

Verano de 1985, sábado. Me levanto temprano, a la hora en que por el televisor emiten "La Bola de Cristal", a la que no presto atención mientras desayuno (casi con seguridad un tazón de Cola-Cao, el bote amarillo, receta clásica), poco antes de llamar a F, mi compañero de fatigas y travesuras, para emprendernos en la búsqueda de algún que otro madrugador niño y vecino amante de alguna que otra pachanga futbolera, en los prados verdes que brotaban detrás de unas montañas de yeso, en lo que hoy es el acicalado Embarcadero de Rivas-Vaciamadrid, a dos minutos de donde vivía. Los opíparos desayunos de entonces le permitían a uno deshidratarse al calor de un sol justiciero y al son de infinidades de patadas a un balón reglamentario, rasguñándonos siempre las rodillas en el amago de imitar a nuestras deidades brasileñas, es decir a Pelé, a Zico, a Eder, y a un sinfín de otros dioses a los que rendíamos más culto que a ningún otro, ateos como éramos desde tan jovencitos, y desde mucho antes. El Cola-Cao era cien mil veces mejor que el Nesquik, sobre todo en invierno (en verano, en frío, el Nesquik se deshacía mejor), aunque no sabía que pronto me vería atrapado por la seducción y la magia de un café que se hacía irrenunciable e irresistible. Ése día, mientras La Bruja Avería se montaba un monólogo sobre la cultura y los medios de comunicación manipulados, mi madre se dirigió a mí y me dio su particular noticia:
- Nos vamos, Míguel, nos vamos a Santander.
- ¿Cuándo? -pregunté extrañado-.
- Pronto, muy pronto -me dijo, acariciándome suavemente, intentando consolarme-.
La noticia me llegó como una punzada, mientras Alaska se descojonaba de risa, alborozosamente, en la caja tonta. Tonta fue la cara que se me quedó a mí también. El mundo se precipitó velozmente hacia las profundidades cuando me planteé dejar de ver a mis amigos para irme a una ciudad desconocida, fría y húmeda, lejana.
Pero así fue como a mediados de septiembre amanecí en una ciudad distinta en la que el mar se contorsionaba a menos de cien metros, las gaviotas controlaban el espacio aéreo y el acento de los foráneos les hacía a éstos divertidos canturreadores extrañados por conocer extrañamente a uno que fuera de Madrid, a uno de la capital allí de vecino. Era poco antes de que en Madrid Tierno Galván nos hiciese brotar las lágrimas a todos los madrileños, aun en la pubertad que marcaba el ciclo de mi vida. Pero antes de todo eso, recién llegado a la nueva ciudad, en una tarde de recogimiento, marché solitario hacia la playa más cercana a mi casa y me dediqué a una afición que poco tiempo atrás me había cautivado, la de saltar y correr emulando a las grandes leyendas africanas o magrebís, deseando algún día competir en algún estadio para saborear alguna vez el éxito de un triunfo, un ansiado triunfo. Infancia soñadora, añorada, creativa, mágica infancia cuya huella se antoja grata cuando nos la deja. En fin, que andaba yo dando rienda suelta a mi imaginación en una playa solitaria (la playa de Los Peligros), cuando un señor mayor se me acercó y me pidió que saltara otra vez, porque decía haberle gustado mi estilo. Salté una vez más, imitando a la que era mi estrella, el controvertido Bob Beamon, que ostentaba la marca mundial de 8,90 metros de entonces. Mi ridículo salto emocionó a la solitaria figura de ese hombre maduro (¿o anciano?) que, caliente como estaba al sabor de unos tintos que eran la rutina del día a día, se entretenía gobernando una escuela de atletismo en Santander, de mediocridad considerable pero de expediente intachable, siempre intentando levantar, en el deportivo sentido de la palabra, alguna medalla o algún diploma que otro. Así que ese mismo sábado, a mis doce años, comenzaba a asistir imperdonablemente a todos los entrenamientos habidos y por haber, hasta convertirme pronto en el más asiduo de todos los que allí, sobre los jardines del espectacular Palacio de la Magdalena, nos dejábamos las piernas sábado tras sábado. Porque luego empezaron los entrenamientos de los martes, los de los jueves, las progresiones, las marcas que se superan, y las competiciones de todos los domingos. El sueño: correr entre los grandes alguna vez, encontrándose todas las semanas con los obstáculos que suponían las piernas de algún que otro pueril pasiego, finas y raudas extremidades que te dejaban siempre en la estacada. Pero soñamos, como se espera soñar cuando se es un niño, experto en la elaboración de fantasías. Y soñamos con ser algún día una estrella del atletismo.
Hoy me acuerdo de lo que para mí era una estrella de este deporte, si no algo comparado a una deidad terrenal que disfruta de todos los caprichos que la vida le depara por su especial habilidad para correr la distancia que le echasen. Hoy me acuerdo de esas estrellas, cuando, con treinta y cinco años leo que dos estrellas del atletismo keniano han sido asesinadas por las feas virulencias con las que naufraga su país, a día de hoy en una guerra de tribus. Rindo homenaje al maratoniano Wesley Ngetich, fallecido el pasado martes tras recibir el impacto de una fecha envenenada, y a Lucas Sang, relevista en el equipo olímpico de 4x400 en Seúl 88, asesinado el último día de 2007. A día de hoy, una de las mejores atletas del mundo, la keniana Jepleting, está amenazada de muerte y no puede, por supuesto, entrenarse como las demás atletas. Aún así, sigue ganando. Ésas son las estrellas con las que mi imaginación fantaseaba hace ya unos años, en esa ciudad gris de nubes y barcos que embarcaban y que se alejaban, mientras yo les observaba por una ventana.
