sintiéndose solo. Pensó que encontraría una manta para atraer el calor, un camastro para dar rienda a sus sueños y una pizca de humanidad que se convirtiera en su más fiel compañera. Decidió romper el cristal y abandonarse a la soledad. Su caminar, ahora, era más seguro. Y el recinto abandonado, desde fuera, se mostraba como un laberinto limitado, estrecho, circunscrito. La libertad le cogía de la mano y le llevaba a dar una vuelta. Ya no se sentía solo. Comprendía que, sin duda, había acertado.

miércoles, 16 de septiembre de 2009

SECUESTRADO POR LA VIDA EFÍMERA EN UNA HABITACIÓN AZUL

A
Gustavo pasaba largas horas releyendo novelas llevadas al cine, para sentarse luego frente a la pantalla al sabor del mate y del picoteo de cualquier cosa, hasta aprenderse los diálogos completos. Dejaba que el tiempo fluyese hasta un destino inconcreto y carente de matices, apenas consciente de que había sufrido una severa derrota en la vida y de que sólo el tiempo ocioso y difuso le conduciría a un equilibrio, vigoroso, que le permitiese abandonar ese estado incierto.



Eran momentos en que el tiempo no existía y en que ninguno de sus actos tenía un sentido concreto o coherente. El nihilismo le había secuestrado en su habitación azul como un tormento que le hubiera dejado una expresión triste, ausente, incluso extraviada. La soledad se había convertido en el único refugio seguro para sus cábalas contrariadas y su estado anímico se extinguía al amparo de un sofá cómodo sobre el que se acurrucaba imbuído por sus sueños, los que todavía, ahora, no podía llevar a cabo. Se agarraba a las citas de los grandes maestros y se imaginaba partícipe de sus proezas.



Comprendía que se había transformado en un paciente de la vida, aquél que padeciese una vida en vez de estar viviéndola, aquél que terminaba por flagelarse con los desatinos y con las manías de los otros en una lectura incesante, mientras el camino propio adquiría una forma irregular y centrípeta, como si la misma vida le hubiese secuestrado en una habitación azul.


Sólo había una forma de sobornar a su secuestradora: escapar de aquella pasividad agotadora, aunar todas las fuerzas y lanzarse al mundo decidido, como un pájaro cuando busca un nuevo nido. Antes de que Lauren Bacall cayese rendida a los pies del formidable Bogart en El Sueño Eterno, decidió apagar el dvd y lanzarse a la jungla asfáltica. Los sueños tenían que materializarse. Decidió que aquel día sería el principio de otra nueva película.

martes, 24 de marzo de 2009

LOS VERSOS QUE GUSTAVO SIEMPRE QUERRÁ RECORDAR




Hacía mucho tiempo que no sabía de él. Tanto tiempo... No me había necesitado, por lo que no había sentido la necesidad de reencontrármele. Gustavo había marchado lejos fruto de una necesidad vital de reorganizar sus ideas, de amoldarse la cabeza, y se había marchado a la montaña. Desde allí escribía cartas y más cartas, las cuales nunca llegaban a sus destinatarios. Las releía una y otra vez, y volvía a escribir otras nuevas, dirigidas a unas y a otros. No hablaba con nadie desde hacía varias semanas, nadie sabía exactamente dónde estaba.






El jaleo que tenía en su cabeza estaba adquiriendo una forma determinada, aunque quizás el resultado tuviera una forma de vacío inesperado, nada que ver con lo que hubiera deseado. El minutero de la vida giraba y giraba mientras nada de lo que vivía conseguía llenar ese hueco. En un pueblo perdido tomaba té y hacía un gurruño del papel que escribía con borrones. Después de tanto tiempo en que no me había necesitado, decidía ahora llamarme, y bajo nuestro código telepático entendía la urgencia de mi presencia y me plantaba en aquel valle asturiano, pidiéndole si me dejaba leer el papel engurruñado.





- ¿A quién se lo diriges, Gustavo? - le pregunté.
a
- A la Lucy, Abismo, ya sabes.
a
- ¿Qué te ocurre ahora con ella? -le pregunté, a pesar de que lo sabía todo.


a
- Me vine al campo, a meditar, a saber lo que realmente quería, a conocer la salud de mi enamoramiento por ella.

a
- Inteligente decisión -le apunté. ¿Y descubriste algo nuevo?

a
Se quedó pensativo unos instantes.

a
- Sí -hizo una breve pausa-. Quizás -añadió.

a
- Cuéntame, Gustavo, cuéntame.
a
a

Gustavo se acomodó en la silla, miró a lo alto y empezó a hablar pausadamente.

a
- Hay días en los que me levanto contento - explicó-. Me dirijo temprano a ayudar a mis vecinos a ordeñar las vacas. Voy feliz a hacerlo. Hablo con ellos y no me acuerdo de nada más, no me aqueja ningún problema, me siento bien conmigo mismo, sonrío a todo lo que me ocurre. Pero, de pronto, se me queda la mente en blanco y me echo las manos a la cabeza. Empiezo a echarla de menos, mucho, la imagino mimosa tumbada conmigo en el sofá, rebosante de ternura, cariñosa, compartiendo una cena conmigo. Mis vecinos me preguntan si me pasa algo y no les contesto nada, me quedo como ausente. Después vengo a esta mesa, tomo un papel y un bolígrafo, y escribo todo lo que siento por ella, descargo todos mis pensamientos en el papel y encuentro un alivio con ello. Pero al final, no me queda claro nada, me invade la confusión. Destruyo el papel y me voy al bar, con cierta agitación. Allí no me acuerdo de ella, en absoluto, me río, charlo con todo el mundo, me siento libre y despreocupado. Con la resaca del día siguiente, a pesar de todo, me levanto contento y me voy de nuevo a ordeñar las vacas. El acontecimiento se vuelve a repetir.

a
- Prueba a no ir al bar -le dije.

a
- A veces necesito no pensar en nada, vivir el momento nada más, evadirme de lo que me aqueja, disfrutar despreocupado con las conversaciones de la gente, parece que necesito hacerlo, Abismo.

a
- ¿Y por qué te has venido tan lejos? -le pregunté.

a
- Porque aquí me doy cuenta si de verdad la necesito o si todo es fruto de un capricho, y aquí no la tengo cerca para estar dándola mimos un día y mareándola al día siguiente. Aquí descubriré cuánto hay de real en mi enamoramiento.

a
- ¿Y cuánto crees que hay de irreal?

a
- Mucho. Acabo de romper la carta que le escribía. Me acabo de dar cuenta otra vez que no. Pienso ahora en todo lo que dudaba cuando estaba con ella, la imagino comportándose de la misma manera conmigo, cuando se ponía histérica y perdía los estribos fruto de sus manías. Imagino de nuevo volver a lo mismo, y no quiero.

a
- Y ese poco, ¿a qué se refiere?

a
- No sé. Cuando estaba esta mañana ordeñando a las vacas... No sé. Me viene a la cabeza la idea de hacer un hogar con ella, un hogar cálido, con niños, con amor, me imagino viviendo feliz con ella.

a
- Continúa unos días más en este pueblo -le dije-. Pero no vayas tanto a los bares. No hagas un gurruño del papel cuando pienses haber terminado de escribir. Guarda el papel junto a los demás. Y no los releas hasta pasado un tiempo. En vez de ir al bar, escribe sobre tus momentos de despreocupación, frivolidad y libertad. Cuando hayas hecho esto durante varias semanas, vendré a verte nuevamente. Sabrás decirme qué decisión has tomado y tu vacío se habrá llenado con el poso de haber elegido en la vida lo que realmente querías. No te preocupes, el tiempo te dará la clave.






Gustavo se levantó de la silla, deambuló por la habitación de un lado para otro y finalmente me dijo:
a
- Gracias, Abismo. Continuaré escribiendo cartas de amor que no llegarán a su destino, continuaré madurando mis ideas, continuaré en este pueblo hasta que me dé cuenta de todo. Pero ahora, me apetece escribir algo.
a
- Hazlo, le dije, no lo dudes.
a
- Hazme un favor, Abismo.
a
- El que quieras, ya lo sabes.
a
- Voy a escribir una poesía - me dijo- y quiero que me la guardes, que la tengas para siempre guardada, que me la recuerdes cuando más lo necesite.
a
- Adelante -le dije.
a
Gustavo tomó otro papel y empezó a escribir de carrerilla:
a
"Fin de un romance largo.
Transición hacia no sé bien dónde.
Me quedo desnudo y libre de cargas, ligero como un avión de cartulina.
Mis alas siguen intactas, desean abrirse con elegancia.
Retornará la pasión y lo emocionante en el momento menos esperado
mientras continuaré mi camino alejándome de su espesura.
Sólo así me sentiré libre y despierto.
a
Un nuevo camino se abre.
Se acabaron las postales en torno a la ermita
y la luna llena ya no será lo mismo,
el cariño oriundo de un valle acogedor,
la fe depositada en un futuro nunca existente
los besos salados y las lágrimas esparcidas por la piel que te abrazaba como una rosca.
a
Se acaba un romance largo
Ella se divierte
Yo... hago lo mismo
¿Qué siento?, me pregunto reiteradamente.
Preparo mi vuelo no sé bien hacia dónde
cierro mis ojos y sonrío al sol placentero
Es primavera, pienso.
La libertad me regalará los mejores momentos"
A
- Guárdalo -me dijo seriamente.
a
- Bonitos versos. No los olvides -le dije, con cierta ternura.
a
- Te los doy para que siempre me los puedas recordar. No quiero socavarme bajo tierra en los momentos bajos con ideas sobre el amor que pudo o que no pudo ser, no quiero hundirme creyendo ideas equívocas que me consideren desdichado. Quiero que esta poesía me recuerde siempre que soy un ser libre, que nunca más me enrredaré en histéricas discusiones sin sentido, que nunca pensaré que estuve equivocado, que la libertad es el don más grande que tenemos. Quiero que siempre me recuerdes que mi camino habrá quedado para siempre libre de estupideces y de tonterías, que mi camino estará siempre abierto a las emociones de verdad.
a
- Lo haré, Gustavo.
a
Y me marché de súbito, con el papel de la poesía en la mano. Pensé que sería el antídoto contra sus momentos de flaqueza. No necesitaba estar más allí. Su mensaje era esperanzador. La libertad sería su arma infalible contra toda queja vital. Al verle así, sentí que se estaba curando, que adquiría armas para seguir adelante. Sus ojos me habían enseñado que no se había dormido, que continuaba luchando. Quedaba claro que no había futuro con la Lucy. También que Gustavo se iría encontrando mejor, poco a poco.
a
a
a

A los diez días de aquel encuentro, Gustavo retornó a la ciudad. Había repuesto sus fuerzas; sus alas aleteaban con más virulencia. Durante un tiempo no me llamó. No volvería a tener ninguna duda sentimental hasta pasado un tiempo. Pero eso ya es otra historia. Llegaron tiempos de calma, de cierta estabilidad emocional. Por el momento, vivía frenéticamente y no me necesitaba. Se sentía feliz, en calma.

lunes, 31 de marzo de 2008

DESOLACIÓN (EL RETORNO DE GUSTAVO)


Gustavo retornaba de la India con una escultura de madera en una mano y, con la otra, arrastraba la maleta por la T-4 rumbo a la parada de taxis. Allí le esperaba Lucía, con un paquete envuelto en una mano y, con la otra, cerrando la puerta de uno de los coches. El beso fue elocuente, se entregaron acaloradamente y luego se preguntaron cómo estaban. Ella irradiaba una luz que le recordaba a la que tienen las personas en la India. Él estaba más delgado, más guapo, más varonil. Juntos tomaron un taxi que les llevó velozmente a su casa, sin soltarse de la mano, entre un derroche elocuente de hazañas y anécdotas que Gustavo le servía.








Llegaron a casa e hicieron café. Bajaron las persianas, abrieron las ventanas y hasta altas horas de la madrugada, continuaron agradablemente charlando, apoyados el uno en el otro en el cómodo sofá del salón, viendo fotos, riéndose. Por la calle, se oía gente tumultuosa regresar a casa. Era una noche de sábado con la luna llena como un plato y en el ambiente se cocinaba una febril menestra de sinrazones. Después de haberle enseñado más de un giga de fotos, había una que suscitó instantáneamente un comentario incisivo:




- ¿Quién es esa chica? -inquirió ella.


- Nadie. Una chica -contestó tímidamente Gustavo.


- ¿Una chica?, ¿cómo se llamaba?


- Una chica, sí, no hay duda. No recuerdo su nombre, Lucy.


- ¡Gustavo! ¡Mírame a los ojos!


- ¡Cariño!


- ¡Mírame a los ojos!


- Una chica, la conocimos en un pueblo, nos estuvo contando historias... ¿Por qué te pones así?




Gustavo no entendía nada. La veía a ella encolerizar por una simple compañía de viaje que había conocido durante su breve estancia en la ciudad de Benarés y no se reconfortaba. Terminaba extenuado intentando hacer entrar en razón a ella, pero el malestar más cancerígeno de la relación volvía a tambalear su salud y las fuerzas, ya consumidas, apenas podían intentar rejuvenecer lo que ya parecía expirar.

- Creo, Lucía, que no estás haciendo nada porque nuestros problemas desaparezcan y vuelves a excavar en la llaga que tanto daño nos hizo. Creo, que mi viaje a la India no ha valido para nada. Me voy.



Y tras un portazo, se marchó de la casa. Me llamó telepáticamente, bajo nuestro código personal; lo hizo varias veces, pero pensé que sería mejor dejarle solo, reflexionando sobre la lógica de la inmediatez con la que había asumido su derrota. Y se tranquilizaba pensando que por mucho que la quisiese, nunca aceptaría que las sinrazones adornasen su relación, decantándose por la soledad que lebrindaban los mansos momentos frente a la pasión encendida que asociaba a una mala compañía. Se emborrachó en el primer bar que encontró.






Dejé que hubiese reflexionado lo suficiente; lo hizo ante la atenta atención de un viejo lobo de mar al que invitaba a chatos de tinto al ritmo de los tambaleantes secretos que le desvelaba. Entonces aparecí, nos bebimos hasta el agua de los floreros. Mi intención únicamente era que Gustavo se sintiese eternamente libre y que se tomase un tiempo después para reflexionar sobre tanto ir y venir con Lucía, después de tantas dudas acerca del camino a tomar. La resaca y sus pasadas experiencias conformarán una respuesta a tanto atropello. La vida de Gustavo, desde ese día, se sigue reescribiendo.

viernes, 22 de febrero de 2008

¿ECTO QUÉ?


Gustavo no disimulaba su impaciencia mientras Lucía preparaba minuciosamente el test de embarazo que habían adquirido minutos antes en una farmacia de su barrio. Lo hacían sentados en el sofá de su casa, junto a una estantería en la que reposaba un tacataca que con esperanza habían comprado meses atrás anticipando un futuro que con tanta vehemencia habían imaginado. Lo habían intentado asiduamente y con esperanzas, pero Lucía nunca se había quedado embarazada. Esta vez, el retraso era de cinco días y los nervios inquietaban a Gustavo, que mantenía en su mano un botecito con la vespertina orina de Lucía, amarillenta y llena de esperanzas. Nunca Gustavo había depositado tanta fe en un frasco de pis, como esa mañana de domingo. El resultado se antojaba una duda inquietante. Finalmente, lo esperado, el test daba positivo. Lucía estaba embarazada, por primera vez después de tantos intentos.



La explosión de júbilo fue tal que la cabeza de Gustavo chocó contra la lámpara, aunque el resultado fue inocuo. Lucía estaba pálida a la par que murmuraba expresiones de alborozo. "Por fin, Lucía. Lo hemos conseguido", le decía a ella cariñosamente, acariciándole la mejilla. Y se abalanzaron en abrazos estremecedores, en una pasión desbordada que les llevó a hacer el amor allí mismo, en el sofá, con un televisor inanimado de fondo que no les distraía.



Al día siguiente, me encontré a Gustavo. Salía de la Filmoteca Nacional.



- ¿Qué película has visto? -le pregunté.



- "Marta y alrededores", una película del 99 en la que participó una amiga mía.



- ¿Qué amiga, Gustavo?



- Se llama María José Millán, trabajamos juntos en el archivo de un hospital. ¿Sabes?



- ¿El qué, Gustavo?



- Lucía está embarazada -me dijo ilusionado-



- ¡Enhorabuena! -exclamé-. Ahora por fin serás padre.



- Me surgen las dudas ahora, Abismo.



- ¿Dudas?



- La película me ha creado dudas. Me identifico mucho con sus personajes. No sé si podré estar a la altura, como les pasa a ellos.



- ¿Por qué piensas así, Gustavo?



- Mis deseos de ser padre se enfrentan al temor de que lo de la Lucy y lo mío no funcione. Y los temores son de cierto alcance.




Nos dirigíamos por la calle Atocha en dirección a Jacinto Benavente. Entonces Gustavo me confesó un secreto. No es mi intención desvelarlo, porque se lo he prometido, aunque lo que me ha susurrado me anima a pensar que Gustavo será padre y las fuerzas que esto le dará le animarán a sentirse tranquilo y en sintonía con Lucía. Su secreto será eterno por los tiempos de los tiempos, pero cierto es que da esperanzas para pensar que Gustavo será feliz, pase lo que pase, y con ello el futuro de su hijo.



Pero hoy ha sido un aciago. Han ido juntos al ginecólogo. Esperaban sentados a que el doctor hablase.


- Mala suerte -les anunció-. Estamos ante un caso de embarazo ectópico.


- ¡¿Ecto qué?! -exclamó Gustavo, agarrándose firmemente a los brazos de la silla.


- Tranquilo, cálmese, yo les explico.


El doctor les habló de lo que también se conoce como embarazo abdominal, tubárico o cervical, un embarazo ocurrido fuera del útero causado frecuentemente por una afección que obstruye o retarda el paso de un óvulo fecundado, a través de las trompas de Falopio, hacia el útero, posiblemente causado por una obstrucción física en la trompa.





Lucía se desmayó. Gustavo permaneció inmóvil, pálido y absorto. Yo les esperaba en la sala de espera de la consulta. Cuando abrieron la puerta, el doctor acompañaba a Lucía desvanecida, Gustavo me intuyó. Entonces hice despertar mi magia. Utilicé un faro de la costa gallega para que resplandeciera la luz de la sabiduría y de la fascinación. Lucía se reanimó, en cuestión de segundos. El doctor les animó diciéndoles que no se preocupasen, que no debían de perder las esperanzas, que todo era posible, que no había problemas. Así sucedió. Todo transcurriría con normalidad.





Por un tiempo, Gustavo y Lucía aminoraron sus deseos de ser padres y decidieron darse un tiempo para darse cuenta del alcance de esos deseos, con serias intenciones de exprimir la juventud que la vida les brindaba, repleta de energía y bajo una fuerza del amor que con el tiempo se propondría cimentar las bases de lo que todavía compartían. Los días transcurrirían entre el nirvana y la autoconvicción, disfrutando el eterno momento, flotando y volando hasta que las dudas retornasen de nuevo, esta vez con otro ímpetu aunque con una potente creencia en uno mismo y en el otro, capaz de decidir cualquier contienda. La felicidad volvía a su agenda.


En otro orden de cosas, aprovecho para felicitar a mi hermano y a mi cuñada, a la espera todos de que nazca Mencía o Pablo. Mucho cariño para ellos.

lunes, 14 de enero de 2008

CORAZONES ARTIFICIALES, CORAZONES ETERNOS


Gustavo escuchaba en el telediario de un bar de la calle Montera una noticia que le había dejado a cuadros. Pensó en mí varias veces seguidas, siguiendo nuestro código virtual, el que pactamos juntos. Y yo me presenté, como de costumbre, al instante, sobrevolando la ciudad de Madrid, intentando identificarle desde las alturas. Parecía estar hechizado, embelesado, extasiado, esta vez caminando por entre la multitud de la Gran Vía, exclamando con su verborrea los designios de la neotecnología que le habían sobrexaltado a través de una simpática presentadora de telediario en un bar cualquiera. Irradiaba euforia con sus movimientos espídicos, algo incontrolados.

- ¿Has oído, Abismo? Corazones artificiales, corazones hechos de tejidos de roedores.
- Sí -le decía yo, traspasando a la muchedumbre mientras irradiaba a mi paso derroches de energía abismal con los que contagiaba a los peatones-. El futuro ya está aquí, Gustavo, bienvenido.
- Pero es que es alucinante, Abismo - alargando el alucinaaaaante. Y lo repetía dirigiéndose a los que le observaban-
- Los americanos, Gustavo, los americanos. Esto es el futuro. Pero te veo esta vez sobreexcitado, sobremanera-le dije-.
- Mucho. Me quiero llenar de sensaciones gratificantes, Abismo - se escurría fácilmente entre tanta gente, entre tanto calor humano mezclado con la fría brisa de enero, y sonreía cálidamente a quien se encontraba-. Quiero que mi corazón sea eterno -añadía-.
- ¿Por qué, Gustavo, para qué un corazón eterno? -intentaba entenderle-
- Quiero que mi corazón desborde de alegría y si es así y al final revienta, deseo que me pongan un corazón de tejidos de ratas que, aunque ya no bombee como lo hace el mío, el de ahora, sea eterno y dure, porque estoy seguro de que las sensaciones que me habré llevado con el mío, el de ahora, serán eternas e inimitables, Abismo, inigualables.
- Ya lo creo, Gustavo.


Pensé en preguntarle qué entendía por eternidad, pero comprobé que ya no necesitaba nada más de mí, que había comprendido lo que necesitaba comprender, que quizás ese no fuese el sitio en el que tenía que estar. Alguien ya se comunicaba conmigo bajo otro código, con otras esperanzas, otras inquietudes, lejos de donde estaba. Así que me evaporé al instante, mientras observaba a Gustavo como continuaba exhausto tras tanto sobresalto y se perdía por la calle Preciados, realmente ensimismado, pero lejano ya de los pensamientos tortuosos sobre La Lucy, que tanto le habían atormentado y los cuales finalmente había dejado aparcados. Pronto averiguaré el alcance de sus temores.



NOTA: El trasplante de corazones artificiales es una posibilidad teórica en cirugía cardiovascular, pero la generación de un órgano de ese tipo no es fácil ya que requiere reproducir la arquitectura cardíaca, que existan los componentes celulares adecuados y funcione la actividad de bombeo. No obstante, un experimento de la Universidad de Minnesota ha dado buenos resultados tras comprobar que tejidos de células de ratas muertas y vivas se podían combinar y producir en incubación órganos que funcionan exactamente igual que un corazón, contrayéndose y bombeando. Todo un hallazgo. Pero si será posible construir humanos que no enfermen, ¿qué será de todo esto?. Atisben, atisben, no se corten.

sábado, 1 de diciembre de 2007

GUSTAVO, UNA REFLEXIÓN DE LA AMISTAD


Ayer por fin vi a Gustavo. Me lo encontré en las sesiones vespertinas de ajedrez del Parque del Retiro, devanándose los sesos. Gustavo está ahora en otras cosas. Le costó ganar su partida, pero un mate con un alfil como el de ayer fue digno de recordar. Al terminar, me pidió que le acompañase y nos retiramos al estanque del Palacio de Cristal. Allí, en un banco con una bonita perspectiva del estanque, y con su brazo por encima de mi supuesto hombro, me comentó:



- ¿Sabes, Abismo?. Me empiezo a preguntar algunas cosas. ¿Qué será de nosotros cuando estemos finalmente separados y todos mis secretos anden contigo?. Cuando ya no seas mi compañero y anden contigo todos nuestros recuerdos, cuando ya nada te importe y hables de mí sin que nada te importe, cuando seas infiel a nuestra memoria. ¿Qué será de nosotros?


- ¿Dejar de importarme tú?. No lo creo -le contesté, con firmeza-

- Bueno, eso es lo que podemos decir ahora, pero el tiempo es traicionero y todo se vuelve en contra -añadió-. Todo muta, todo se borra, nada es inalterable, ¿no crees, Abismo?.


- Jamás, Gustavo, tú sabes perfectamente quién soy yo -le dije- y jamás te sería infiel, lo sabes perfectamente.
Gustavo miró al cielo, que en ese momento parecía estar cubierto de un manto transparente, permaneció unos segundos callado y entonces añadió:

- A veces, Abismo, sueño contigo. Sueño con que desapareces de tu mundo irreal y te vienes al nuestro, el mundo de lo físico, de lo tangible, y todo el mundo te puede ver y tocar, y te haces mortal. Dejas de no existir y entonces me traicionas y desvelas mi secreto. El sueño se me repite.


En ese momento, me transporté unos metros al interior del parque, sin que Gustavo se percatase, y le quité un sombrero a un señor que leía un periódico en otro banco. Simulé un golpe de viento y el entretenido lector tampoco se percató. Reaparecí en un instante con Gustavo y entonces le interrumpí:


- ¿Ves?, Gustavo, a mí no me pueden tocar, pero yo sí lo puedo hacer, soy real, nada que ver con la irrealidad, existo, toma éste sombrero. Y como tal es la verdad, también lo es que tu secreto andará siempre conmigo, sólo conmigo, por el devenir de la eternidad que me pertenecerá sólo a mí. Y lo sabes.


Gustavo sintió un alivio, pareció incluso descongestionarse de súbito y un cierto halo pareció iluminarle al tiempo que le aparecían unos pueriles coloretes. Dijo sentirse más tranquilo y entonces su viejo problema se instaló de nuevo en él, diciendo:


- Creo, Abismo, que la confianza que tengo en ti es mayor incluso que la que tengo con la Lucy. Lo de ella y mío no sé cómo transcurrirá, quizás tengas razón y nuestro lago no sea el mismo, pero eso ahora no me importa, sólo sé que el amor que siento por mi verdadero amigo, que eres tú, Abismo, sé de verdad que es incondicional, no entiende de maldades ni de mentiras, es sublime. Y por eso, quiero que lo sepas para siempre.


En ese momento, tuve que abandonarle, aun con la intensidad con la que sus palabras se instalaron en mí, pues había una cita en otro lugar, en la que debía reaparecer, pues mi presencia se había hecho allí necesaria. No era por tener que ayudar a nadie que fuese más importante que Gustavo, pero con él no había más que añadir. Ya no importaba que no estuviese con él, pero sus palabras se habían venido conmigo, adosadas a mí, transmitiéndome una grata energía, impregnándome de una esencia revitalizadora, entregándome la fuerza que me lleva a escribirlas. Pronto también iré a verte a ti, lector, cuando tu sentimentalismo por fin necesite de mi consejo. Apareceré cuando menos te lo esperes.

domingo, 18 de noviembre de 2007

SILENCIO, QUIETUD, VUELO


Gustavo decidió no hablar más de su problema, al menos conmigo, a quien me había convertido en su bienintencionado psicólogo, no sé si tanto por mis maneras o por nuestra vieja amistad. Decidió iniciar un nuevo camino en el mapa de su vida, ahora traccionado por él mismo, afrontándose a los retos con las armas que ya formaban parte de su ego, con la libertad por bandera, aunque aferrado al mismo terreno del que aún no se había ausentado. Dejé de ser su cómplice, aunque seguramente el reencuentro perfile el rumbo de nuestras conversaciones.
Creyó inútil conversar sobre lo que no hacía porque descubrió que la llave de su secreto la tenía él mismo; así que decidió esperar, con la fe depositada en sí mismo, a ese momento de lucidez que le diera la pista del camino a retomar. Dejó de racionalizar, dejó de pensar; empezó a sentir, a disfrutar de su vuelo. Se dejó llevar, como las hojas del otoño, creyendo en que el viento pondría cada cosa en su lugar. Entonces su liviano cuerpo comenzó a dejarse escurrir por las aguas de su lago. Y yo, desde hoy, domingo manso, disfruto con la calma de su vuelo, aunque le eche de menos.

lunes, 12 de noviembre de 2007

EL LAGO DE GUSTAVO






Anoche soñé con Gustavo. Me desperté acordándome perfectamente de los pormenores. Flotábamos en un lago salado, sobre una balsa tranquila que navegaba lenta pero firmemente. Yo estaba recostado, sobre una hamaca que armonizaba un ligero chasquido agudo al balancearse. Él también estaba tumbado, abrigado por un flotador gigante, con los brazos hacia atrás bajo su nuca. Contemblábamos una maravillosa puesta de sol, anaranjada y violácea; corría una ligera brisa, casi imperceptible. Recuerdo que sólo podía oír los sonidos de mi respiración, pero observaba a Gustavo, en la quietud.










En el momento en que el sol se escondió, Gustavo se levantó suavemente, con elegancia, armonioso. Se acercó al timón y lo asió con energía, aun sin brusquedad. Con la otra mano hizo un movimiento decidido en el motor y la embarcación se aceleró, sin cambiar el rumbo. En las comisuras de sus labios se dibujaba una sonrisa calmada, satisfecha. Y comenzaba a entonar una melodía repetitiva con su silbido, pegadiza, que yo escuchaba por debajo de los sonidos de mi respiración. Yo la tatareaba. Sentía entonces la necesidad de tenerle más cerca; me arrimaba a él. Su mirada se dirigía perdida a la proa, perdida en sus divagaciones. Yo le observaba y me acercaba. Así que me encontré junto a él, y le froté lentamente mi mano por su hombro, también por su espalda. "Éste es mi lago" -me decía- "mi lago salado. Mira qué calma. Atrás dejo todo lo que he llorado." -continuaba-. Y yo contemplaba un mar de lágrimas saladas que se expandía hasta el horizonte más lejano. "Después de todo, ahora puedo navegar" -me decía-. Yo le consolaba continuando con las caricias, aunque contemplaba en él una mirada un tanto ida, obstinada, impersonal.







Le pregunté si el lago que navegábamos era el lago del que tanto me había hablado con anterioridad. Y me dijo que no era aquél del que tanto me había hablado, pero que el lago por el que navegábamos, que decía que era suyo, era diferente a lo que él nunca había conocido. Un lago en el que las aguas estaban tranquilas y cálidas, sin mareas, entre una temperatura agradable, aunque el viento no cesara. Observaba al otro lado de la orilla una vegetación muy florida y frondosa. Insistía en que no era el lago del que tanto me hablaba, pero que se había encariñado con él, hasta el punto de amarlo.









En la oscuridad, las estrellas relucían con fuerza, la luna estaba recostada. De las aguas rezumaba una neblina pacificadora. "Este es mi lago" -me decía- "te invito a que lo conozcas". Algunas aves noctámbulas parecían contestarle con sus gorjeos. Y me dejaba escurrir a través del mágico lago de Gustavo, donde decía sentirse cómodo, relajado, de la misma manera que yo me encontraba en él.








El despertador sonó abruptamente en su hora habitual, pero yo guardaba unas emociones gratas de mi viaje con Gustavo a través de su lago. Hoy he querido verle para contárselo, pero no le he visto, no lo he podido compartir con él. Ahora me dedico a imaginar como será mi lago, el día en que yo navegue sobre él.



martes, 6 de noviembre de 2007

AMORES Y NEBLINAS



Ayer Gustavo intentó dar un temeroso paso en su vida. Y, de nuevo, su pie se quedó a medio camino. Entró poco convencido de que fuera a hacerlo después. Salió creyendo que no lo haría. Y como todo lo que ese día le rondaba por la cabeza era transparente, todo refulgió de su interior. Y con ello su ademán para dar el paso deseado. No salió el tiro por la culata. Ella le entendió. Y se comprendieron aun más. La maleta de ella aun no estaba preparada, pero su propio periplo por la vida en ese momento comenzaba. Lloró. Lloró y dudó. Se quedó a medio camino: no conseguía equilibrar el paso que pretendía dar. Dudó de lo que hacía y acabó revolcándose con ella. Entonces comprendió que TODO volvía a la normalidad. Al menos así, no sufriría.

viernes, 19 de octubre de 2007

¿MUERTO DE AMOR?



Silencio. Ahora mismo todo está en silencio. Apenas se dejan oír las teclas cuando las golpeo para escribir. Un pensamiento me ronda por la cabeza, me machaca. ¿Se habrá muerto de amor Gustavo?. Hoy no le he visto. Nadie le ha visto. Parece como si hubiera desaparecido, como si hubiera abandonado. No sé.

Aunque quizás haya muerto de amor. Reflexiono. Su desconsolada mirada del otro día, cuando le vi por última vez, sentado en la barra de un antro de Carabanchel, me da para pensar que su vida, ese día, tenía que cambiar. Me hablaba de Lucía, su Lucy: "A mí la Lucy me tiene loco. No sé qué hacer, de verdad. He llegado a caer en la más absoluta de las soledades cuando estoy con ella. Realmente estoy solo cuando estoy con ella". Yo absorbí de un golpe todo cuanto quedaba de mi cuarta o quinta cerveza. Me quedé pensativo mirándole, haciendole un gesto cómplice con mi boca y con mi mirada. Le pregunté entonces, después de apoyarle mi mano derecha sobre su hombro izquierdo: "¿No será que te esté engañando?". "¡Qué va!. No es eso, para nada", me contestó Gustavo, con rotundidad -y haciendo un gesto indicativo de mi falta de cordura-. "¿Entonces qué es?", le pregunté. "Otra cosa, Abismo, es otra cosa". Insistí.

Me contestó, ante mi perplejidad, que Lucía, su Lucy, hablaba con los tiestos de las plantas y que él lo hacía con las plantas mismas y que no entendía cómo se podía hablar con los tiestos de las plantas. No lo entendía para nada, decía. Su vesánico comportamiento, continuaba, en realidad se debía a que Lucía había dejado de ser la Lucía que había conocido tiempo atrás. O quizás, dijo, que fuera él mismo quien había dejado de ser el mismo que era, pero que él siempre había hablado con las plantas mismas, y nunca con los tiestos. Yo le pregunté que si Lucía, en realidad, no era un tiesto en sí mismo. Y él me contestó, sin dudarlo lo más mínimo que "para nada", aunque luego, acto seguido, dudó. Y me miró desconsolado, afligido. Y entonces se marchó. Por la puerta de ese antro de Carabanchel, mi amigo Gustavo marchó, sin mediar palabra, muerto quizás de amor. Y desde entonces no sé nada de él.



Continúa el silencio. Intento no pensar en nada.




Acabo de recibir un correo. Es Gustavo. No está muerto. Y menos de amor. Dice que ama a Lucía sin mesura. Y también que ha reflexionado mucho estos días. Dice también que, de hablar él con los tiestos, sólo lo haría con los de arcilla, que nunca lo haría con los de plástico. Al fin y al cabo, dice, todos somos un poco tiestos.




Reflexiono.


¿Y si se ha muerto de amor?


Y justo suena el teléfono. Adiós al silencio. Hasta pronto, Gustavo.