miércoles, 1 de octubre de 2008

DESDE AGRA CON AMOR







Aqui estamos, devolviendo la promesa que tenía con cierta gente de colgar alguna foto o de plasmar alguna sensacion de entre tantas en este blog a la par que continuase nuestro periplo por este país que cautiva desde el primer dia.


Nos encontramos en Agra, a escasos cien metros de la puerta de entrada del deslumbrante a la vista y a la par incomprensible a las proporciones Taj Mahal. Hoy nos hemos estado recreando con la cámara durante cerca de tres horas ante semejante poderío arquitectónico, el tiempo suficiente como para agotarnos con el intenso calor que hacía mientras añorábamos echarnos algún cigarrillo. A esta joya únicamente se puede acceder con la cámara en mano y una botella de agua más unos pantuflos que te incluyen con el desproporcionado precio de la entrada (750 rupias, 12 euros, un dineral aquí del que dicen los foráneos que no ven un solo duro) cuando uno se descalza al acceder al mausoleo. El tabaco, el mechero, etc, se queda en consigna. También, hay que decirlo, habíamos venido anoche mal durmiendo en un autobús con literas que nos había dejado en Agra a las seis de la mañana, recibiéndonos la ciudad con una actividad vespertina inusual, por lo que nuestro cansancio era manifiesto. Ahora son las 7:30 pm, es noche cerrada durante hace un rato, hace un calor exagerado y nos hemos echado una siesta revitalizadora de casi otras tres horas. En Agra, aparte del Taj, hay poco que ver, así que mañana pondremos rumbo a un pueblo cercano y devoto de Khrishna llamado Vrindaban para embarcarnos por la noche en el expreso que nos llevará hasta la ciudad santa por excelencia, Varanasi.



Rumbo a Agra salimos ayer desde Pushkar, un pequeño pueblo turístico del Estado de Rajastan que respira encanto por todos los costados y en el que permanecimos tres dias y medio a causa de un malestar en mi ojo derecho relacionado con mis problemas dérmicos y que hasta llegó a cerrarlo del todo, lo que me ocasionaba una cierta incomodidad a la hora de querer recoger una instantánea con la cámara. Pushkar fue magia absoluta. Después de haber acudido a un oftalmólogo de Ajmer, la ciudad vecina, guiado por los encantadores encargados del ghest en el que estábamos alojados, todo fue maravilloso. Fueron unos días de completa calma en los que alquilamos unas scooters por menos de cinco euros al día cada una, aunque cierto es que me caí dos veces de la mía, la segunda con más trascendencia dada la cantidad de piedrecitas que se arremolinaban en la cuneta de la carretera y que se incrustaron en mis manos y pies para dejarme unas incómodas heridas sanadas a base de yodo entre algodones. No era problema, algodones con agua hervida para el ojo, vacuna diaria de la malaria, medicinas para el ojo, vitaminas a diario, algodones para las heridas... De veras, que nada de todo esto nos obstaculizaba. Tampoco el súper tapón en el oído que se le había creado a Víctor, también atendido por un médico que le recetó unas gotas milagrosas, aunque a día de hoy no desentaponado, fue óbice para disfrutar de este pueblo pacífico y cálido con el turista, en el que estuvimos alojados en un hotelito poco cuidado pero encantador donde dormíamos por poco más de tres euros al día y en donde nos trataron como reyes en un marco en el que surgieron cientos de historias que bien podrían suponer un buen guión para una novela de personajes que vienen y van y de otros que residen allí, como el niño de once años que trabajaba en el hotel sin parar por 200 rupias al mes (poco más de tres euros).
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Un lugar encantador aquel ghest y el pueblo en general, aunque contaminado por un hedor a aguas fecales que procedía de un lago situado en el centro sobre cuyas aguas flotaban peces muertos y en torno al cual se congregaban 52 ghats en los que cientos de devotos depositaban a diario todas sus aspiraciones espirituales. Ademas, en este pueblo, dicen que hay más de mil templos. El primer día en Pushkar, a las siete de la mañana, picamos con la bromita de meter las manos en el agua y de rezar con el sacacuartos que al final de todo te pedía cien rupias por cada uno de tus familiares queridos. Y mi ojo, !como estaba!, parecia que empezábamos mal en aquel pueblo, pero luego todo fue muy especial. Especial fue también el special lassi que probamos en una cantina de carretera a las afueras de este pueblo, bebida hecha de yogur y de bung (que es una pasta que hacen a base de cogollos de marihuana y que es legal aquí con unos efectos del todo potentes), todo un descubrimiento (fumar aquí es carísimo y está muy controlado, el special lassi es legal completamente y baratísimo, menos de un euro).





A Pushkar llegamos también en autobús, desde Udaipur. Allí sólo estuvimos un día y medio. Una ciudad de medio millón de habitantes en la que apenas veíamos coches y, sin embargo, motos por todos los lados. En el centro de la ciudad hay algunas terrazas cuyas vistas deslumbran. La gente es especial en Udaipur, buena gente, todos dispuestos a ayudarte, hicimos muchos amigos. Tambien compramos cantidad de preciosos pendientes de plata que llamarían la atención de cualquier española (las interesadas, que lo digan). Allí estuvimos en un hotel que a nosotros nos parecía de lujo y que tenía piscina y era baratisimo.



Lo anterior fue la caótica Mumbay, de cien kilómetros de extensión de punta a punta. Ciudad cara, sucia, aunque llena de niños que podrian enseñar a los nuestros cómo se puede disfrutar con una piruleta en la mano (que les repartíamos) sin desaparecer la sonrisa de sus bocas. Tuvimos momentos fascinantes con ellos. La gente aquí sabe sonreír y es feliz, aunque muchos de ellos se tengan que buscar la vida para desayunar un chapati cada mañana. Hemos podido hacer felices a unos cuantos, y la felicidad que nos han transmitido ellos no tiene precio. En general, India tiene un magnifico potencial humano entre sus gentes, y la pobreza inunda sus calles, pero la gente no se olvida de sonreír, de saludar, de resultar amena, de acercarse a ti (sin más, aunque sólo hablen hindi), de ayudarte. Son muy especiales. Y uno se da cuenta de lo prepotentes que podemos ser desde fuera, cuando vives con ellos y con ellos sientes su pacífica manera de pensar y el sentido del humor con el que lo adornan todo. Bueno, ya os seguiré contando... este país es todavía mas especial de lo que imaginábamos.


5 comentarios:

Anónimo dijo...

¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡Que fotos¡¡¡¡¡¡¡¡¡¡ Claro, con esos colores vivos que posee la India, esa cultura tan dispar a la nuestra………. esas miradas todavía no contaminadas por el Capitalismo y demás.
¿Por qué será que un viaje a la India te cambia la vida? ¿Será por qué te das cuenta de que el mundo occidental esta podrido? ¿Por que te crean necesidades falsas? ¿Será por qué estamos metidos en un círculo vicioso? Más, más……………necesitas más, compra, compra….. Claro y luego viajas a la India y ves que para ser feliz se necesita poco, lo primordial estar limpio por dentro……..
¡Que pasada¡¡¡¡
Un besito y a seguir disfrutando.
Manuela

Anónimo dijo...

Hola chicos!!!!
Q pasada!!! Tiene q ser alucinante .Devorad cada segundo de lo q estáis viendo y viviendo.
Empaparos de de todo lo q os rodea (incluso de las aguas fecales..je,je)porq cada recuerdo de este viaje seguramente os vaya a marcar de por vida y cada vez q os acordéis de alguna de vuestras aventuras y experiencias váis a tener un motivo para ser un poquito más felices, y eso es un tesoro. Así q a vivirlo y fundiros con todo lo q os rodea.
Por cierto, voy a poner un punto consumista a tanta espiritualidad...Comprad plata, prometo ser vuestra clienta número uno. Ya me conocéis...me vuelve loca.
Mil bss pupas, q sóis unos pupas!!!

Cyllan dijo...

Que pasada de viaje Abismo, estar en el Taj Mahal debe ser inolvidable tío. Y lo que dices de la gente y el ambiente todo el mundo viene con lo mismo, debe ser realmente mágico. A seguir disfrutando.
Y a cuidarse, que ojo por dios, pobrecitooo.
Besos capitalistas :P

Abismo Ínfimo dijo...

Manuela: ésa es la filosofía que a uno más se le queda después de venir. La mierda de la que hablas que supone la cultura capitalista del consumismo. La felicidad, desde luego, que no está en el consumo innecesario y desproporcionado. Allí dicen: "un buen chapati, un buen sílum y un buen chai, sueño seguro". Si consigues comer, consigues solucionar todas tus preocupaciones. Entonces ya puedes transmitir tu felicidad y dedicar tu tiempo a los demás. Aquí comemos y somos infelices si no tenemos más, se nos nota en nuestras caras insatisfechas. Todo lo que necesitamos es innecesario cuando entiendes que se puede vivir sin apenas nada, apenas comiendo, porque después uno ya puede ser feliz rodeándose de la gente, compartiendo experiencias. Sí es verdad que uno se da cuenta de que vivimos muy equivocados, y en cualquier caso bajo un modelo de conducta ficticio y artificioso, inventado. Se puede vivir de muchas maneras, la felicidad está para que la disfrutemos todos, sin que te tenga que tocar ninguna Primitiva. La felicidad la da la vida. Un besote grande, grande.

Victoriuska: gracias por tu mensaje optimista. Las experiencias que nos hemos llevado merecen tanto... que de ahí eso de que después de un viaje, apetece otro. Viajar nunca colma las ganas de viajar. Hay tanto que aprender en cualquier rincón del mundo. Muchas gracias. Y muchos besos. A ver cuando nos vemos.

Cyllan: el Taj Mahal impresiona, pero aún más impresionan las gentes de la India. Allí todo impresiona. Cuando viajamos, lo que observamos lo hacemos a través del espejo de nuestra cultura, así que constantemente comparas con tu sociedad y observas diferencias, tantas y tantas. Y es entonces cuando dices: en mi cultura, los valores que me han transmitido son de una manera, pero bien podrían haber sido de otra. La cultura es una autoimposición en muchas casos, pero en cualquier caso no tiene nada de innegable. Y nuestros valores no los podemos aplicar allí, como los suyos tampoco aquí. La diversidad humana es sensacional, somos un granito de arena en una enorme duna. Muchos besos.

Anónimo dijo...

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